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Los autoritarismos y la modernidad

Autoritarismo Cuba

Por Félix Arellano

La modernidad nos ha dejado el espejismo de un progreso ilimitado, lineal e inexorable; luego, la revolución científico-tecnológica parecía corroborarlo: “los nuevos tiempos siempre serán mejores” y, efectivamente, en diversos ámbitos del quehacer humano, los desarrollos técnicos y tecnológicos son impresionantes. Las vacunas para enfrentar el virus del COVID-19, constituyen una clara evidencia de los avances científicos que ha logrado la humanidad; empero, los autoritarismos, en sus diversas expresiones, están en ascenso y, con el objeto de perpetuarse en el poder, son capaces de llevar a los pueblos al oscurantismo, destruyendo las opciones del progreso.

El progreso que nos plantea la modernidad, presenta problemas de asimetría y exclusión que se podrían definir como estructurales o congénitos. Cabe recordar que varios siglos atrás, Max Weber, a quien definen como uno de los padres de la sociología moderna, alertó sobre la potencial deshumanización que implicaba un proceso mecánico, burocratizado e insensible del desarrollo moderno. Esa reflexión, definida como “el desencantamiento weberiano”, ha servido de fundamento para diversas visiones críticas, como el exhaustivo trabajo de la Escuela de Frankfort y, en particular, los agudos aportes de J. Habermas, orientados a la emancipación del modernismo deshumanizado.

El marxismo también ha planteado una dura crítica a la dinámica del capitalismo moderno, pero sus propuestas no permiten una real transformación de las bases de la modernidad deshumanizadora, por el contrario, reproducen y consolidan un modernismo más radical y autoritario. Obsesionado en unas carreras industrialista y militarista, marcadamente depredadoras de recursos y opuesto a cualquier posibilidad de crítica y revisión, reproduce las expresiones más duras de la modernidad.

La crítica y manipulación marxista ha contribuido a la promoción de otras narrativas populistas y autoritarias que aprovechan las debilidades del proyecto moderno para maniobrar, prometiendo transformaciones fantasiosas. Luchar contra la pobreza y exclusión se constituye en un mantra; empero, en la práctica nos enfrentamos con un discurso vacío.

En términos generales, los autoritarismos promueven pobreza y exclusión, llegando a generar hambrunas; siempre concentrados en su objetivo de perpetuarse en el poder a cualquier costo.

Naturalmente los costos recaen en los más débiles, quienes son utilizados como “carne de cañón”; sirven de excusa y justificación; son objeto de adoctrinamiento y manipulación y, lo más importante, deben permanecer en la pobreza, lo que facilita el control social. Resulta evidente que la crítica populista y radical está aprovechando las debilidades del proyecto moderno, pero no está tratando de superarlas y transformarlas, por el contrario, su objetivo es mantenerlas y reproducirlas, pues les conviene a sus objetivos políticos.

Desde la perspectiva religiosa, el caso de Irán, con la revolución teológica del islamismo chiita, representa otra expresión de manipulación de las debilidades del proyecto moderno, no para su transformación, sino para facilitar el control del poder. El discurso teológico crítico del ayatolá Jomeini logró implosionar el discurso modernista, también represivo, del sah Reza Pahlevi y su revolución blanca. Frente a la represión autoritaria del sah, que pretendía justificar la modernización de Irán, el islamismo chiita se posiciona como la alternativa de rechazo a la modernidad violenta del sah.

Con el desarrollo de la revolución islámica, hoy nos encontramos en Irán con una visión religiosa que pregonaba desplazar la modernidad deshumanizada, pero finalmente aprovechó las debilidades del proyecto moderno para empoderarse y, al llegar al poder, perpetuándose con un brutal esquema de control y represión social.

Buena parte de las narrativas políticas críticas de la modernidad han representado fundamentalmente manipulación y no transformación; adicionalmente, en la práctica han exacerbado la deshumanización, pues le conviene como práctica política. En este contexto, nos enfrentamos con una dinámica estructural de la modernidad que conlleva consecuencias sociales asimétricas y, por otra parte, oportunistas políticos que aprovechan tales consecuencias sociales para lograr el poder agravando la crisis social.

No podemos dejar de resaltar la dramática situación del pueblo cubano, que en alguna oportunidad soñó con la narrativa socializante y modernista que, en interminables discursos, promovía el comandante Fidel Castro; empero, los resultados son dramáticos: realmente ha avanzado el empobrecimiento, el control social, la migración, la manipulación, el poder hegemónico de la camarilla en el poder y, obviamente, la represión en sus más diversas manifestaciones.

El proyecto revolucionario de Fidel Castro no significó una emancipación de la modernidad deshumanizadora, todo lo contrario, una camarilla mantiene el control de cualquier oportunidad de crecimiento económico, todo se encuentra bajo el control del bloque en el poder, con una importante participación militar. En tan desolador panorama el pueblo ha expresado su rechazo en diversas oportunidades, pero de forma contundente y admirable el 11 de julio del 2021.

Frente al rechazo social, la revolución, que sigue admirando fanáticos e ingenuos, ha reaccionado con una represión brutal y facilitando la migración más grande en la historia de la revolución. En un informe presentado por la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA por sus siglas en inglés) en julio del 2022, se estima que “más de 1500 personas han sido detenidas y privadas de libertad”, a raíz de las protestas del 11 de julio.

Las revoluciones en el fondo son expresiones del proyecto moderno, lo asumen con narrativas diferentes y lo necesitan para lograr el control hegemónico que aspiran y no representan alterativas realmente transformadoras que permitan emancipar al ser humano cosificado en un proyecto mecánico de crecimiento insensible social, ética y ecológicamente. Por el contrario, la democracia y las libertades constituyen el camino que permite innovar en la construcción de equidad y bienestar social, por eso resulta fundamental el apoyo de la sociedad civil a los valores liberales, como la opción cierta para la liberación social.

Nota:

Este artículo ha sido originalmente publicado en TalCual Digital.

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