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Edificio Centro Valores, local 2, Esquina de la Luneta, Caracas, Venezuela.

Lo relevante de lo local

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Por Rafael A. Poleo*

Desde hace varias semanas en la radio, de manera esporádica, ya podemos escuchar gaitas. Este género en particular siempre me ha parecido un grito de amor a lo local, a lo más propio de una región específica. En la estructura de nuestro Estado, el país está subdivido en regiones estatales y estos a su vez en municipios. En los municipios están las parroquias y en cada pequeña división de nuestro territorio un venezolano tiene su terruño. “Yo no soy regionalista, pero a mi Zulia lo quiero…” versa la gaita de Cardenales del Éxito. Sin embargo, la suma de todo esto nos hace volver al centro de la idea del ser venezolano, un concepto que parece abstracto y lejano, pero que estoy seguro encuentra en la suma de muchas voluntades un horizonte común que se construye día a día.

Viendo esto así, se puede suponer que para apropiarnos del ser venezolano primero debemos ser dueños de nuestro pequeño terruño, nuestra calle o urbanización, de nuestro barrio, pueblo o comunidad.

Situaciones que endurecen corazones

Hay dos crisis que nos han llevado a aislarnos de forma progresiva de nuestro entorno social y comunitario, una es la emergencia humanitaria compleja (EHC) que vive Venezuela desde hace ya varios años, y la otra es la crisis derivada de la pandemia de la COVID-19. La EHC la vivimos en la dureza de sobrevivir ante situaciones que no harían comunión con un país que aparentemente está bien, el cual se muestra abiertamente por los medios de comunicación oficialistas. Aun así, muchos recordamos las épocas de escasez, vemos la continua desmejora del sistema de salud y del sistema de educación pública, día a día convivimos con la hiperinflación y la dolarización… Todas estas son realidades que conocemos perfectamente, realidades que nos llevan a sumergirnos en una dinámica de sobrevivencia que silenciosamente nos ha ido alejando del otro, realidades que nos encierran en la mera preocupación de salvarnos a nosotros mismos en el intento de solucionar nuestras necesidades básicas a diario.

A un país golpeado por la EHC y fragmentado políticamente, se le suma la llegada de la crisis ocasionada por la pandemia. La cuarentena y el distanciamiento llegaron a fortalecer el desmembramiento que experimenta el país en general, se ha debilitado la fuerza económica nacional y ha colapsado el sistema público de salud. Y aunque muchos gestos de solidaridad han brotado en este periodo, no es el común de la mayoría. Así pues, las crisis referidas son hoy una realidad palpable y abrumadora en nuestro país que van aislando y endureciendo el corazón de los venezolanos.

El divorcio de lo político y lo ciudadano

A partir de la realidad del pueblo venezolano, vista desde la cotidianidad del venezolano de a pie, podemos entender el divorcio que hay entre la ciudadanía y la política nacional. En muchas encuestas de los últimos años vemos que la población no evalúa positivamente la gestión política, ni la del Gobierno, ni la de la oposición; en el fondo no existe una percepción real que muestre a alguno de los dos bandos trabajando por solucionar los problemas de la sociedad.

Sin embargo, este distanciamiento entre lo social y lo político también está relacionado con el concepto equivocado que tenemos de la política, que en el común la entendemos como la labor del político, ese que aspira a un cargo y –se supone– ha de trabajar como administrador y garante de lo público. En consecuencia, como la labor de los políticos ha sido mala, el ciudadano entiende que la política es mala en sí misma, y esto ha manchado, entre otras cosas, los más recientes procesos electorales del país.

Recordemos que los últimos comicios legislativos registraron un alto nivel de abstención: “más de un 80 % en muchos de los centros de votación”, titularon los medios de comunicación en diciembre de 2020. Y esto parece entenderse en el marco del desencanto que vive el pueblo respecto al sistema electoral.

Pasa que hoy en día no está clara la propuesta de país que ofrecen las partes disputantes o simplemente las propuestas no son acertadas ante las necesidades de la gente. En la presentación de los resultados de la Encovi 2021, el rector de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), el padre Francisco José Virtuoso, s.j. destacaba con preocupación que hasta ahora ninguno de los actores políticos haya utilizado los resultados de la encuesta con el fin de formular políticas públicas que den respuesta a los dramáticos indicadores que sistemáticamente viene arrojando el estudio desde 2014. La pobreza va en aumento, el sistema educativo cada vez abarca menos población en edad escolar, la emigración y la mortalidad acabaron con el bono demográfico con el que contaba Venezuela. Sin embargo, nada de esto aparece como un elemento tangible en las propuestas de los candidatos.

Buenas prácticas comunitarias

Debemos tomar un papel más activo como ciudadanos en favor de nuestro destino propio, pasando primero por entender que somos parte de la vida política nacional, regional y local. En este sentido, la organización comunitaria es primordial en los esfuerzos que realicemos para recuperar espacios. Los problemas más pequeños son nuestro norte en la búsqueda de soluciones y es aquí donde debemos ser voceros de las buenas prácticas comunitarias que hemos visto en los últimos años de nuestra historia.

El proyecto de habilitación urbana de Catuche, en Caracas, se presenta como un ejemplo donde se construyó ciudadanía en torno al mejoramiento de las condiciones de vida y de vivienda de esta comunidad a través del sistema de Consorcios. Se construyeron viviendas dignas, se limpió y habilitó el sistema de aguas servidas en parte de la quebrada Catuche y se llegó a dialogar con los niveles locales de gobierno; todo a través de la organización comunitaria. Otra experiencia que he tenido la oportunidad de ver de cerca es la de “Proyecto Pueblo” en Magdaleno, estado Aragua, donde la comunidad en mesas de trabajo se organiza para prestar apoyo a las necesidades de la localidad y se trata de incentivar la economía local a través de alianzas con organizaciones externas.

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Crédito: Universidad Nacional de Cuyo / Prensa institucional

El gran reto que se nos presenta frente a los procesos de organización comunitaria es “persistir sin desmayar” entendiendo que son proyectos a largo plazo, que van dando frutos pequeños, pero muy enriquecedores, y que dejarán ver grandes resultados al mirar el horizonte compartido. Además, las comunidades no están solas en estos procesos, hay organizaciones de la sociedad civil que día a día se involucran en la gestación de proyectos. También la Iglesia católica se despliega como red de apoyo y las universidades siguen siendo centros de pluralidad donde se está pensando en el país que se construye desde abajo, desde lo local.

Nuestro papel protagónico

Los procesos sociales son de ritmo pausado, sus resultados se van viendo a lo largo del tiempo, por esto el inmediatismo no es el mejor aliado para trabajar en nuestras necesidades comunitarias. Esto no quiere decir que no podamos invertir esfuerzos en programas de asistencia puntual (como comedores comunitarios, entrega de bolsas de comida a los hogares más vulnerables, entre otros), pero esto debe ir de la mano de la formación, de la apuesta por la organización social en todos los niveles y estratos, y en la suma de esfuerzos por promover la reconstrucción del tejido social en Venezuela. Con poner en marcha estos procesos podremos entender como sociedad el valor de nuestro rol político en el desarrollo de nuestro país.

El apropiarnos de lo local, de las situaciones más cotidianas de nuestra realidad, hace que caigamos en cuenta de la importancia que tiene decidir quiénes estarán en los organismos públicos a los que debemos acudir para poder buscar, en conjunto, las mejores soluciones a las problemáticas pequeñas. Alcaldes, concejales, diputados estadales y gobernadores, son el nivel más cercano que como ciudadanos podemos elegir para tratar de garantizar que nuestro trabajo comunitario se realice de forma fluida.

La abstención, como hemos podido constatar, no es una estrategia que haga entrar en razón a los políticos. Por el contrario, la inacción puede ser el peor pecado al que nos ha llevado el hastío que vivimos sobre la práctica política en Venezuela. Dejar de votar da a entender a los políticos que a la ciudadanía no le importa lo que ellos hagan cuando están en el poder y esto no debe ser así.

Estamos a las puertas de las elecciones estatales y municipales que serán el 21 de noviembre, allí podremos decidir quiénes serán nuestros mediadores en los organismos públicos del Estado. Si nos atrevemos a darle importancia a lo local, entenderemos lo importante de participar en estos comicios. Quisiéramos mejores garantías, hasta mejores candidatos. Sin embargo, al participar podemos –con mayor propiedad– exigir eficiencia a los que serán elegidos como servidores públicos. Si como comunidad estamos comprometidos en la solución de los problemas locales, los políticos quedan en la responsabilidad de trabajar en conjunto, pues no se está esperando la dádiva, sino que se está exigiendo desde la acción.

Un llamado también a los políticos es que comprendan su rol como servidores públicos. Deben atender las necesidades de los más desamparados, construir espacios de desarrollo para nuestros jóvenes y tener presente el impacto medioambiental de los planes que vayan a desarrollar. No sean alcaldes que se vuelven la realeza de un municipio o legisladores traficantes de ordenanzas para los intereses de los grandes capitales.

Así pues, es hora de colocar lo local de primero en la lista, que nuestro entorno comunitario sea motivo de trabajo conjunto. Defendamos el valor de nuestras pequeñas tradiciones, de nuestros bosques y ríos; volvamos a ver la riqueza de construir a partir de nuestras diferencias; reconciliemos los polos, que nuestro mejor plan no sea una ideología, sino el fortalecimiento de nuestra idiosincrasia.

La invitación es que pongamos en práctica nuestro rol político, que seamos promotores de una cultura democrática y que miremos con ojos de alfarero al país por reconstruir.


*Sociólogo. Investigador de la Fundación Centro Gumilla. Miembro de la segunda cohorte del voluntariado profesional de la Compañía de Jesús en Venezuela “Proyecto Javier”.

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