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Muchas cosas por decir

SIN CRÉDITO(10)(1)

Por Luis Ovando Hernández, s.j.

Durante muchos años prevaleció en la reflexión de la Iglesia la idea de que solo podía tomarse por “verdadero” aquello que fuera testificado por la Biblia. Lo que no aparecía en la Sagrada Escritura no era tomado en cuenta, pues. Hoy día, aumenta el consenso alrededor de que nuestro Dios se comunica de diferentes formas, creativas y variadas, siendo la Sagrada Biblia la vía por antonomasia de esta comunicación (aunque no la única, reitero).

Las Escrituras contienen la revelación de Dios que por iniciativa suya quiso compartir con nosotros: gracias a la persona de Jesús, Dios se nos revela como misterio que conduce al amor fraterno y filial. De allí que nosotros le confiramos una alta cuota de credibilidad a lo que dice el Texto Sacro, por ser Palabra de Dios. El Señor Dios no solo nos dirige su Palabra, sino que nos “capacita” para que lo oigamos y le respondamos.

Dado que la redacción de la Biblia ocurrió hace siglos, en diversos contextos y diferentes autores, es necesario “interpretarla”. Es decir, echamos manos de los recursos que buenamente nos ofrece el conocimiento humano actual para “descifrar” el mensaje de la Escritura en diálogo con nuestra historia, nuestra situación actual, de manera que podamos discernir la Palabra que el Señor nos dirige.

Las fórmulas

El domingo tuvimos ocasión de escuchar las lecturas bíblicas correspondientes a la solemnidad de la Santísima Trinidad. La Sagrada Escritura no se refiere directa y explícitamente a la Santísima Trinidad, es decir al Dios Uno y Trino, Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

La fe que profesamos en la Santísima Trinidad conoció un desarrollo histórico cuyo inicio está en la Biblia, con lo que los estudiosos llaman “las fórmulas”: gracias a Jesús Hijo, sabemos que Dios es Padre y que de la comunicación permanente y amorosa entre ambos se da el Espíritu Santo, que generosamente nos es dado tanto por Jesús como por Dios Padre.

En la Escritura hay “fórmulas” que mencionan solo a uno de los tres, o a dos de ellos, e incluso a los tres juntos. Pero no hay una afirmación clara y concreta que apunte a la Santísima Trinidad. Este aspecto fundamental carísimo de nuestra fe vendrá después, gracias a la reflexión honesta de tantos otros como nosotros que nos precedieron.

Lo que quiero decir con todo lo anterior es que aquellas realidades que forman parte de nuestra fe han conocido un desarrollo histórico hasta llegar a nuestros días. Por otro lado, que nosotros poseamos este “tesoro” de la fe no significa que agotamos el Misterio que es Dios; pero estamos más cerca gracias a Jesús.

Una casa y una familia

La reflexión teológica se ha aproximado al Misterio de la Santísima Trinidad mediante símbolos y metáforas, comparándola con un río y sus cauces, con el sol y sus rayos, con el fuego, etc. El método es bueno y válido, sobre todo si aquello a lo que nos acercamos es en principio inagotable para nuestro entendimiento.

La Santísima Trinidad es nuestra casa (esta imagen tiene sus raíces bíblicas). En casa nos sentimos a gusto y seguros. En casa circula libre y gratuitamente la filiación y la fraternidad, circula el amor que hace bien, porque busca siempre nuestro bienestar y crecimiento, porque nos saca del propio amor e interés y nos sitúa en la órbita de donarnos a los otros, siendo esto motivo de felicidad.

La Santísima Trinidad es nuestra familia. Dios es nuestro Padre y Jesús nuestro Hermano Mayor, la Virgen es nuestra Madre y el Espíritu es el “cemento” que nos mantiene unidos no obstante las diferencias. Decir familia es decir relaciones que nutren respetuosamente, que buscan unir sin pisotear la debida autonomía.

Hoy día, para quien quiera ahondar en el Misterio de la Trinidad, le sugiero humildemente reflexionar alrededor de las imágenes de Dios como nuestra casa y nuestra familia, esperando sean provechosas, o sea, que aumenten nuestra fe en él y la confianza en los demás.

Puerto de partida y de llegada

Otro aspecto que valdría la pena atender es el hecho de la presencia divina en los momentos esenciales de nuestra existencia. Tomemos dos ejemplos: el nacimiento y la muerte.

Estando aún claros del modo cómo venimos a este mundo; sin embargo, la fe coloca nuestra génesis en Dios, origen de todo cuanto existe; pero no solo. Cuando dejamos de existir en las condiciones que nos impone la historia, no hacemos otra cosa sino volver al origen de nuestra vida, que es él.

Se trata de un camino espiritual a recorrer en búsqueda de sentido, y así no caer presa de la desesperación, del sufrimiento y del dolor que también comporta la pérdida de aquellos a quienes amamos (obvio, en esta vida hay muertes que no tienen sentido, por ser injustas e irracionales; a esta realidad no deberíamos adecuarnos nunca).

De Dios venimos y a Dios volvemos. Él es nuestro puerto de partida y de llegada.

En la solemnidad de la Santísima Trinidad, me parece que la lección para nosotros es doble: por una parte, debemos aprender y/o consolidar el hecho de reconocer a los demás como lo que son, es decir, personas. La Trinidad está “compuesta” por las Tres Divinas Personas. El contexto que vivimos nos empuja en la dirección contraria. La fiesta de la Trinidad intenta colocar las cosas en su lugar.

Por otro lado, hay que procurar siempre y en todo momento mantener canales de comunicación fluidos, activos. El diálogo es característico de la Trinidad: las Personas están en una constante comunicación entre ellos, abriéndose al Otro para dar lo mejor de sí, y recibir la ofrenda de su Semejante. Tercero, la comunicación tiene como base el amor: la apertura al otro no es para provecho propio, sino para ayudarlo a crecer, a mejorar, a profundizar. Por último, la solemnidad de la Trinidad rememora que nosotros las personas que dialogamos amorosamente tenemos una misión: ello es clarísimo para el Hijo y el Espíritu Santo.

Hay una tarea que cumplir, una misión encomendada. El trabajo se lleva adelante en condición de colaborador, no como “patrón” o cualquier otro modelo que privilegie pisotear o enajenar a los demás. Jesús recibió su misión de Dios Padre, y nosotros la recibimos de Jesús. Para poderla llevar a cabo, ambos nos donaron el Espíritu Santo como garantía de que se trata de “su” tarea, y no de nuestra autopromoción.

Dios nuestra casa y nuestra familia. Todavía quedan muchas cosas por decir sobre la Trinidad.

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