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Mantenerse en la cultura y defender la Madre Tierra

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Por Minerva Vitti Rodríguez

A medida que los jóvenes indígenas se adentran en su búsqueda identitaria también se enteran de los conflictos socioambientales y las amenazas culturales que enfrentan como pueblos. El reconocimiento y la protección de sus territorios constituyen una condición fundamental para la supervivencia física y cultural

¿Cuál es el lugar que tengo dentro del pueblo indígena? ¿Cuál es la historia territorial de dónde vengo? Son algunas de las preguntas que se hacen los jóvenes indígenas, quienes permanentemente viven asediados por gobiernos donde prevalece una lógica extractivista, de seguridad e integridad geopolítica, sustentada en el control y militarización de territorios ricos en bienes naturales para su explotación.

En Venezuela, donde la minería aurífera se ha agudizado en los estados Bolívar y Amazonas, por la crisis económica y por la expansión de la Zona de Desarrollo Estratégico Nacional Arco Minero del Orinoco, un proyecto que se ejecuta sin la consulta previa, libre e informada a los pueblos indígenas; sin estudios de impacto ambiental y sociocultural; y sin responder a la deuda histórica de la demarcación de los territorios indígenas; muchos jóvenes han encontrado parte de la solución a sus necesidades materiales en esta actividad.

Pero lo anterior también se extiende a otros países del continente como Chile, donde los indígenas mapuches luchan contra la industria forestal que cada día deforesta sus territorios; o Guatemala y Honduras, donde indígenas mayas y garífunas, viven la desintegración de sus familias producto de la migración forzada.

A través de las voces de jóvenes indígenas de estos países nos adentramos en los mecanismos de resistencia que practican para garantizar la supervivencia y sus formas de vida fuera y dentro de sus territorios.

Guardianes territoriales indígenas

Uno de los mecanismos de protección que tienen los pueblos indígenas son los guardianes territoriales, que actúan como mediadores de conflictos y en la concientización y protección del territorio:

“La minería es como una enfermedad, uno tiene que tratarla desde la raíz, desde cómo comenzó. Si yo no actúo, si yo no hablo con mi familia, ¿quién lo hará por mí? Tenemos que levantarnos y luchar en contra de esto, porque ya muchos tienen otra cultura. Una vez mi abuela me dijo estas palabras que nunca se me olvidan: ‘Nieta, estudia y aprende, pero eso sí, no se te olviden tres cosas: ama tu territorio, cuida tu territorio y sea parte de él’”, dice Cecilia García1, indígena uwottüja y una de las guardianas territoriales indígenas en Amazonas, Venezuela.

En Gran Sabana, al sureste del estado Bolívar, esta forma de organización, también ha sido la respuesta de la comunidad para protegerse de foráneos que llegan a sus territorios tanto a ejercer la minería, como a cometer actos delictivos.

La otra manera de proteger es caminando los territorios durante semanas, como lo hacen los indígenas yekuana y yanomami. En esta práctica ejercen sus autodemarcaciones y planes de vida, que son resultado de procesos de empoderamiento de los pueblos y comunidades indígenas, como sujetos de derecho de su territorio.

El retorno hacia nosotros mismos

Para Eduardo Urqueta Huenuman, indígena mapuche, ha sido un largo camino reidentificarse con su cultura y volver al lugar de dónde es, porque actualmente los jóvenes indígenas viven una tensión fuerte entre lo que son y lo que les está ofreciendo la cultura occidental; y en este proceso muchos se aculturan.

En Temuco, capital de la Araucanía, que es la región con la mayor cantidad de habitantes mapuches en el país, fue donde vio la mayor discriminación de parte de los chilenos hacia los mapuches, especialmente hacia personas que hablan el mapudungun y usan sus vestimentas tradicionales dentro de la ciudad.

“Ese fue uno de los principales motivos que me empezó a hacer ruido, de ver estas situaciones y yo no tener ninguna intervención. Ya estaba cansado de estar dentro de un sistema económico donde tienes que trabajar nueve horas al día, con dos días libres a la semana, sin tener tiempo para aprovechar los recursos que tú tienes, estando endeudado toda la vida, un modelo que particularmente no me agrada”, dice Eduardo. Así que tomó la decisión de volver a trabajar a Tirúa.

En Tirúa comenzó a liderar a un grupo de jóvenes:

“Nosotros comenzamos a buscar nuestra identidad como mapuche lafkenche, que es el que vive cerca del mar, a contactar personas que tuvieran conocimiento cultural y estuvieran dispuestos a enseñarnos”. En esta vuelta a sus raíces, se percataron de los conflictos socio-ambientales con la industria forestal: “Imposible es volver a tener todo el bosque nativo que existía, pero de a poco yo creo que vamos a tratar de ir reforestando y un trabajo que se está haciendo en las zonas de Tirúa”.

Resistir desde la espiritualidad

Félix es del pueblo maya mam. Nació en Concepción Tutuapa, departamento de San Marcos, Guatemala, y nunca ha vivido fuera de su territorio. Habla del principio de la armonía, la paz y la tranquilidad de la naturaleza y con todos los ecosistemas. Dice que estos no deben verse como recursos sino como un elemento en donde todos somos parte esencial y principal de un todo. Donde cada uno por muy pequeño que sea tiene una función, cumple un rol, y si este se llegara a alterar o a faltar habría una gran ruptura y ya no se podría dar el Buen Vivir.

“Nuestro reto como jóvenes en contra de la corriente dominante actual, en este mundo del consumismo, del menor esfuerzo, es revalorar las prácticas y los principios de nuestra cultura para poder transmitirlo a los demás siempre viendo hacia adelante, siempre andando con la piel, el rostro, y el corazón indígena maya mam para poder legar a las futuras generaciones un mundo mejor, un mundo especial desde nuestro espacio, desde nuestro vivir las experiencias, el interactuar cada día, cada momento, cada instante de nuestra vida”, destaca Félix.

La migración: venimos del lugar donde está nuestro corazón

Monserrat, es de la etnia garífuna, nació en Honduras, pero actualmente está estudiando Ciencias Políticas en Nicaragua. Insiste en que las personas pueden migrar sin renunciar a su origen:

“Lo negativo que veo es cuando salen de las comunidades a la ciudad o a otro país y adoptan otra cultura, dejan de hablar su lengua, dejan de practicar sus danzas, ya no viven su espiritualidad. Nosotros tenemos que vivir nuestra propia realidad, tenemos que aceptarnos tal como somos donde sea que nosotros estemos, donde sea que nosotros lleguemos tenemos que mostrar realmente quiénes somos y de dónde venimos. Podemos adaptarnos a la cultura, pero sin olvidar la nuestra, podemos aprender el idioma del lugar donde estamos sin dejar el nuestro”.

De acuerdo a su creencia los ancestros viven dentro de ellos, entonces cuando la persona empieza a reprochar lo que es, comienza a enfermar.

Para los jóvenes indígenas –y se diría que para todos los seres humanos– el resto sigue siendo redescubrir su verdadero lugar y entenderse a sí mismos para no terminar contradiciendo su propia realidad.

¿Cómo nos organizamos como comunidad para denunciar aquello que nos mata y anunciar paradigmas alternativos al desarrollo, que muchas veces ya practicamos a escala local? Saberes que sin duda deberán ser integrados a la educación.


Nota:

Este nombre ha sido cambiado por razones de seguridad.

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