F. Javier Duplá, s.j.

El 5 de febrero pasado se conmemoraron 33 años de la muerte del P. Pedro Arrupe, que fue el 28° Prepósito General de la Compañía de Jesús entre 1965 y 1983. Fue muy conocido por haber vivido la explosión de la bomba atómica sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945 y haber escrito su testimonio: Yo viví la bomba atómica. Era entonces maestro de novicios y luego fue nombrado Provincial en tiempos terribles de escasez de alimentos y de reconstrucción del país. Pasó por varias situaciones muy difíciles en su vida en las que el mal se hizo presente con fuerza o en las que reinó la incomprensión entre personas o instituciones de la propia Iglesia. Fue General en un momento particularmente difícil de la Iglesia y de la Compañía, en el que irrumpió con fuerza la rebeldía contra las tradiciones religiosas, en el que se cuestionó casi todo, en el que muchísimos religiosos y sacerdotes abandonaron sus hábitos. 

Después de ser elegido General de la Compañía, surgieron tensiones internas dentro de la orden, que él mismo contribuyó a desatar con sus cartas, reflexiones y decisiones. En España sobre todo se movieron jesuitas conservadores que pensaron que Arrupe iba demasiado lejos con su orientación social y que coqueteaba con el pensamiento marxista; que no exigía una obediencia a rajatabla y que permitía discutir temas difíciles. Hubo incluso jesuitas que trataron de constituir un grupo aparte, una Compañía en obediencia a la tradición, tal como ese grupo la entendía. Eran los “jesuitas de la estrecha observancia”. Arrupe reaccionó con respeto a esos jesuitas, con enorme paciencia, con gran espíritu de oración, encomendando a Dios constantemente el porvenir de la Compañía y de la Iglesia, sin condenarlos, escuchando sus planteamientos.

Tal vez lo que más hizo sufrir al P. Arrupe fueron la incomprensión del papa Paulo VI y luego la de Juan Pablo II. Un hombre tan de Iglesia como él, que prescribió a los jesuitas una obediencia filial y devota a la Santa Sede, experimentó en carne propia la incomprensión del Vicario de Cristo en la tierra y el rechazo de algunas posturas y decisiones suyas de gran trascendencia para el futuro de la Orden. Me refiero en concreto a la negativa de Paulo VI frente a la eliminación de grados en la Compañía, que el Papa rechazó. El P. Arrupe tuvo firme intención de dimitir como General en 1980, aprovechando que la Congregación General 31ª abría la puerta para la renuncia. Para ello, después de consultar a los Asistentes y a los Provinciales, quienes consideraron suficientes sus razones, había que convocar una Congregación General. El P. Arrupe le comunica su intención al papa Juan Pablo II y éste le manda que aplace su decisión. Tras dos entrevistas con el Papa, Arrupe no consigue autorización para convocar la Congregación General.

En agosto de 1981, al regreso de un viaje a Filipinas, Arrupe sufre una trombosis cerebral que le incapacita definitivamente. De acuerdo a lo previsto en las Constituciones, el P. Vincent O´Keefe queda como Vicario General. Pero el Papa nombra a un delegado personal con plenos poderes, interrumpiendo el proceso constitucional de la Orden, caso único en la historia de la Compañía. El Papa desautorizaba así la gestión del P. Arrupe. 

El 5 de febrero de 1991 el padre Arrupe pasó al Padre y se realizó en él lo que él mismo había escrito pocos días antes de su ataque cerebral diez años antes: 

¿Es la muerte un salto en el vacío? Ciertamente, no. Es lanzarse en los brazos del Señor, es oír la invitación que no se merece uno, pero que se realiza verdaderamente: Ven, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor.

Sus últimas palabras fueron: Por el presente Amén y por el futuro Aleluya.

Un jesuita así merece el reconocimiento de todos. El 5 de febrero de 2019 el P. General Arturo Sosa abrió el proceso de beatificación de Pedro Arrupe, que en su primera etapa recoge testimonios de los que lo conocieron y trataron. Jon Sobrino pronunció unas palabras en su elogio, que podrían servirle de epitafio: “A Pedro Arrupe, que ha ayudado a la Compañía a ser un poco más de Jesús”.