Por Jean Meléndez*

Durante años se ha tratado de gestar una cultura que brinda respuestas absolutas ante los enigmas de la vida. Dicha cultura pretende crear una visión concreta y dogmática del mundo; pareciera que se pretende dejar sin cabida los elementos más humanos. Tales como: la duda, la creatividad, el juicio analítico y, por sobre todo, la interpretación; acorralándola con resultados absolutos llamados “hechos”.

No se pretende discutir sobre el lugar de Nietzsche en la denominada tradición hermenéutica, pero si se busca, partiendo de su visión de interpretación, dejar claro frente al absolutismo lo expuesto por el filósofo alemán, para realzar el valor de la discusión filosófica en su plenitud, escapando de la sombra o, más bien, de lo que parece ser el renacer de un nuevo positivismo que quiere darlo todo por sentado. Como señaló Carlos Gutiérrez: “Probablemente, tal como lo enseña la historia, haya un nuevo positivismo acechando a la vuelta de la esquina. Para entonces se acabará el recreo”.

Sin embargo, debo advertir que en el ejercicio de la interpretación también nos encontramos con una de las problemáticas filosóficas y sociales más actuales, puesto que, debido al sumo interés por la interpretación, se ha descuidado plenamente el ejercicio de procurar la génesis de nuevos pensamientos, lo cual a mi parecer nos ha dejado con pocos filósofos, pocos ciudadanos y con muchos intérpretes; por tanto, es preciso ser más enfáticos en el cogitationis progressum (pensar y progresar), aunque podamos tener la interpretación como punto de partida.

La interpretación no aplica únicamente para un campo académico, ni es meramente un ejercicio hermenéutico, sino que más bien se extrapola a los ámbitos más palpables de la sociedad. Por ejemplo, en la vida pública pareciera existir una especie de “positivismo político” que pretende darlo todo por sentado, como si se tratase de un absolutismo ideológico para gobernar. Dicha realidad deja en principio sin cabida a la interpretación política, que luego sería expresada en la democracia.

La máxima con la que se destaca la contraposición ante los hechos, por parte de Nietzsche, reposa en lo siguiente: “contra el positivismo que se detiene ante el fenómeno solo hay hechos, yo diría: no, justamente no hay hechos, solo interpretaciones”. Los “hechos” son derivados de la interpretación. Todo acontecer es una conglomeración de fenómenos escogidos y reunidos por un intérprete. Por tanto, lo que se dice del fenómeno en cuestión no es un hecho, sino una interpretación. Incluso, nos advierte lo siguiente: “el hombre sólo encuentra en las cosas lo que él ha puesto en ellas”. Para Nietzsche, no existe un estado de las cosas y mucho menos un sentido particular. El mundo está cargado de valor en sí mismo y somos el resultado de lo que interpretamos de él.

Así, la acción de “interpretar” es una de las más sublimes condiciones del ser humano, pues el verdadero valor del mundo reside en nuestra interpretación y no en valores absolutos. Interpretar es tan humano que se hace necesario. Nietzsche sostiene que “la interpretación es la urgida y desgarrada necesidad de expresión del alma”; en consecuencia, el todo debe ser entendido como un flujo y no tanto como un estado permanente de cosas.

Nuestra tarea como seres humanos no radica en encontrarle sentido al mundo, a la sociedad o la vida, sino más bien en darle sentido a cada una de ellas, a través de lo que Nietzsche llama “voluntad de poder”. La voluntad de poder es mandato, necesidad de hacer algo: «un hombre que quiere», motivado por la ambición de lograr sus deseos, la demostración de la fuerza con la que se presenta frente al mundo y la libertad de elegir el lugar donde se siente correspondido. En este sentido, la libertad es ese impulso fundamental; el ser humano es proceso, devenir, afecto, es pluralidad de voluntades de poder, y así se constituye una sociedad llena de diversidad de voluntades de poder y no de ejercicio exclusivo del poder, como pretenden algunos gobiernos.

No existe una interpretación correcta. Tampoco una teoría universal que pretenda explicarlo todo. El origen de las cosas es, por tanto, la obra de quienes interpretan, de quienes imaginan, de quienes se atreven a pensar libres de un estado de estulticia, sobre todo en la vida pública, donde se hace más que necesaria la libertad de pensamiento y donde nace la libertad de interpretar los mal llamados “hechos absolutos”, que generalmente los gobiernos autoritarios pretenden imponer como “hechos únicos” de la vida política.


*Aspirante a optar por el título de Comunicación Social, mención: Desarrollo Social, de la Universidad Católica “Cecilio Acosta”. Pasante en el área de Redacción de la Revista SIC.

Fuentes:

  1. Gutiérrez, C. (2010). La ardua liberación de la interpretación. Hermenéutica interpretaciones desde Nietzsche, Heidegger, Gadamer y Ricoeur. Compiladores Mauricio Navia A. Agustín Rodríguez. Universidad de los Andes Consejo de publicaciones. Mérida.
  2. Nietzsche, F. (1978). La Voluntad de poder. Edit. Alianza. Madrid.
  3. Nietzsche, F. (1983). Samtliche Werke. Edit. Kristiche Studienausgabe, BERLIN,
  4. Nietzsche, F.(1978). El nacimiento de la tragedia. Edit. Alianza. Madrid.

Vattimo, G. (l985). Itroduzione a Nietzsche. Edit. Latreza. Roma.