Por Ángel Oropeza

En la antigüedad, siglos antes de poder recurrir a la enseñanza escrita masiva, la evangelización cristiana se basaba primordialmente en la transmisión oral y en el recurso de montajes públicos, que hoy llamaríamos “representaciones teatrales de calle”, los cuales se desarrollaban en plazas, mercados y espacios abiertos, y donde, a través de imágenes y símbolos sencillos, se buscaba explicar y hacer del conocimiento de pobladores y transeúntes las enseñanzas de la fe.

Una de las más conocidas e importantes de estas representaciones explicaba el misterio de la redención del hombre –razón última de ser de la Navidad- recurriendo a un escenario en el cual el elemento central era un gran árbol, conocido como “el árbol del Paraíso”. Alrededor de este árbol se desarrollaba toda la historia de la creación del género humano, de la amistad de los hombres con Dios y de ellos entre sí, y de la posterior decisión de abandonar a Dios para poder decidir lo que era justo y lo que no (“comer” del árbol “de la ciencia del bien y del mal”), según sus propios criterios y conveniencia.

Esta última decisión, expresión del triunfo del egoísmo humano sobre la fraternidad y la convivencia, sería el inicio de un orden injusto de cosas en el mundo, en el que las personas buscarían exclusivamente su propio beneficio, sin importar las consecuencias de ello para los demás, y donde, por tanto, la única forma de mantener ese orden injusto solo podría ser sobre la base de la violencia, la opresión y la exclusión.

Ese mismo árbol del escenario de calle servía después para explicar el advenimiento de Jesús, el “nuevo Adán”, quien proponía un estilo distinto de relaciones y organización humana, llamado “el Reino de Dios”, basado en aprender a ver al otro como a un hermano y no como alguien del cual aprovecharse. Así, el árbol del Paraíso representaba, al mismo tiempo, la renuncia de los hombres a Dios y el misterio de la encarnación de Dios entre los hombres. El árbol era, frente al egoísmo causante de violencia y desigualdad, un signo de liberación, generador de justicia. De modo que aquel árbol de calle del siglo VI fue transformándose, paulatinamente, en un símbolo del mismo Jesús de Nazareth como profeta de la liberación, y se integró en los siglos subsiguientes a la simbología de la Navidad, entendida ésta precisamente como la fiesta del advenimiento de la liberación, en la persona y mensaje del niño de Belén.

Hace poco más de dos mil años, un pueblo explotado y sin rumbo recibió la buena noticia de que su liberación se había iniciado. Esa fue la primera Navidad. Desde entonces, su celebración es una invitación a la reflexión y al compromiso sobre la permanente y continua redención. La redención de la persona es, así, la razón última de ser de la Navidad. Redención de toda violencia, egoísmo, orden injusto, opresión y exclusión que impiden que las personas sean felices, que es lo que Dios quiere para todos sus hijos.

Para los venezolanos de estos tiempos de desigualdad, violencia y exclusión, la Navidad no puede ser una excusa para mirar hacia otro lado y distraernos de la lacerante realidad, o simplemente un evento circunscrito a la banalidad del festejo vacuo. De ser así, no tendría ningún sentido celebrarla en medio de este desierto de injusticia, opresión y desigualdad. La única forma de celebrar con sentido la Navidad hoy en Venezuela es rescatando su verdadero significado y asumiéndola como una oportunidad para recuperar su esencia, como símbolo y advenimiento de liberación personal y social.

A pesar de no ser tan evidente a los ojos de algunos, la característica principal y más saliente hoy en nuestro país es la desigualdad social y económica. Venezuela pasó de ser el 4to país con mayor desigualdad social en 2019, con un índice Gini de 49,5 (recordemos que mientras más alto el valor, más desigual es el país), a ser -a partir de 2022- la nación más desigual del continente, con un indicador Gini de 56,7.

Hoy, en Venezuela, un muy privilegiado grupo de apenas 7 % de la población se queda con más del 50 % del ingreso nacional. No ha habido en la historia un episodio de mayor y más rápida acumulación de riqueza en tan pocas manos.

Argüir en los discursos estar movido por la justicia y la igualdad social, mientras se utiliza el poder del Estado para el enriquecimiento personal obsceno de unos pocos, a costa del empobrecimiento y miseria de casi todos, es la más cínica y canalla de las prácticas políticas. Y este es precisamente el rasgo central y más descriptivo de quienes hoy nos explotan desde el Poder. En comparación con el resto del mundo, hoy Venezuela es el reino de la desigualdad social extrema, donde cada vez los ricos son más ricos y los pobres, además de multiplicarse como en ningún otro país, son también más pobres.

El nacimiento de Jesús fue un anuncio de igualdad. No el igualitarismo farisaico y aberrante que pretende desconocer las naturales y deseables diferencias entre las personas, sino el mensaje de que, al ser todos hijos de Dios en cuanto a dignidad y condición, nadie puede aplastar o subyugar a otro en beneficio propio. Por eso, si hay un lugar donde es más necesaria la celebración de una verdadera Navidad es en nuestra Venezuela de hoy. Porque se trata de celebrar y rescatar la fiesta de la liberación y la igualdad en el país con mayor desigualdad del hemisferio.

Por eso, para los venezolanos de este tiempo de desigualdad, y volviendo al principio, el árbol de Navidad no puede ser solo un objeto banal de ornato o de costumbre. Parece éste un buen momento para rescatar su esencia como símbolo de liberación de todo aquello que no nos permite crecer como personas, como sociedad y como país.

Colocar un árbol de Navidad en nuestras casas debería, hoy en Venezuela, ir más allá de lo meramente tradicional. Y así como enseñamos orgullosos nuestra bandera tricolor como expresión de esperanza y de lucha, sea el árbol de Navidad de nuestras casas, fiel a su origen histórico, testimonio y símbolo de nuestro compromiso por seguir a quien supo enfrentar los egoísmos, generadores de violencia y desigualdad, con el mensaje y ejemplo del amor liberador, constructor de paz y de justicia. Ahora más que nunca.

Fuente:

Mensaje de Navidad y Año Nuevo del Boletín Signos de los Tiempos, del 22 de diciembre de 2023.