«Una teología que no sea útil para la vida cristiana, para la existencia concreta del hombre ante Dios, es una teología que no sirve para nada e incluso es dañina»[1]
Karl Rahner
Tomando la “licencia poética” que nos deja aquel aguinaldo que dice “si la Virgen fuera andina y san José de los llanos el Niño Jesús sería un niño venezolano, me atrevo a hacer la abstracción de lo que sería tener a un San José en el Siglo XXI.
Y es que a mis amigas les digo que los cuentos de Hadas y Disney nos han hecho mucho daño a la hora de escoger pareja. Muchachas no nos funcionan los Príncipes Azules en primer lugar porque no existen (aunque gastemos nuestra vida besando sapos) y es que aunque nos sintamos “princesas de cuentos” y eso no está mal para nuestra autoestima, la realidad es cruel: nuestras historias son de la vida real.
Tal vez nos pasamos la vida esperando a “hombres perfectos” y en lo que hay que poner el GPS es en “hombres buenos” porque como decían nuestras abuelas (muchas de las cuales también esperaron lo mismo que nosotras, “lo perfecto es enemigo de lo bueno”
Les cuento algo, en estos tiempos que me he acercado mucho a nuestra madre María para efectos de mi trabajo de grado sobre su modelaje como inspiración para la mujer venezolana, me he encontrado con la figura de su compañero de vida: San José. De manera informal y resumiendo su figura les puedo decir “es un tipazo”.
José, un hombre a quien la Iglesia tributa un culto de protodulía por su singular cercanía al misterio de la Encarnació fue no solo un “hombre bueno” sino que si nos transpolamos a la mentalidad y cultura patriarcal del momento histórico fue un personaje de avanzada que rompió el modelo del momento.
Y es que José fue un “estratega de la ternura” que entendió que amar es, ante todo, hacer propio el proyecto del otro.
1. Del «mío» al «nuestro»: El proyecto compartido
Lo más fascinante es cómo José deja de ser un actor secundario para convertir la misión de María en su propia razón de vivir. Al recibir la instrucción del ángel en el sueño:
«José, hijo de David, no temas recibir a María, tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es» (Mateo 1, 20),
José no solo acepta un encargo; asume la protección del Salvador como su propia carrera vital. No es el «ayudante» de María; es el coautor de un hogar donde el Reino de Dios empieza a gatear. Su «sí» es tan determinante como el de ella.
2. La Justicia como el escudo de la Misericordia
Cuando el evangelista nos relata la crisis interna de José, nos regala una de las rupturas más grandes del patriarcado:
«José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a la infamia, pensó en despedirla en secreto» (Mateo 1, 19).
En una cultura donde el honor masculino se defendía con la denuncia, José subvierte la ley punitiva. Él no usa su «derecho» de castigo; usa su silencio para proteger. Es la justicia que prefiere el resguardo antes que la sentencia, poniendo la integridad de la mujer por encima de cualquier código social.
3. El don del Oficio: Construir el futuro con las manos
José no dejó al Niño a la deriva de una providencia mística; le dio herramientas para la tierra, una identidad y una dignidad laboral que el pueblo reconocería años después:
«¿No es este el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María…?» (Mateo 13, 55).
Al enseñarle a ser téktōn (artesano/carpintero), José le otorga a Jesús un lugar en la sociedad. Es la belleza de una masculinidad que no compite por el brillo propio, sino que «equipa» al otro. José entiende que su éxito es que aquel que cuida tenga los medios para caminar por el mundo.
4. La Resistencia del Silencio
A diferencia del modelo de hombre que necesita imponer su voz para ser respetado, los Evangelios guardan un silencio absoluto sobre sus palabras, pero no sobre sus actos:
«Despertado José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer» (Mateo 1, 24).
Este silencio es resistencia activa. Es el paso de la masculinidad dominante a la masculinidad colaborativa. José es ese hombre de avanzada que sabe cuándo retirarse para que el proyecto del otro florezca, demostrando que no se necesita mandar para ser el pilar de una historia.

5. El hombre que «suelta» el control
Pero hay otro rasgo del “padre adoptivo de Jesús” y compañero de María que es bellísimo y por eso me encanta la imagen de José dormido. Definitivamente no era un hombre estresado, sino confiado en Dios .
En un mundo donde el estrés se confunde con la productividad y la ansiedad con la importancia, José nos ofrece un rasgo de «avanzada»: la capacidad de descansar. Esta no es una actitud pasiva, es el resultado de una psique equilibrada y una fe sin fisuras.
El estrés masculino suele nacer de la necesidad de controlarlo todo: el dinero, el destino de la familia, la reputación. José, al dormir, le dice al universo que él no es Dios.
En clave emocional, José es un hombre sano porque sabe que hay una parte de la realidad que no depende de sus fuerzas. Su sueño es el ejercicio máximo de humildad; es reconocer que, tras haber hecho lo humano, toca dejar espacio a lo Divino.
Un hombre que se permite dormir profundamente en medio de la incertidumbre es un hombre que ha hecho las paces con su propia vulnerabilidad. El patriarcado nos ha vendido durante siglos el mito del «guardián que no parpadea», ese hombre siempre alerta, tenso, cuya valía depende de su capacidad de vigilancia constante. José rompe este esquema. Al cerrar los ojos, no huye de la realidad, sino que se sumerge en ella con la confianza de quien se sabe sostenido. Esta salud emocional es la que le permite ser un refugio real para María: no proyecta sus miedos en ella ni necesita controlarla para calmar su propia ansiedad.
Lo fascinante de este «hombre de avanzada» es que, aunque los Evangelios no recogen ni una sola de sus palabras, su silencio habla con una elocuencia arrolladora. José no necesita dar discursos de apoyo para ser el pilar de la Sagrada Familia; su apoyo es puramente existencial. Es el paso de la masculinidad dominante, que necesita imponer su voz para ser respetada, a una masculinidad colaborativa, cuya mayor fuerza es la capacidad de «estar». En clave moderna, José es el compañero que sabe escuchar el silencio de su pareja porque primero ha aprendido a habitar el suyo propio.
Así que, muchachas, queridas amigas, la próxima vez que se encuentren ante el catálogo de «príncipes azules» que el mercado nos vende, recuerden al carpintero que no dijo nada pero lo hizo todo. No busquen a alguien que las «salve», porque para eso ya tenemos al Niño; busquen a un José que no les tenga miedo a sus sueños de grandeza ni a las intervenciones divinas en la agenda familiar. Alguien que, en lugar de ser el protagonista del show, sea el arquitecto del escenario donde ustedes puedan brillar. Porque, seamos honestas: en el Siglo XXI, no hay nada más “cool”que un hombre que sabe dormir tranquilo porque está seguro de sí y no necesita ser el centro del universo.
En fin, que la teología de Rahner nos sirva para la vida y para el amor: si su «compañero» no es un espacio de paz donde ustedes puedan ser plenamente María, entonces es —como diría Karl— una teología dañina que no sirve para nada. Apostemos por esa masculinidad colaborativa que huele a aserrín, a respeto y a sueños bien dormidos. Al final del día, si San José fuera venezolano, probablemente sería ese «tipazo» que te hace el café mientras tú planeas cómo transformar el mundo, recordándote con sus gestos que, en este equipo, el proyecto de uno es, por pura ternura, el proyecto de los dos.
[1] Karl Rahner, Escritos de Teología, vol. IV, trad. Raúl Gabás (Madrid: Taurus, 1961), 158.https://es.scribd.com/document/104181617/Rahner-Karl-Escritos-de-Teologia-03



