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«Mi amor»: una pequeña palabra venezolana para un mundo herido

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Una reflexión sobre la ternura, la dignidad y el valor de nuestra imperfección

Por : Hector Soto Parra*

Hay algo profundamente venezolano en una expresión que pronunciamos casi sin darnos cuenta: «mi amor».

La escuchamos en una panadería, en un mercado, en una farmacia, en una conversación entre vecinos o incluso entre dos personas que nunca antes se habían visto.

«Buenos días, mi amor». «Dime, mi amor, ¿qué necesitas?». «No te preocupes, mi amor».

Para quienes crecimos en Venezuela, estas palabras forman parte del paisaje afectivo de nuestra tierra. Son tan habituales que pocas veces nos detenemos a pensar en lo que pueden significar.

Sin embargo, detrás de esa expresión cotidiana se esconde una pregunta profundamente humana: ¿por qué somos capaces de llamar «mi amor» a alguien cuya historia desconocemos?

La ternura de reconocer al desconocido

Vivimos en sociedades donde muchas relaciones comienzan con una pregunta sobre nuestra identidad, nuestra ocupación o nuestra utilidad.

¿Quién es usted? ¿A qué se dedica? ¿Qué necesita?

El «mi amor» venezolano parece introducir una pequeña pausa en esa lógica.

No elimina las diferencias ni convierte automáticamente a dos desconocidos en amigos. Tampoco garantiza que exista un afecto verdadero detrás de cada palabra.

Pero puede expresar una disposición inicial de cercanía.

Es como si dijéramos: antes de saber quién eres, puedo tratarte con humanidad.

Y quizás allí reside uno de los tesoros más discretos de nuestra cultura: la posibilidad de ofrecer un gesto de ternura sin exigir previamente una relación de confianza.

El derecho a ser imperfectos

Hay otra dimensión de esta expresión que merece nuestra atención.

Los seres humanos somos imperfectos.

Nos equivocamos, llegamos tarde, olvidamos compromisos, no siempre encontramos las palabras adecuadas y, en ocasiones, no conseguimos ayudar a quienes nos necesitan.

En una sociedad que exige resultados, eficiencia y éxito, nuestras limitaciones pueden convertirse en motivo de vergüenza.

Pero imaginemos a alguien que nos pide ayuda y a quien debemos responder: «Mi amor, quisiera ayudarte, pero no puedo».

La dificultad no desaparece. La respuesta sigue siendo negativa.

Sin embargo, algo cambia.

La persona que habla reconoce su límite sin renunciar a la cercanía.

Y quien escucha puede percibir que la imposibilidad de recibir ayuda no equivale necesariamente a un rechazo personal.

No siempre podemos ofrecer una solución, pero muchas veces podemos ofrecer una presencia respetuosa.

Tal vez el «mi amor» nos recuerde también que no necesitamos ser perfectos para tratar a los demás con bondad.

Nuestra imperfección no nos impide amar. Nos invita a hacerlo con humildad.

Cuando las palabras necesitan convertirse en hechos

Sería ingenuo idealizar una expresión cultural.

También en Venezuela podemos escuchar un «mi amor» pronunciado con indiferencia, impaciencia o incluso con intención de manipular.

Ninguna palabra, por hermosa que sea, garantiza la bondad de quien la pronuncia.

La ternura necesita coherencia.

Si llamamos «mi amor» a alguien, pero ignoramos su sufrimiento, la expresión pierde profundidad.

Si utilizamos palabras cariñosas para evitar una verdad incómoda, confundimos el afecto con la complacencia.

Y si prometemos una ayuda que no podemos ofrecer, la amabilidad puede terminar convirtiéndose en engaño.

Por eso, quizás la mayor riqueza de esta costumbre no esté en repetir una fórmula, sino en intentar vivir aquello que sugiere.

Reconocer la dignidad del otro, hablarle con sinceridad y procurar no abandonarlo en su necesidad.

Una Venezuela que sigue hablando con ternura

Millones de venezolanos han tenido que reconstruir sus vidas lejos de su tierra.

En sus maletas llevaron fotografías, recuerdos, recetas familiares y pequeñas costumbres que difícilmente aparecen en los documentos de identidad.

También llevaron palabras.

«Mi amor». «Mi vida». «Mi cielo». «Mi corazón».

Expresiones que, pronunciadas en una ciudad extranjera, pueden devolvernos por un instante a la cocina de nuestra madre, a la voz de una abuela o a una conversación en cualquier calle venezolana.

Quizás por eso estas palabras adquieren un significado especial en la distancia.

Nos recuerdan que la patria no está hecha solamente de territorio, historia e instituciones.

También está hecha de maneras de encontrarnos.

Y que una parte de Venezuela continúa existiendo cada vez que un venezolano ofrece a otro ser humano esa forma familiar de cercanía.

Una enseñanza para nuestra convivencia

Nuestro país ha conocido heridas profundas, divisiones, pérdidas y desencuentros.

Reconstruir la convivencia exige justicia, verdad, responsabilidad y voluntad de reconciliación.

Ninguna expresión cariñosa puede sustituir esas tareas.

Pero quizás nuestras propias costumbres nos ofrecen un punto de partida.

Reconocer que el otro merece respeto incluso cuando piensa de manera diferente.

Aceptar que nadie posee toda la verdad.

Comprender que podemos equivocarnos sin perder nuestra dignidad.

Y recordar que la fragilidad humana no debería ser motivo de desprecio, sino una invitación a la solidaridad.

Desde una sensibilidad cristiana, esta intuición encuentra una resonancia especial en el mandamiento de amar al prójimo.

El prójimo no es solamente quien comparte nuestras ideas, nuestra historia o nuestra fe.

Es también aquel cuya vida se cruza con la nuestra y cuya dignidad merece ser respetada.

El amor puede llegar antes que el nombre

Tal vez nunca sepamos exactamente cuándo comenzamos los venezolanos a llamar «mi amor» a tantos desconocidos.

Y seguramente no todos utilizamos esta expresión con el mismo significado.

Pero hay una posibilidad hermosa en ella.

Que una palabra cotidiana nos recuerde que el valor de una persona no depende de lo que pueda ofrecernos.

Que podemos reconocer al otro incluso cuando no conseguimos ayudarlo.

Que nuestra imperfección no nos priva de la capacidad de ser generosos.

Y que, en un mundo donde tantas personas se sienten invisibles, un pequeño gesto de cercanía puede tener un valor inesperado.

Quizás Venezuela tenga todavía mucho que enseñar a través de sus palabras más sencillas.

No porque seamos un pueblo perfecto.

Precisamente porque no lo somos.

Porque conocemos nuestras contradicciones, nuestras heridas y nuestras limitaciones, pero seguimos encontrando maneras de expresar ternura.

En Venezuela, el amor puede llegar antes que el nombre.

Y tal vez esa sea una pequeña lección para nuestro tiempo:

No necesitamos ser perfectos para reconocer la dignidad del otro. Necesitamos ser suficientemente humanos para no olvidarla.

«Buenos días, mi amor».

A veces, una esperanza comienza así.

*Hector Soto Parra es médico oncólogo venezolano, radicado en Italia. Es director de la Unidad de Oncología Médica del Hospital Universitario Policlínico “G. Rodolico–San Marco” de Catania. Su actividad profesional combina la atención a los pacientes, la investigación científica y la docencia. Mantiene un profundo vínculo con Venezuela y un especial interés por la dignidad humana, la cultura y los valores que unen a las personas.

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