A partir del sismo de Kobe y los atentados en Tokio, el escritor japonés transitó del encerramiento literario al compromiso con el sufrimiento humano, explorando en sus relatos cómo el temblor exterior resquebraja las relaciones y exige hallar en la compasión un bálsamo de resurrección
En enero de 1995, las preocupaciones de Haruki Murakami probablemente giraban en torno a cómo mantener su rutina de corredor empedernido ante las inclemencias del gélido invierno de Medford, Massachusetts (en el área metropolitana de Boston), a donde había ido a dar con sus huesos como profesor e investigador invitado de la Universidad de Tufts, una posición académica que ocuparía entre 1993 y 1995 tras haber pasado un periodo similar en la Universidad de Princeton.
El 17 de enero, un sismo de magnitud 6.9 destruyó la ciudad portuaria de Kobe, cobrándose la vida de más de seis mil personas. Apenas dos meses después, el 20 de marzo, la siniestra secta apocalíptica Aum Shinrikyo, un abigarrado grupo de lunáticos hipnotizados por el inexplicable influjo de un personaje tan cruel como bufonesco, Shoko Asahara, perpetró el ataque terrorista con gas sarín en el metro de Tokio, matando a catorce personas e hiriendo a más de 5 mil. Esos dos acontecimientos quebraron la inveterada sensación de seguridad del Japón contemporáneo. El sismo se desencadenó el martes 17 a las 5:46 de la mañana, hora de Japón; en Medford, Massachusetts, era media tarde del lunes 16 de enero de 1995.
Esas catorce horas de diferencia y 11.045 kilómetros de distancia, y la estrecha y entrañable relación que mantenía con la golpeada ciudad portuaria, describen casi a la perfección el abismo que se abrió bajo los pies de Murakami y el golpe psicológico que experimentó: encontrarse físicamente a salvo en la tranquilidad académica de la Costa Este de los Estados Unidos mientras el entorno de su juventud y sus propios recuerdos eran sacudidos al otro lado del planeta. Una sensación de sufrimiento vicario no muy diferente a la de millones de venezolanos, dentro y fuera del país, que salimos ilesos y al mismo tiempo con el corazón roto del doble sismo de La Guaira.
En esa época de su vida, y prácticamente desde que se consagró por completo a la escritura con una devoción irreductible, la rutina diaria de Murakami en la Universidad de Tufts era sumamente metódica y disciplinada. Dedicaba las mañanas y las tardes a tejer sus ficciones en la más estricta y monacal soledad. Es muy probable que, a la misma hora en que la tierra temblaba en las entrañas de Kobe, se encontrara frente a su mesa de trabajo, dando los últimos toques al tercer volumen de su monumental novela Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.
De manera que la noticia no le llegó de inmediato a través de una sacudida física o una extraña premonición, sino horas después, al salir de su trance literario y ver en el televisor las primeras e impactantes transmisiones satelitales que mostraban los barrios de Kobe hechos añicos, envueltos en llamas y humo. La catástrofe lo trastocó en lo más profundo: Kobe era la ciudad de su juventud y el lugar donde todavía residían sus padres, quienes afortunadamente sobrevivieron al desastre pero perdieron su hogar y tuvieron que trasladarse de vuelta a Kioto. Fue ese impacto visual desde la distancia de Massachusetts lo que quebró su burbuja de idílica tranquilidad universitaria y lo empujó a preparar su regreso definitivo a Japón.
En ese preciso instante sintió la necesidad imperiosa de regresar a su país. El impacto de ver los escenarios de su juventud arrasados, y pocas semanas después la fría crueldad de los atentados de Aum, lo llevó primero a escribir Underground, un formidable y exhaustivo testimonio periodístico de entrevistas con las víctimas del gas sarín en el metro de Tokio. Al poco de acabarlo, probablemente consumido por la magnitud del drama humano al que se había tenido que someter para dar voz al sufrimiento del inocente sin explicación aparente, pero al mismo tiempo sintiéndose en la obligación ineludible de honrar la memoria de las víctimas de Kobe, Murakami optó por acudir al artificio de la ficción para intentar narrar el drama de Kobe desde un plano más abierto y distante, alegórico, si se quiere.
Entre agosto y diciembre de 1999, publicó de manera consecutiva cinco relatos en la revista literaria Shinchō, sumando otro para la edición definitiva del volumen en el año 2000. Los seis cuentos se desarrollan en febrero de 1995, exactamente el periodo que transcurre entre el terremoto de Kobe y el atentado de Tokio. Ninguno de los protagonistas de los relatos se encuentra en Kobe en el momento del desastre; todos –como nos sucedió a la mayoría de los venezolanos– contemplan estupefactos las noticias a través de la televisión, desde la distancia. No obstante, el temblor opera como una portentosa sacudida que resquebraja sus vidas cotidianas, obligándolos a mirar el vacío de su propia existencia; a compadecerse de los desamparados; a rebelarse contra una situación insoportable, contra un drama soterrado del que el sismo era solo un eco telúrico.
A través de su proverbial prosa, desprovista de artificios pero cargada de una honda melancolía, el autor desvela que si el sufrimiento se aprende solo, la compasión se aprende sufriendo con otro. Los personajes descubren que los verdaderos terremotos ocurren en el tejido de las relaciones, en la pérdida de la fe y en la necesidad de desenterrar los traumas del pasado para poder sanar. Haciéndonos eco de Murakami, los venezolanos hemos comprendido que el verdadero terremoto es prolongar una situación que ya era de por sí insostenible.

El propio Murakami ha explicado extensamente por qué prefirió contar la historia de Kobe a través del lente de la ficción. Yo tiendo a creer que hubiera querido contarla directamente a través de las voces de sus protagonistas, siguiendo la estela de Underground, pero sencillamente no fue capaz de hacerlo después del Vía Crucis que supuso mirar cara a cara y escuchar durante meses a las víctimas inocentes de Aum. Simplemente no tuvo corazón para revivir de nuevo, en boca de sus propios protagonistas, una tragedia que le resultaba particularmente cercana y dolorosa.
Por uno de esos inexplicables azares del destino, justo cuando ocurrió el doble terremoto de La Guaira (al final creo que el nombre de un gran sismo no pasa a la historia por el lugar de su epicentro, sino por el lugar donde provoca más daños), yo mismo me encontraba sumido en la hipnótica y desgarradora lectura de Underground, de la que seguramente hablaré otro día.
Después del terremoto, como una secuela ficticia del drama real de Underground, representa quizás un punto de inflexión en la trayectoria del escritor de Kioto. Marcó el abandono definitivo de un encerramiento en sí mismo, producto del rigor que le imponía su oficio, para abrirse a un compromiso mucho más explícito con el dolor colectivo y la memoria histórica de su entorno.
Lejos de regodearse en el pesimismo de las ruinas, el libro intenta ser un bálsamo de resurrección. Al final de cada travesía individual, los personajes vislumbran una pequeña rendija de luz, la promesa de un nuevo comienzo tras el derrumbe de las viejas certezas. Murakami nos recuerda que, cuando la tierra se abre bajo nuestros pies, la única manera de mantener la cordura es buscar los asideros de la compasión y la solidaridad humana.
A manera de epílogo: el milagro de la reconstrucción y el resurgir de Kobe
La respuesta de Japón ante los desastres de la región de Hanshin no fue simplemente una tarea de remoción de escombros y reconstrucción de cualquier manera, sino un esfuerzo concienzudo y cuidadosamente planificado de reingeniería social y urbana que redefinió el concepto global de resiliencia. El proceso de renovación estuvo guiado por el ambicioso «Plan Fénix» (Hyogo Phoenix Plan), un proyecto maestro a diez años diseñado de forma conjunta por el gobierno de la prefectura de Hyōgo y la alcaldía de Kobe, bajo el liderazgo de autoridades locales como el gobernador Toshitami Kaihara y el alcalde Kazutoshi Sasayama. Lejos de imponerse desde arriba, la reconstrucción se articuló a través del machizukuri, un modelo de consejos vecinales donde los propios ciudadanos participaron activamente en el rediseño de sus barrios, sanando el tejido social mientras se levantaban los nuevos edificios[1].
El desafío financiero y logístico fue descomunal. Considerada en su momento la catástrofe más costosa de la historia moderna, la reconstrucción requirió una inversión total definitiva de 163 mil millones de dólares (unos 17 billones de yenes), lo que equivalía a casi el 2 % del Producto Interno Bruto de la nación nipona en aquella época[2]. Aunque los servicios públicos esenciales –como la electricidad, el agua y el gas– y las principales líneas ferroviarias se restablecieron de forma casi milagrosa en cuestión de meses gracias al despliegue masivo de operarios y personal calificado, el plan maestro integral se completó formalmente en el año 2005, cumpliendo con rigor japonés el plazo de una década estipulado originalmente.
La gran innovación de este proceso fue el concepto de «Reconstrucción Creativa». Las autoridades locales y los urbanistas comprendieron que no se trataba de volver al estado anterior, sino de edificar una urbe mucho más segura y preparada para el porvenir. Se pusieron en vigor normativas sismorresistentes extremadamente estrictas para todas las estructuras, se ensancharon las avenidas principales para que funcionaran como cortafuegos naturales y se crearon plazas públicas transitables diseñadas para servir al mismo tiempo como espacios de esparcimiento y centros de evacuación masiva. Asimismo, el perfil económico de la ciudad se transformó: Kobe dejó de depender exclusivamente de su antiguo puerto industrial para diversificarse hacia la tecnología de vanguardia, convirtiéndose en sede del Clúster de Innovación Biomédica de Kobe, un referente asiático en investigación médica[3].
Hoy en día, Kobe se erige como una metrópolis próspera, vibrante y vanguardista que acoge a más de un millón y medio de habitantes. Su puerto fue completamente modernizado y recuperó su relevancia en las rutas comerciales del Pacífico, mientras que la ciudad se ha convertido en la capital global del estudio de la mitigación de desastres, albergando agencias internacionales especializadas de las Naciones Unidas. Aquellas fracturas invisibles de las que hablaba Haruki Murakami en sus relatos, las réplicas psicológicas del pavor de 1995, encontraron su correlato físico en una ciudad que no solo aprendió a convivir con la fragilidad de la tierra, sino que demostró que es posible reescribir el destino desde las cenizas con buena gestión, criterio y audacia.
Notas:
1 Asian Disaster Reduction Center (ADRC). Research report: study on earthquake risk and vulnerability nanagement and lessons learned. Disponible en: https://web.adrc.asia/aboutus/vrdata/finalreport/2011A_PHL_Anna_FRR.pdf
2 SUINDRAMEDHI, S. (2015): “Disaster management: lesson learned from Japan”. En: GMSARN International Journal, Vol. 9, No. 3. Disponible en: http://gmsarnjournal.com/home/wp-content/uploads/2015/11/Vol9No3-1.pdf
3 Foundation for Biomedical Research and Innovation at Kobe (FBRI). About the Kobe Biomedical Innovation Cluster (KBIC). Disponible en: https://www.fbri-kobe.org/kbic/english/about/



