El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, señaló recientemente que Venezuela está entrando en una «fase de recuperación», indicando que el petróleo vuelve a fluir hacia las refinerías estadounidenses.
La declaración refleja una suposición creciente en Washington y en otros lugares: que una mayor producción petrolera venezolana reactivará mecánicamente una economía tras años de mala gestión, sanciones y corrupción.
Esa suposición es errónea.
Durante décadas, las élites políticas y económicas de Venezuela operaron bajo un modelo sencillo: cuando subían los precios del petróleo o aumentaba la producción, el crecimiento se sostenía mediante entradas de divisas, el gasto público, las importaciones y el aumento del consumo. El petróleo funcionaba como una locomotora “con multiplicadores económicos” fiables que tiraban del resto de la economía.
Ese mecanismo de transmisión ya no existe.
La evidencia macroeconómica reciente muestra que los vínculos entre la actividad petrolera y la no petrolera han desaparecido en gran medida. La producción incremental de petróleo, tiene poca capacidad para estimular la producción interna, el empleo productivo o la regeneración industrial. El petróleo fluye, pero el resto de la economía solo captura una pequeña fracción de su valor.
Hoy, Venezuela se asemeja a una economía postindustrial de baja productividad, con un valor añadido interno mínimo. En 2023, aproximadamente el 84% de los trabajadores trabajaban en el comercio y los servicios, gran parte de ellos de manera informal. La manufactura se ha vaciado. Lo que queda de la economía no petrolera funciona en gran medida como distribuidor de bienes importados, dependiente del acceso esporádico a divisas extranjeras en lugar de una producción nacional sostenida.
Este vínculo débil no es casualidad. Refleja un largo proceso de desindustrialización prematura que se ha desarrollado durante cuatro décadas y se ha acelerado drásticamente en los últimos años. Los sectores que podrían, en principio, integrarse a la actividad petrolera —metalurgia, equipos eléctricos, maquinaria y servicios industriales— representan ahora solo una pequeña parte de lo que queda de la industria venezolana.
En el pasado, las compañías petroleras compraban localmente. El acero de SIDOR, el equipamiento de Guayana y Valencia, y los servicios de empresas nacionales integraban una cadena de suministro. Hoy en día, esa capacidad ha desaparecido en gran medida. Los ingresos petroleros ya no circulan a través de una red de producción nacional; se filtran casi de inmediato a través de las importaciones.
Esta realidad conlleva importantes implicaciones políticas. Un repunte impulsado por el petróleo puede generar liquidez temporal, reducir la escasez y aliviar las presiones sobre la balanza de pagos. Pero no puede, por sí sola, ofrecer un crecimiento sostenido, estabilidad fiscal ni mejoras duraderas en el nivel de vida.
Esto no es solo un problema económico; es una cuestión política. Los auges de consumo financiados por el petróleo, sin ganancias de productividad, han producido repetidamente falsas recuperaciones: periodos de aparente estabilización seguidos de reversiones abruptas. Cada ciclo erosiona la confianza, socava la credibilidad y profundiza la decadencia institucional.
¿Qué requeriría entonces una recuperación real?
Primero, la rehabilitación industrial. Venezuela no necesita grandes planes industriales ni fantasías proteccionistas. Necesita restaurar la capacidad productiva básica en sectores que conectan energía, infraestructura y manufactura—acero, petroquímica, metalurgia y servicios industriales—mediante el acceso al crédito, la modernización de la maquinaria y un tipo de cambio competitivo.
Segundo, aumentos de productividad, no solo más empleo. Expandir el comercio de baja productividad no generará la renta ni la base impositiva necesaria para sostener un estado moderno. Las inversiones en logística, en el sistema eléctrico y en capital humano generarían rendimientos mucho mayores.
Tercero, la reactivación de las cadenas de suministro nacionales. La actividad petrolera solo puede generar demanda de insumos locales si las empresas pueden entrar, operar y escalar. Simplificar la regulación, garantizar la aplicación de los contratos y mejorar la seguridad pública importan más que los marcos formales de política industrial.
La experiencia de Venezuela ofrece una lección más amplia. En un mundo que avanza—lenta pero inexorablemente—hacia la descarbonización, los petroestados ya no pueden asumir que el petróleo resucitará las economías débiles.
Enviar más crudo podría indicar una recuperación del sector petrolero. No es evidencia de recuperación económica. Sin la reconstrucción de la economía no petrolera y el crecimiento basado en la productividad, Venezuela corre el riesgo de repetir un patrón familiar: petróleo sin desarrollo, exportaciones sin prosperidad y una recuperación momentánea e insostenible a lo largo del tiempo.



