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¿Qué sentido tiene el dolor humano?

Sam Tarling _ AFP

Por Fco. Javier Duplá s.j.*

Es una pregunta fuerte, que siempre ha estado presente en la mente de todos los seres humanos. Dolor físico causado por las enfermedades y la violencia, dolor anímico causado por la maldad humana en forma de traición, desprecio, calumnia, indiferencia ante el sufrimiento de los demás, incomprensión, secuestro, abuso del poder… o por la pérdida de un ser muy querido. Ahora que estamos viendo tantas madres y niños muriendo en Palestina por bombardeos sin sentido, se nos agudiza la pregunta: ¿por qué tanto dolor?                    

Los creyentes pueden preguntarse: ¿por qué Dios permite el dolor humano? Como dicen algunos: si lo permite y no puede evitarlo, no es omnipotente; pero si puede evitarlo y no lo hace, entonces no tiene corazón. Grave dilema, uno al que Dios responde sufriendo en su propio Hijo los tormentos más brutales que los hombres pueden inventar. Este hecho del sufrimiento de Jesús transforma totalmente el concepto que podemos tener de Dios como un ser omnipotente que hace lo que quiere, que está muy lejos del ser humano, a quien exige adoración y a quien castiga cuando no cumple los mandamientos. De este concepto equivocado de Dios vendría la comprensión del dolor como castigo: si sufrimos es porque Dios nos castiga. Otro concepto tradicional sería entender el dolor como prueba: Dios quiere que nuestro dolor nos acerque a Él, no que nos separe de Él. Ambos conceptos siguen poniendo a Dios como el causante del dolor humano, cuando somos nosotros los responsables del dolor ajeno. 

Por el contrario, el dolor tiene como causante al propio ser humano, y solo puede ser atenuado o eliminado por un sentimiento espiritual que le traslada a otro plano, al plano de la fe. La fe en un Dios que nos quiere es fundamental para superar el dolor, incluso el que nos causan sin motivo otros seres humanos. Solo la fe en un Dios que sufre con nosotros puede atenuar ese dolor. En efecto, cuando no consolamos el dolor ajeno, cuando no sufrimos cuando otros sufren y les ayudamos a salir de él, estamos alejándonos de Jesús, que sufre en ellos. Lo dijo muy claro en su vida terrena en la parábola del juicio final (Mt. 25): dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al emigrante, etc., es hacérselo a él y así dar respuesta cristiana a tanto dolor.

Muchos de los jóvenes de hoy no conciben el sufrimiento, quiere vivir una vida de puro placer. Por eso, cuando no lo logran, se acaba el sentido de la vida para ellos y, como consecuencia, ha aumentado el número de suicidios de gente joven de una manera alarmante.

¿Cómo es posible que existan personas que hagan sufrir a los demás? No merecen llamarse personas, pero tampoco animales, porque los animales matan por instinto y no tienen sentimientos. El ser humano sin sentimientos se acerca peligrosamente al demonio, que goza cuando hace sufrir. Un examen de conciencia a fondo nos mostrará si hacemos sufrir a otros. Es tiempo de un cambio de rumbo: de hacer el mal a practicar el bien.

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