No recuerdo con exactitud el instante preciso en que la obra de António Lobo Antunes se cruzó en mi camino. Fue un hallazgo casual, como esas verdades que uno descubre sin buscarlas, un encuentro con un escritor inmenso y prolífico que habitaba un espacio casi secreto, reservado para los verdaderos entendidos, al punto de que nunca llegó a recibir todo el crédito y el reconocimiento que su genio merecía.
Con su muerte esta semana en Lisboa, asciende finalmente a ese Olimpo de los postergados por la Academia Sueca; se une a esa estirpe de gigantes que nunca recibieron el Nobel, lo que paradójicamente los dota de un prestigio casi más puro, una suerte de «Anti Nobel» que brilla con más fuerza que el metal de la medalla real: Jorge Luis Borges, León Tolstói, James Joyce, Marcel Proust, Franz Kafka, Virginia Woolf, Julio Cortázar, Mark Twain y tantos otros, a los que ahora se une, con su proverbial discreción, el gran Lobo Antunes.
Creo que fue al final de alguna de aquellas tardes en las que el tedio de los contratos y las providencias administrativas se hacía tan insoportable, tan denso, que buscar una evasión literaria era ya una cuestión de estricta supervivencia. Así, me tropecé con una de sus crónicas y el hechizo fue inmediato. Se lo ha alabado con justicia por sus novelas, esos laberintos polifónicos que se sumergen en los rincones más recónditos del alma humana, con esa doble visión del psiquiatra que indaga en los secretos de la mente y el veterano de guerra que arrastra una pena imborrable; una perspectiva singular sobre los avatares de la existencia, tejidos con una filigrana literaria que convierte sus textos en auténticas obras de arte. Son historias a veces oscuras, siempre complejas, pero que irradian en cada párrafo esa luz incandescente que sólo posee la auténtica literatura.
Llegó a escribir unas cuarenta —novelas, quiero decir— de las que apenas he leído un puñado, pero me puedo preciar de haber leído todas sus crónicas, al menos las que han sido traducidas al español. Y si alguien me preguntara alguna vez, diría que su verdadero aporte a la literatura son esas piezas minúsculas y prodigiosas, esos microcosmos de la existencia, fugaces inmersiones en los secretos del hombre y del universo en apenas un par de cuartillas. Nadie puede acabar de leer alguna de ellas sin que se le dibuje en el rostro el atisbo de una lágrima contenida o una leve sonrisa, pues en su brevedad lograban capturar la totalidad de la experiencia humana.
Casi puedo imaginármelo ahora, solo, asomado a la ventana de su apartamento lisboeta, escribiendo de pie como solía hacerlo, y en cada pausa observando con atención lo que acontecía ante sus ojos, ese silencioso y casi imperceptible transcurrir de la vida de las personas sencillas que en sus manos se tornaba en materia preciosa para confeccionar historias geniales y conmovedoras. Me entero ahora de que se había ido retirando de la literatura al mismo tiempo que sus personajes y su genio iban abandonando su memoria, con la misma discreción con la que siempre vivió, sin dar discursos ni conceder entrevistas, pues sus libros ya habían dicho todo lo que tenía que decir; como un fantasma que sólo aparecía de vez en cuando en el destello luminoso de sus obras.
Nos queda, sin embargo, el consuelo y la esperanza del hallazgo futuro. Aún restan muchas de sus crónicas pendientes de traducción, tesoros ocultos que esperan su turno para ver la luz en nuestro idioma. Así, el fantasma del gran Lobo Antunes volverá a visitarnos cuando menos lo esperemos, recordándonos que la gran literatura, la que nace de la autenticidad y el dolor, siempre encuentra el camino hacia la eternidad.
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