Por Félix Arellano*

Desde que se conoció el triunfo de Pedro Castillo en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Perú, como un candidato del partido Perú Libre con propuestas radicales de orientación marxista, la incertidumbre política se ha exacerbado y la burbuja económica, que se mantenía relativamente estable, está presentando manifestaciones de potencial colapso.

Frente al complejo panorama, el nuevo giro de moderación que ha planteado el presidente Castillo al nombrar, en muy corto tiempo, a un segundo gabinete que excluye a los extremistas, es una señal positiva; pero se enfrenta con un comprensible escepticismo, en el marco de la creciente tensión que reina en la política peruana.

Ya electo presidente, Pedro Castillo ha tratado de moderar el agresivo discurso del partido y enfatizar su autonomía frente a la ortodoxia ideológica de su presidente Vladimir Cerrón. Pero la designación del primer gabinete, con varias fichas claves de Cerrón en posiciones importantes, como: Guido Bellido, en el cargo de primer ministro y presidente del Consejo de Ministros; Héctor Bejar, como el primer canciller (renunció a los pocos días del nombramiento) e Iber Mariví, como ministro del trabajo, confirmaron los temores sobre la orientación radical del nuevo gobierno.

El primer gabinete incrementó las divergencias en el Congreso con los sectores más conservadores, en particular los representantes de Fuerza Popular, el partido de Keiko Fujimori, que en oportunidades anteriores alcanzó mayorías significativas, pero actualmente cuenta con 24/133 representantes, que están trabajando arduamente en el enfrentamiento contra el presidente Castillo. Recordemos que su estrategia inicial fue declarar el fraude y nulidad de los resultados electorales, sin contar con las pruebas necesarias.

El enfrentamiento entre los poderes ejecutivo y legislativo constituye un elemento fundamental de la crisis política peruana. Han sido varios los intentos de destitución de presidentes, mediante la moción de vacancia, un cuestionable mecanismo jurídico que, con un mínimo de 87/133 votos, permite la destitución inmediata del presidente.

Votación que resultaba relativamente fácil de alcanzar en el pasado, cuando el Partido Fuerza Popular contaba con amplias mayorías; pero en esta oportunidad el Congreso está fragmentado entre diez partidos y la mayor representación corresponde a Perú Libre con apenas 34/133 representantes.

La fragmentación del Congreso y el reducido margen de votos que determinaron el triunfo de Castillo, evidencia que en Perú no existen condiciones objetivas para avanzar en agendas extremistas; en consecuencia, la negociación con los sectores moderados que hacen vida en el Congreso, representa la clave para la gobernabilidad. El presidente logró el respaldo de representantes de la izquierda moderada para la aprobación del primer gabinete; sin embargo, se mantenía el malestar por la presencia de las fichas de Cerrón, en particular el primer ministro Bellido, quien enfrenta diversas denuncias por apología al terrorismo, misoginia, homofobia y xenofobia.

Tratando de generar confianza y construir gobernabilidad, el tono del presidente Castillo se ha orientado por la moderación. Esto lo reiteró en su visita a Nueva York, en oportunidad de participar en la Asamblea General de las Naciones Unidas, donde sostuvo diversas reuniones con sectores de la sociedad civil. Incluso, recientemente ha declarado el interés de presentar la postulación de Perú ante la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).

Ahora bien, cuando el presidente promueve el diálogo y la convivencia, los radicales de su gabinete anunciaban potenciales nacionalizaciones, complicando de esta manera las relaciones con el sector empresarial, lo que está afectando la burbuja económica relativamente estable.

Las amenazas de un creciente intervencionismo gubernamental generan desconfianza en los sectores económicos y la propuesta de la reforma constitucional, exacerba el clima de tensión con los partidos de oposición en el Congreso, donde está planteada una relación suma cero entre los radicales. Por una parte, sectores de oposición que aspiran aplicar la moción de vacancia y destituir al presidente Castillo. Por otra, Perú Libre que aspira a la disolución del Congreso, prerrogativa prevista para el presidente o por la vía de reforma constitucional.

La formación del nuevo gabinete caracterizado por la moderación, que cuenta con Mirtha Vásquez, del Frente Amplio, como primera ministra, y ha incluido a seis mujeres en el equipo. Esto se puede interpretar como un punto de inflexión del gobierno de Castillo, conformando una nueva alianza con los sectores moderados, que le podrían facilitar la gobernabilidad en el Congreso; empero, la desconfianza está enraizada y, por otra parte, producto del giro, sus aliados y mentores de Perú Libre se pueden convertir en la nueva amenaza, seguramente dispuestos a promover el descontento y la protesta en la base popular que permitió el triunfo de Castillo.

Por los momentos la jugada representa un riesgo interesante y creativo. Cabe destacar que, según las recientes encuestas, el presidente goza de apoyo popular, pero Cerrón y Perú Libre pueden complicar la situación. Al respecto ya han informado que no apoyarán la aprobación del nuevo gabinete que califican de traidor. Seguramente, el partido Fuerza Popular de Fujimori asumirá la misma posición, los extremos se vinculan.

No resultaría extraño que los grupos políticos radicales en el Congreso (Perú Libre y Fuerza Popular), que hoy se presentan como enemigos, logren negociar para avanzar en la moción de vacancia. Naturalmente, juntos no llegan al mínimo de votos necesarios, por lo que requieren negociar con otros grupos políticos en el fragmentado Congreso.

No la tiene fácil el presidente Castillo, tampoco le ayuda su poca experiencia sobre la compleja dinámica política peruana; empero, en las contradicciones de la política, eso también puede resultar una ventaja. La actual situación política en Perú plantea una interesante oportunidad para los moderados, las posiciones de centro, el diálogo y la negociación.

El presidente Castillo, quien merece el beneficio de la duda, y pudiera resultar una sorpresa, parece decidido a montarse en la ola de la moderación y ganar gobernabilidad. Pero, en la oposición existe la desconfianza si el presidente está realizando una jugada táctica, para calmar las aguas, ganar tiempo y poder avanzar en la agenda radical progresivamente y con el apoyo inicial de la izquierda moderada.

El presidente Castillo enfrenta el reto de generar confianza, su primer gabinete fue un serio error y, por otra parte, su base popular le exige acciones concretas, recordemos que ahora se encuentra en peores condiciones por los perversos efectos de la pandemia del covid-19. Esperamos que el presidente haya comprendido, en sus pocos días de gobierno, que el programa extremista de Perú Libre no es la solución para enfrentar la pobreza y la exclusión, por el contrario, representa el clásico libreto de los autoritarios para empobrecer y ejercer un mayor control social.


* Internacionalista. Doctor en Ciencias Políticas. Miembro del Consejo Editorial de la revista SIC.

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