Por Antonio Pérez Esclarín

“No hay camino hacia la paz, la paz es el camino”. Con esta frase histórica, Mahatma Gandhi sentenciaba que se puede y debe luchar por los ideales sin recurrir jamás a la violencia. A su vez, Antoine de Saint Exupery, autor de El Principito, escribió: “Si queremos un mundo de paz y de justicia hay que poner decididamente la inteligencia al servicio del amor”.

Si amamos a Venezuela y queremos enrumbarla por los caminos de la reconciliación, la convivencia y la prosperidad, debemos trabajar todos por construir la paz. Ser pacífico o constructor de paz no implica adoptar posturas pasivas, ni ser miedosos, cobardes o sumisos, sino comprometerse con dedicación y entrega en la reconstrucción de Venezuela sin recurrir a la violencia. Para ello, tenemos que empezar por desarmar nuestros corazones para eliminar cualquier vestigio de rabia, rencor, odio, prejuicios y deseos de venganza.

La lucha por la paz y la justicia debe comenzar en el corazón de cada persona, pues la vida y la historia nos enseñan que no lograremos romper las cadenas externas de la injusticia, la violencia, la opresión o la miseria, si no rompemos primero las cadenas internas del egoísmo, el odio, el desprecio, la mentira, la venganza, que anidan en los corazones.

Será imposible derrotar la corrupción, que actualmente corroe las entrañas de la sociedad, con corazones ambiciosos, esclavos del lujo y el dinero; no construiremos participación ni genuina democracia con corazones aferrados al poder, dispuestos a utilizar cualquier medio para no entregarlo o compartirlo; será imposible construir una Venezuela justa, fraternal y en paz, con corazones llenos de odio, desprecio al adversario y deseos de venganza…

Hay que trabajar arduamente por la paz, pero hacia la paz no se avanza de cualquier manera, ni se llega por cualquier camino. Hay que dar pasos acertados. Y en   Venezuela, donde estamos rotos, enfrentados, polarizados como fruto de una larga siembra de insultos, engaños, burlas, amenazas y golpes, corremos el peligro de adentrarnos por caminos muy equivocados.

No llegaremos a la paz enfrentando de manera violenta a las personas, inhabilitando candidatos o reprimiendo marchas pacíficas. Lo que se necesita es aproximar posturas y aunar fuerzas, no encender la lucha callejera ni profundizar el odio y las divisiones. Así no se construye un país. Así se destruye. ¿Qué amor al pueblo y al país puede tener quien está dispuesto a poner en marcha un camino tan peligroso y destructor, aunque repita con  un cinismo increíble que lo hace por amor?

No llegaremos a la paz provocando el desprecio, los insultos y la mutua agresión. ¿Por qué tenemos que despreciar y considerar como enemigo a alguien solo porque piensa de diversa manera? ¿Acaso podemos olvidar que es un conciudadano, e incluso un  hermano, que pertenece al mismo país al que posiblemente ama tanto o más que yo? De hecho, ¿quién tiene los aparatos o instrumentos apropiados para medir el amor de las personas a Venezuela?

No llegaremos a la paz introduciendo más fanatismo entre nosotros. El fanático muestra una actitud intolerante frente a cualquier punto de vista distinto al suyo, y está dispuesto a ejercer la violencia contra los opositores que considera enemigos. El fanático se emancipa de las leyes de la razón y abjura de la libertad de pensamiento. De ahí la necesidad de aislar a los fanáticos y a los que  alimentan en sus seguidores tendencias irracionales y violentas.