Los hechos del 3-E intensificaron el miedo en las comunidades venezolanas, resaltando la necesidad de herramientas psicoespirituales, donde la fe y la solidaridad se convirtieron en fuentes de resiliencia
Robert Rodríguez, s.j.*
A los que aún contábamos con servicios de electricidad e Internet, las informaciones nos llegaban por redes sociales, grupos de WhatsApp, a través de quienes viven fuera o por medios de comunicación que operan desde el exterior.
En las comunidades populares se representa el evento 3E de diversas formas. Según el estudio de sociografía religiosa (Gumilla, 2025) 91 % de los encuestados prefieren la democracia; 35 % se posicionan con orientación de centro, 28,3 % de derecha y solo el 13 % de izquierda (personas mayores de 50 años).
Así podemos comprender que lo signifiquen como “secuestro”, “violación a la soberanía”, otros como “libertad”, y de muy pocos hemos escuchado que lo consideren como cambio o transición.
El pasado 16 de enero, el ministro de Defensa, general Vladimir Padrino López, afirmaba que en los ataques murieron 47 militares y cuatro civiles venezolanos. Hecho que sumó al duelo social existente en la comunidad popular (por pérdida de personas queridas, por pérdida de estilos de vida, por las migraciones) (cfr. Judith Butler).
Asimismo, sostuvo el general que los hospitales militares atendieron a 112 heridos, anexándose al viacrucis de tener a un familiar enfermo en este tiempo.
En cada significado hay un coctel de emociones subyacentes, (escepticismo, nerviosismo, miedo, tristeza, tensión, lástima versus alegría, esperanza y expectativa contenidas), que muestran la tensión entre la afiliación política y el deterioro de condiciones de vida padecido.
Ya antes de ese evento, el vecino traía una emocionalidad templada, así lo señalan las investigaciones cualitativas del Centro Gumilla en comunidades y Psicodata–UCAB (2024).
En Navidad y fin de año vimos cómo los vecinos se distendían con sus mecanismos culturales habituales para descansar, divertirse y hacer catarsis (cfr. Samuel Hurtado: La Fiesta Interminable) que, en ocasiones, producen conflictos de convivencia.
Pero, el 3E fue una ráfaga de fuego que estiró esa emocionalidad con mayor intensidad. En especial, niños, niñas, adolescentes y jóvenes de las locaciones bombardeadas y de sus alrededores han padecido afectaciones emocionales. A varios habitantes les ha costado dormir en paz, seguros. Hay miedo de que vuelva a ocurrir.
En una investigación sobre el estado socioemocional de jóvenes entre 12 y 18 años, encontrábamos que un 60 % de los encuestados requerían desarrollar capacidades para manejar las emociones, lo cual plantea la necesidad de atender los efectos posteriores al 3E con priorización de esos nóveles ciudadanos (Centro Gumilla, 2025).
Hay mucha incertidumbre en los habitantes de la comunidad que, a mi parecer, se vincula con la racionalidad instrumental y de provecho que tiene la gente popular, que los encierra en lo local y los distancia de otras comunidades, de la complejidad nacional y geopolítica global del evento (cfr. Sociografía religiosa, 2025).
Porque la incertidumbre se objetiviza en preguntas tales como: ¿qué realmente pasó, qué viene ahora, cuáles oportunidades y riesgos supone esa situación para mí y mi familia, qué pasará con los bonos y con la bolsa de alimentos que recibíamos del Clap?, ¿la especulación de ese día será el preludio de los precios de alimentos que viene? Es decir, en la comunidad popular, debido a los bajos salarios, muchas familias continúan dependiendo de la política social del Gobierno.
La falta de libertad de expresión ha dificultado a medios de comunicación cumplir con su labor informativa de manera oportuna y clara. Por la misma razón, académicos han dado sus opiniones con cautela, aunque pocos de esos análisis se consumen en el barrio.
La opacidad de información oficial también ha contribuido con esa incertidumbre, sin obviar que la avalancha de las redes sociales (con sus fake news), el silencio de voceros comunales y el coctel emocional le dificultan al vecino pensar la situación.
Ese día, quienes tenían dinero salieron a comprar alimentos, medicamentos y surtir gasolina. Hubo compras nerviosas en los comercios que abrieron. En alguno de ellos especularon, inventando una tasa de cambio del dólar con total discrecionalidad, lo cual demuestra una de las tantas distorsiones económicas que padecemos.
Supimos que en Caracas y en algunas ciudades del interior funcionarios policiales controlaron esa especulación. También que se implicaron cámaras de comercio al respecto.
No obstante, habría que destacar el comportamiento cívico del vecino, porque no hubo saqueos, actos de odio ni alteraciones del orden público comunitario, evidenciando aprendizajes de sucesos políticos anteriores (caracazo, protestas, elecciones del 28J) y el aprecio a la paz y al bienestar, por encima de la revancha.
En un contexto comunitario riesgoso como el que vivimos actualmente, por diversas causas, a los vecinos los caracteriza la prudencia. Muchos cuidaron sus publicaciones digitales. Conocimos de personas que recibieron advertencias de los colectivos, que son grupos civiles oficiales.
La prudencia es la virtud, existencial y política, de la comunidad en este tiempo. Porque la gente está clara que con la “defensa integral: cívica-policial”, activada por el ministerio para las Relaciones Interiores, Justicia y Paz, no solo el “país está en paz”, como afirma recurrentemente el ministro Diosdado Cabello, sino que también hay que cuidarse de revisiones de celulares.
Efectivamente, la ley para el desarme y control de armas y municiones (2013) daría mucha tranquilidad a la población.
En el espacio público comunitario no hubo protestas ni a favor ni en contra; también se ha silenciado la simpatía por la nobel de la paz. Pero algunos vecinos, especialmente funcionarios públicos, se trasladaron a las plazas de ciudades y pueblos para atender la convocatoria de gobernaciones y alcaldías oficialistas, donde resonaron rimbombantes discursos antiimperialistas, aunque con escuálida audiencia.
Hubo un tiempo cuando esas instituciones y líderes operaban con mayor empatía. Sin embargo, el 3E, y en días posteriores, gobernadores y alcaldes aparecieron progresivamente en la opinión pública, con discursos ideológicos y poca conexión con el sentir de las bases.
Respecto a esto último, líderes políticos de oposición, de fuera y de dentro de la comunidad, con su silencio inicial tampoco mostraron cercanía. El 3E los devela resguardados, fragmentados por sus intereses y sin propuestas para las mayorías.
Activada la cadena de mando, la instrucción que llegó a los voceros comunales fue la de estar disponibles para movilizaciones, pero no se les preguntó cómo estaban ni se les invitó a conectar con el resto de los vecinos para dialogar la situación. Aunque a final de mes, han iniciado conversaciones ideológicas.
Atomizado en movilizaciones, en la entrega del gas y de la bolsa de alimentos, se va gestando un poder comunal con bajo incentivo al diálogo reflexivo y a la creación comunitaria.
Por eso, la sensatez está, en este tiempo, de parte de voceros comunales y otros líderes locales –principalmente, mujeres-madres, sin excluir a hombres–, que se enfocan en atender la cuestión social junto con sus vecinos.
Actualmente, su “agenda anual” está suspendida y a la expectativa. Esperan que se continúe con la consulta nacional de proyectos, como mediación económica para paliar problemáticas de la comunidad.
Si se abrieran al diálogo constructivo con universidades, organizaciones sociales y humanitarias participarían con más éxito en esas consultas.
Pero, con la reducción de fondos del año pasado y la ley de fiscalización, varias ONG han salido del terreno, debilitando la arquitectura comunitaria. Por la temporada decembrina y riesgos de campo las pocas que se mantienen activas contactaron a líderes y a beneficiarios para solidarizarse, monitorear afectaciones y, en algunos casos, para apoyar con primeros auxilios psicológicos online. Esa aproximación ética y alianza les ha garantizado la confianza de la gente, en contraste con organizaciones partidistas y de gobierno (cfr. Sociografía religiosa, 2025).
Los vecinos oficialistas están en silencio y cabizbajos, atienden la contradicción propia del nuevo despliegue revolucionario. Esperan el retorno de la pareja presidencial.
Luego del 28J, la gente cuenta con sus redes confiables. El ágora comunitario para debatir continúa siendo el hogar.
Pero, además, en iglesias y en sus agrupaciones, algunos vecinos han encontrado también un espacio protector, de libertad y participación, vibrando una espiritualidad histórica-existencial, (cfr. Sociografía religiosa, 2025); por eso, observamos cómo el 3E en los estados de WhatsApp la gente comenzó a publicar la imagen de la bandera nacional y una oración por Venezuela, colocando la religiosidad como mediación psicosocial para afrontar situaciones.
Se han realizado vigilias de oración; por un lado, para la liberación de los presos políticos; por el otro, la de la pareja presidencial. Y lo más cierto es que todos, incluyendo a los muertos por los ataques del 3E, estamos en el corazón misericordioso del Señor (cfr. Mt 5,45).
En tal sentido, hizo mucho bien participar en la programación de la Virgen de la Divina Pastora y en las actividades religiosas de las pocas parroquias que se mantuvieron abiertas ese fin de semana.
En el vecino emerge una capacidad de “reinvención”, así lo hemos identificado en investigaciones cualitativas del Centro Gumilla (2025), porque emplea recursos personales y sociales como los supradichos para procesar riesgos, reacomodarse y superar adversidades a favor de la continuidad de la vida, con la mayor dignidad posible.
En consecuencia, con fe y necesidad, después del lunes 5 de enero, la gente salió a trabajar. Unos a buscar el día a día con sus trabajos informales; otros, una quincena completa y, todos, en procura de una actividad rutinaria que los preservara de tanta zozobra y tiempo en redes sociales.
Ese día se juramentó la “presidenta interina”, Delcy Eloina Rodríguez. Sabemos que los deseos de cambio de la gente se orientan en otra dirección; pero, aun así, como la comunidad popular es una cantera de esperanza, el vecino espera que la nueva recomposición revolucionaria atienda, prioritariamente, el problema de la salud, la liberación de todos los presos políticos, la mejora salarial y de servicios públicos; esto último, comenzando por el agua, la electricidad, la basura y la educación. Porque, “Sin esperanza no hay cambio y sin cambio no hay reconciliación” (entrevistado del estado Zulia).



