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Edificio Centro Valores, local 2, Esquina de la Luneta, Caracas, Venezuela.

Los venezolanos no callarán

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María Gabriela Cuevas G

El martes 08 de agosto de 2017, en Caracas, Venezuela, el quinto día desde la instalación de la llamada “Asamblea Nacional Constituyente”, las arbitrariedades, el abuso de poder y las violaciones a los derechos humanos han recrudecido, se han multiplicado, e intensificado; con estas acciones pretenden aterrorizar a todos, y lo logran. 

El llamado de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) para ese día, hecho a través de los valientes jóvenes diputados, era hacer un trancazo de 12:00 m. a 6:00 p.m. Salí a trabajar, sabiendo que debía moverme rápido, para que alcanzaran las horas de la mañana para resolver asuntos. Utilicé el metro para desplazarme a lo largo de seis estaciones del este de la ciudad. El ambiente entre los usuarios era un reflejo de la tensión que se vive en el país. El silencio que imperaba me resultó insoportable. Claro que en todo ese trayecto escuché algunas cosas: un funcionario que daba una orientación, un par de personas conversando, una persona hablando por teléfono, un niño llorando, una voz sonriente dando los buenos días, una joven vendiendo caramelos, y otro, y otro y otro vendedor más; y una niña muy pequeña (su talla diría que tendría unos cuatro años, pero tratándose de nuestro país, sabemos que seguramente tendría más) cantando para obtener con ello algo de dinero; de resto, un silencio grave, que acompañaba las caras de drama de cada uno de los presentes. Sin duda se vive una tragedia colectiva, que tiene expresión particular en la vida de cada una de las personas. 

Saqué de mi bolso mis papeles y mi marcador, y allí, entre el balanceo del vagón y el movimiento nervioso de mi mano, escribí mis carteles del día: “Nuestros hijos tienen hambre” y “Esto es Dictadura”. Después de varios días sin hacerlo, nuevamente levanté mis brazos mostrando letreros a los presentes, en esa acción que secunda a la otra, menos visible, la de alabar e implorar a Dios, mientras levanto mis brazos. Lo hice en el vagón, me desplacé por varios vagones, lo hice en el andén, y por último subí y lo hice en la estación. Allí me abordó una mujer que me dijo: “mi hijo tiene 11 años y ha perdido 10 kilos” y, con total determinación, me dijo: “vamos”, yo accedí y la seguí hasta la superficie; ya en la calle fue hasta la acera donde estaban los troncos utilizados en el trancazo anterior, y en cuestión de segundos tenía la vía trancada. Eran las 12 del mediodía. Al poco rato nos abordó un policía municipal, quien entendía perfectamente nuestras razones para estar allí, y dialogó. Se dejó uno de los tres canales permitiendo el paso de vehículos. Nos propusimos estar en el lugar por dos horas y eso hicimos, en ese rato algo conversamos, y me contó que vive en el barrio cercano al lugar en el que estábamos. Mientras estuvimos allí se nos unió un señor mayor; un hombre de la zona dijo no poder protestar, pero nos apoyó con refrescos y agua.  Al irnos dejamos los tres canales libres de obstáculos. 

Durante dos horas, dos mujeres y un anciano, en el medio de la vía pública, exhibiendo carteles con los que se atrevieron a gritar por medio de la palabra escrita. Carteles que eran vistos y leídos por los conductores y los transeúntes (hombres, mujeres, niños); algunos se atrevían a gritar cosas desagradables; alguno se atrevió a hacer el amago de embestir con su carro el cuerpo indefenso, y casi inmutable, de una de ellas, mientras mantenía sus brazos en alto; varios mostraban inconformidad al constatar que la paz ofrecida no llegó con la “Constituyente”. Ahora bien, la mayoría pasó frente al letrero alusivo al hambre, diciendo: “Eso es verdad”. Una verdad que nadie en Venezuela puede negar. 

La función “fraude constituyente” contó con la actuación de su presidenta, que en la instalación afirmó que en el país no hay crisis humanitaria, y lo hizo porque no tiene vergüenza de mentir. Como no tuvo vergüenza de mentir la Presidenta del Consejo Nacional Electoral, cuando se paró frente al país afirmando que los 415 “constituyentistas” fueron electos por más de 8 millones de votos, cuando el país fue testigo de la abstención que (valientemente y desafiando las amenazas) imperó el 30 de julio. Esto, sumado a las denuncias de fraude hechas por la empresa prestadora de servicios de computación durante el proceso; así como las manifestaciones de ciertos grupos “los colectivos armados” descontentos porque sus miembros no aparecen entre los 415 (que no le reclamaron a sus electores, sino a quienes manejaron el proceso); todo esto permite afirmar que la Constituyente no es más que un circo de mentiras, que no detiene la voluntad de cambio de la mayoría del pueblo venezolano, y cuya determinación de protestar, cómo último recurso frente al abuso y la barbarie, se mantiene muchísimo más vigorosa que el 1° de abril. 

Habrá quienes piensen que la imagen de tan sólo dos mujeres y un anciano pretendiendo trancar el tráfico, es muestra de que la MUD ha perdido poder de convocatoria. Yo pienso que es muestra de que la protesta ciudadana en este país no tiene retroceso. La dictadura no conseguirá callar a todos, el resto del tiempo; muchos pueden estar confundidos, muchos pueden sentirse defraudados, muchos pueden estar inconformes con las tácticas asumidas por el liderazgo en un momento dado, muchos pueden sentirse aterrorizados. Muchos seguirán perdiendo la libertad, y la vida. Sin embargo, siempre habrá quienes se atrevan a seguir diciendo verdades; quienes se nieguen a dejarse doblegar; quienes afirmen: “No quiero vivir en dictadura”, y con ello animarán a otros a no sucumbir al silencio que se nos quiere imponer. 

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