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Edificio Centro Valores, local 2, Esquina de la Luneta, Caracas, Venezuela.

… sí, está aquí

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Los terremotos de San Juan fueron, sin duda alguna, una demostración impresionante y devastadora de la fuerza y la energía de la naturaleza. Cuánta destrucción e intensidad en tan pocos segundos. Cuánta fragilidad, cuánta tristeza.

      Y la pregunta que surge en estas situaciones siempre, siempre, es la misma: ¿Por qué, Señor? En un país que ha sufrido tanto, en una zona que ha sufrido tanto, en un año que ha pasado tanto, ¿por qué, Señor?

      La respuesta, en cambio, nunca es la misma.

      Nunca es la misma, porque dependerá de cómo cada uno de nosotros entienda y asuma lo sufrido y lo vivido. Los venezolanos tenemos décadas construyendo, aprendiendo, inventando y avanzando en la búsqueda y consecución de fórmulas que –de alguna forma– nos han permitido “capear el temporal”.

      Los sectores populares tienen décadas resolviendo –“como se pueda”– el acceso a servicios básicos, al agua, a la electricidad, a la salud, a echar pa’lante. La clase media tiene décadas haciendo maromas con sueldos que se vuelven sal y agua, para mantenerse siendo los actores que procuran estabilidad económica, cohesión social y equilibrio político, en un país inestable, disgregado y tremendamente desequilibrado.

      El empresariado responsable y solidario (ese que se empeña tozudamente en construir país) lleva décadas subsistiendo y soportando de manera –casi– heroica un sistema que pareciera, no sabemos si por displicencia, por negligencia, o por insensatez, querer acabar con ellos.

      Los empleados del sector público, los maestros, los funcionarios, los empleados de quince y último, llevan décadas intentando con su esfuerzo cotidiano sostener la institucionalidad de un país que va dejando de creer y de tener institucionalidad.

      Y así podemos ir enumerando, caracterizando y describiendo el testimonio de millones de venezolanas y venezolanos, que si bien seguro se hacen la misma pregunta (¿por qué Señor?), todos consiguen sus propias y diferentes respuestas.

      Habrá, por supuesto, muchos que darán respuestas nefastas. Que pedirán explicaciones personalizadas de su desgracia, que no encontrarán consuelo ¡cuán difícil es en estos casos, decir algo que no sobre!

      El tiempo suele ayudar en estos casos.

      Pero lo cierto es que –en líneas generales– todos sabemos, o al menos todos intuimos, que sí podemos superar estás décadas de tan aciagos y adversos tiempos que nos han tocado vivir.

      Nos dicen los economistas y los expertos en proyecciones y escenarios, que todo indica que soplarán buenos vientos para el país. El augurio para el sector energético señala que es positivo, es esperanzador… Ya antes, décadas atrás, nos había ocurrido, sopló buen viento, pero las velas no estaban listas, no estaban izadas y resultó imposible navegar.

      Para izar las velas, hace falta tomarnos en serio todos como país nuestro papel en este barco, que conozcamos las cuerdas, que estemos cada quien en su sitio haciendo bien lo que nos toca hacer, que sepamos aprovechar la fuerza del buen viento mientras sople, y que también tengamos la disposición, la voluntad y la fuerza de remar cuando toque hacerlo.

      Pero, sobre todo, va a hacer muchísima falta saber a dónde queremos ir, que estemos claros a qué puerto queremos llegar y sobre todo que sepamos elegir bien a los timoneles que conduzcan la nave. Es hora de retomar la ruta tras haber estado mucho rato fondeados.

      Nos han tocado tiempos duros, lo tenemos claro. Y este año ha sido muy duro y a todos nos ha afectado. Sin embargo, sabemos porque ha quedado en evidencia, en toda esa inmensa cantidad de testimonios de hombres y mujeres que se han resteado con audaz compromiso el presente del país, que Dios está aquí, hoy y también mañana. Sí, está aquí.

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