Por Mibelis Acevedo Donís

 

Caminando al paso de una “nueva normalidad” marcada por la persistente incertidumbre geopolítica y las repercusiones de la guerra, el crecimiento global registrado a fines del año pasado, según datos del Fondo Monetario Internacional (FMI), alcanzó un 3 %, algo mayor que el 2,7 % proyectado por el organismo. En el caso de EE. UU., ese crecimiento fue de 2,1 %; 5 % en el de China, y 1,5 % en el del resto de economías desarrolladas (con matices para una eurozona afectada por el deterioro de la economía alemana, 0,7 % frente al 1,1 % previsto en octubre de 2022). 

En cuanto al crecimiento económico de América Latina y el Caribe, el Banco Mundial informó que, a pesar de las bajas expectativas iniciales, hubo cierre al alza en diciembre de 2023, con una expansión estimada superior al 2 %. Mientras el FMI prevé que ese crecimiento no mostrará variaciones significativas en 2024, el rango de proyecciones para la región varía desde el 1,5 % anunciado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el 2,3 % del FMI, a la leve mejoría proyectada por el Banco Mundial. Así, 2024 no solo anuncia una etapa signada por la desigual, modesta recuperación económica de 2023 y una leve desaceleración de esa tendencia en lo adelante, sino por la inusual concurrencia de procesos electorales en múltiples partes del planeta, lugares que hoy aglutinan a la mitad de la población mundial. Por primera vez, cerca de 100 países –40 de los cuales concentran el equivalente al 60 % del PIB global– celebrarán comicios de algún tipo, y 50 de estos serán presidenciales. 

Correr el doble

Lo seguro es que, en año electoral, los gobiernos que buscan la reelección apelen a la consabida expansión del gasto público. Pero la pelea ya no es tan previsible: el desencanto respecto a partidos tradicionales y el voto-bronca salpican los resultados de los últimos tiempos a favor de opositores y figuras antisistema. El escenario en cuestión también contempla la alarmante posibilidad de que Trump compita y resulte ganador en las presidenciales de noviembre en EE. UU. 

A tales hitos se suman las elecciones para escoger nuevo jefe de Estado en seis países de Latinoamérica. Amén de Venezuela, también lo hará El Salvador (donde Bukele ha solicitado aval legal para competir, aunque la Constitución prohíbe la reelección inmediata); Panamá, República Dominicana, México (con dos mujeres, por primera vez en la historia, al frente de la contienda) y Uruguay. Una nueva oportunidad, en fin, para activar la máquina de aprender, para intensificar el debate en torno al papel del Estado moderno, la pertinencia y aggiornamento de sus instituciones, a sabiendas de que estos procesos y sus actores modelarán la realidad política de los próximos años. Ante un contexto complejo, dicen Acemoğlu y Robinson, cabe recordar el consejo que la Reina Roja le da Alicia: correr el doble para llegar a alguna parte. ¿Habrá transformación sobre la marcha, reducción o eliminación del Estado de bienestar, como se anunció en Argentina? ¿Refundación a la medida de demagogos de turno y sus narrativas ideologizantes, o adaptación a los retos no lineales que propone la democracia liberal; el equilibrio entre gobernabilidad y eficiencia, la saludable dispersión del poder? ¿Expansión del Leviatán despótico, inusitada intensificación de la jaula de normas, o mantenimiento de la tensión agonista que se establece con Prometeo, la saludable competencia entre Estado y sociedad?

En sintonía con las reflexiones de Acemoğlu y Robinson en El pasillo estrecho, Francis Fukuyama advertía en El liberalismo y sus desencantados (2022) que:

La cuestión urgente para los Estados liberales no tiene que ver con el tamaño o el alcance del gobierno por el que la izquierda y la derecha llevan años combatiendo. La cuestión es la calidad de dicho gobierno. No hay forma de eludir la necesidad de un Estado capaz, es decir, de un gobierno que disponga de recursos humanos y materiales suficientes para prestar los servicios necesarios a su población

¿Cómo llegar a ser Dinamarca?

La alternativa a ese Estado moderno, impersonal, garante del orden y la seguridad, no existe, sostiene el politólogo. Muy conscientes no solo del deterioro que persigue a todas las sociedades sino de su necesidad de auto-repararse, la reflexión lleva naturalmente a considerar el qué hacer, de qué modo proceder en la práctica para, si no alcanzarlo, al menos irse encaminando hacia el ideal, esa polis democrática, próspera, segura, bien gobernada. Fukuyama resume simbólicamente esas inquietudes cuando, en 2014, (Orden político y decadencia política) se preguntaba “¿cómo llegar a ser Dinamarca?”. 

Entre otras claves, nos dice, hay que examinar la evolución de las instituciones a la luz de las revoluciones económicas y políticas. De los rasgos no siempre apreciados de la sociabilidad humana y el altruismo, la philía griega, en el origen de las civilizaciones (lo opuesto a la impronta de la guerra hobbesiana). De la consciencia de las cíclicas fallas de la democracia, sistema que cobra impulso apenas en el siglo XX y que aún dista de ser considerado una fórmula universal. De la presencia o repliegue de la clase media, y la atención a un sistema educativo que favorezca la movilidad social. De la herencia del Estado absolutista, cuando este ha precedido o no a la instauración de democracias, a su vez adelgazadas por la caza de rentas, el secuestro partidista, el excesivo protagonismo de grupos de interés, el clientelismo. 

Pero, incluso en Latinoamérica, contrastando con la tentación del caos que avanza entre democracias jóvenes, presas del falso dilema entre anarquía y tiranía, haciendo piruetas entre el populismo y la tecnocracia; desestabilizadas por “hombres fuertes” que ofrecen salvar al pueblo de élites corruptas y arrancar de cuajo lo conocido, –eso por no mencionar a Leviatanes autoritarios como el instaurado en Venezuela– encontramos modelos de sociedades que logran paz social, progresividad en derechos y desarrollo económico inclusivo. Libertad, en fin, con poco ruido y abundantes nueces. Hasta hace muy poco el Chile de la Concertación marcó pauta en cuanto a la optimización del Estado de bienestar, como también lo han hecho Costa Rica o Uruguay. (A comienzos del siglo XX, este último ya era menos desigual que Chile, y su PIB per cápita era similar al de Bélgica o Dinamarca. Conviviendo con mecanismos de consulta ciudadana que, a diferencia de otros países, no pueden ser promovidos por el Ejecutivo, y una vez restaurada la democracia en 1985, “el liderazgo político, como siempre, es el que sostiene el timón”, subraya el profesor Adolfo Garcé.). Países cuyos indicadores describen sistemas de partidos estables, con elecciones limpias, libertad de expresión, frenos al poder; y que, a pesar de estar lidiando con algunas importantes contramarchas, figuran en mediciones como las del Instituto V-Dem (IDL-2023) con la envidiable etiqueta de “democracias liberales”. 

Hacia allá apunta la brújula de nuestra “Dinamarca”. La libertad que garantiza el Leviatán encadenado, un Estado robusto y cuyo poder puede ser al mismo tiempo cuestionado y fiscalizado por gobernados que entienden que la autonomía humana no es ilimitada, que la cooperación y la flexibilidad son vitales. Los ecos de lo que, paradójicamente, el uruguayo Pablo Vierci llamó “una sociedad contra intuitiva”, la surgida “en el peor lugar imaginable”, la de los sobrevivientes de la tragedia de los Andes, también dan idea del desafío. El aprendizaje para la coexistencia, la cultura política, importan. Una sociedad movida “por la compasión y la misericordia” en lugar de la jauría humana, contradiciendo “todas las ficciones apocalípticas, las distopías”, avisaría que la involución podría ser tan inevitable como la serena posibilidad del progreso.