¿Qué ha hecho de malo ese hombre llamado Jesús de Nazaret? ¿Por qué le condenan las autoridades nada menos que a morir crucificado? ¿Es un ladrón de joyas, un embaucador, un revoltoso sublevado? El Sanedrín de eso le acusa, de querer acabar con el sentimiento religioso de Israel, de erigirse en el Mesías, el cual tardará en venir, de tumbar las mesas de los vendedores del templo, de acusarles de sepulcros blanqueados…
Pero ¿no tiene gente que lo defienda? ¿Qué se hizo del ciego de nacimiento, de la Magdalena, de Lázaro, del hijo de la viuda de Naín? ¿Dónde están Pedro, Santiago y Juan y los demás apóstoles? ¿No tenía este hombre muchos discípulos que le seguían a todas partes? ¿Qué se hizo de ellos?
Las autoridades religiosas parecen tener razón y la gente sencilla acepta bien sus argumentos. Este hombre, dicen los que mandan, quiere cambiar la Ley, la tradición mosaica. Quebranta el sagrado precepto del sábado, perdona a la prostituta, come con los pecadores… ¡a dónde vamos a parar! Y lo malo es que hay gente que le cree y le sigue. Menos mal que ahora han desaparecido de la vista. Habla de un reino, palabra peligrosa para los romanos, que temen una sublevación contra ellos. Vivimos bien así, sometidos a Roma, pagando tributos, pero los romanos admiten que seamos distintos. En cambio, este nazareno parece que quiere convertirse en rey. Vamos a quitarlo de en medio y viviremos en paz. ¿No dijo una vez que no había venido a traer la paz sino la guerra?
Jesús calla ante los que le acusan. Solamente responde a las preguntas sinceras, pero no hace caso de Herodes, que lo quiere convertir en un mago de feria y le pide un milagro vistoso, como por ejemplo tirarse de lo alto del templo, como le tentaba Satanás. Y Pilatos le condena a que lo azoten, pensando que eso bastará para dar satisfacción a sus acusadores.
Jesús sufre horriblemente ante los latigazos que descargan sobre su cuerpo desnudo. Un latigazo, otro más fuerte, otro más. Está a punto de desmayarse, pero aguanta con una firmeza y valentía que supera toda expectativa. ¿Por qué no te defiendes, o al menos, por qué no desapareces de su vista como podrías hacerlo?
Te condenan los judíos vociferantes a morir crucificado. No es solamente el terrible tormento que vas a sufrir, sino la deshonra, la demostración de que todo lo que decías y hacías era falso, no tenía el sentido que tú le ponías. En el camino a las afueras de Jerusalén solamente una mujer, la Verónica, se atreve a enjugar tu rostro de tanto sudor, escupitajos y sangre que lo manchan. ¿Por qué el Padre tuyo, a quien invocabas, no actúa en tu favor? Tú, que compusiste esa hermosa oración a Él que es el Padrenuestro ¿no le vas a reclamar? Jesús calla, parece reconocer que todo está perdido, que nadie se atreve a defenderle. ¿Dónde están tus apóstoles y discípulos? Están transidos de miedo, no sea que a ellos también les hagan algo parecido.
Y después de tanto sufrimiento que le han hecho, Jesús pronuncia una frase impresionante, que resonará por los siglos de los siglos: ¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen! Claro que lo saben, pero Jesucristo tiene un corazón tan grande que no quiere castigos para los que le llevan a la muerte.
La Virgen María al pie de la cruz, recibe como hijo a Juan. ¿Nos atrevemos a pedirle que nos reciba también a nosotros? Jesucristo, el ser humano más grande que ha conocido la historia: te abrazamos con toda nuestra alma, vida y corazón. Amén.



