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Pentecostés

MAÍNO, FRAY JUAN BAUTISTA Pentecostés 1615 - 1620. Óleo sobre lienzo(1)

Por Luis Ovando Hernández, s.j.

En diversas ocasiones he compartido con ustedes cómo muchos aspectos que se refieren a nuestra religación con Dios se fundamentan en la “matriz” del Antiguo Testamento.

La Buena Noticia del Evangelio respetó muchas realidades ya presentes en la Torá y los profetas. Se valió de ellas, pero las superó: con Jesús se nos revela el proyecto amoroso de Dios Padre y se despeja el camino para un mejor entendimiento del Antiguo Testamento.

Lo anterior viene a colación porque el Domingo pasado celebramos Pentecostés. Por lo que respecta al Antiguo Testamento, se festeja —cincuenta días después de la pascua— el hecho de que Yahvé depositó la ley en manos de Moisés. Del lado del Nuevo Testamento, vale la misma idea, salvo que aquí se celebra la venida del Espíritu Santo.

Entre las tantas realidades que componen nuestra fe, difíciles de comprender y agotar, está la “Persona” del Espíritu Santo, entre otras cosas porque durante siglos no fue objeto de consideración para la reflexión teológica latina, a cuya tradición pertenecemos los católicos.

Hoy día se han dado pasos de gigante en esta hermosa tarea de profundizar en el “hacer” y “ser” del Espíritu Santo, apoyándonos cada vez más en las orientaciones que nos da la Sagrada Escritura, como punto de partida. Asomados a las lecturas del domingo, comprobamos que todas se refieren al Espíritu; queda darles un sentido.

Sanar heridas

He comentado en otras oportunidades el capítulo veinte de San Juan: Jesús Resucitado se “aparece” a sus discípulos. Ahora quiero resaltar otros elementos más cónsonos con la celebración de Pentecostés.

La Pasión nos mostró cómo el mundo desató todo su odio contra Jesús, torturado indiscriminadamente para luego ser colgado en una cruz. Semejante manera de morir procuró en los discípulos una herida prácticamente imposible de sanar.

Uno de los efectos de la Resurrección de Jesús es la consolación: Él, herido de muerte, conoce nuestras heridas y las atiende, les hace seguimiento hasta que cicatricen (las cicatrices, como las que nos provoca el futbol, se llevan y exhiben con orgullo porque “no hablan” de heridas padecidas, sino de tesón y las ganas de dar lo mejor de sí). No en balde Jesús muestra a los suyos las heridas de su Pasión, las heridas son la prueba concreta de la medida de su amor, para que su amor nos alcance.

El Espíritu Santo del Resucitado posee el “oficio” de consolar, de modo que las heridas de toda índole puedan transformarse en historia de salvación y conversión, como ocurrió con San Ignacio de Loyola, quien se dejó habitar por Dios mientras estaba en su lecho de convaleciente. Ignacio no se dedicó a lamerse las heridas que le dejara una bala de cañón, sino que se abrió a nuestro Dios y a Él se entregó por completo.

En el corazón, una misión

Recuperada la esperanza, hay que darse a la tarea de colaborar con Jesús en la misión que Dios Padre le dio, y que no es otra que testimoniar su presencia en nuestras existencias. Para ello, es menester dedicar mucho tiempo a escuchar su Palabra —Él está claro de cuáles sean nuestras necesidades— hasta llegar al punto de, siempre con el auxilio divino, contemplarlo en todo cuanto nos sucede y de mirar la realidad y las cosas de la misma manera que Él lo hace.

En el fondo, la misión consiste precisamente en esto: propiciar el encuentro frecuente con Jesús y ayudar a otros en el cultivo de esta relación que tanto bien hace.

Espíritu Santo de reconciliación

Pentecostés es la celebración litúrgica que nos recuerda que el Espíritu de Dios habita en nosotros: Él nos sugiere cómo actuar, al tiempo que es fuerza motivadora para llevar a buen puerto dicha acción.

El imaginario religioso y el arte no han ayudado mucho en la comprensión del Espíritu Santo. Un granito de arena en esta dirección sería asimilar que el Espíritu es acción e inspiración, que necesita de nuestro concurso para poder actuar e inspirar nuestra historia.

Una de las acciones más urgentes en la historia es la reconciliación, favorecer la paz, construirla y mantenerla: abrirnos al perdón divino, entre nosotros y con la entera creación. La paz es una aspiración y una tarea; pero también es uno de los regalos que nos trae el Resucitado para el día de Pentecostés, y para todos los días.

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