La vida como tragedia; la tragedia como vida.
Una contradicción que define nuestra existencia.
Asumir con valentía esa contradicción, junto al ejercicio espiritual, parece ser la única manera medianamente posible de tolerar y aliviar el alma en este camino que llamamos vida. Nos acompañarán siempre las tristezas y las alegrías; de ellas nacerán satisfacciones y tragedias como frutos inevitables.
Ante esta certeza surge la forzada pregunta: ¿qué sentido tiene la vida?
Una respuesta que nadie posee y que cada quien deberá descubrir dentro de un contexto donde lo que controlamos es poco y donde una voluntad superior, llámese destino, providencia o simple azar, parece tener la última palabra.
Aquí es donde debemos ser valientes e inteligentes: aceptar, con verdadero amor incondicional, lo inevitable. ¿Cómo no ha de ser pesada la vida si nacemos ya condenados a morir?
Shakespeare lo formuló con crudeza eterna:
“Ser o no ser, esa es la cuestión.
¿Cuál es más digna acción del ánimo: sufrir los golpes de la fortuna injusta
o alzarse en armas contra un mar de calamidades y darles fin?”
¿Qué hacer ante ese dilema?
¿Resistir? ¿Luchar? ¿Aceptar?
Cada alma tendrá que descubrirlo en las circunstancias que le toque vivir, pues ni siquiera elegimos el marco que rodea nuestras vidas.
Por eso la humanidad está en deuda con la niñez. Nos preocupamos, con razón, por múltiples reivindicaciones: los derechos de la mujer, de los trabajadores, de la naturaleza, de los animales. Todas son causas válidas. Pero olvidamos que cada generación dependerá de los niños de la siguiente. La verdadera esperanza son los niños. Todo esfuerzo humano debería orientarse a preservarlos. El abuso de un niño por parte de un adulto es una de las mayores tragedias posibles.
Simone Weil comprendió la dimensión espiritual del dolor:
“Desde el dolor surge, pues, un pensamiento vengativo. Se llama resentimiento.”
Lo fascinante es que, en Simone Weil, desde el dolor surge un sentimiento compasivo, no autocompasivo, sino comprometido con la asunción de la desgracia como situación común y transitoria de todo lo creado.
También Shakespeare, en la sensibilidad que asociamos a Hamlet, nos recuerda que:
“El dolor no es un lugar por el que se pasa. Es un lugar en el que se vive.”
Aliviar el alma es lo que nos queda.
Y el alma es lo opuesto a lo material.
Alimentarla solo es posible desde lo espiritual, tarea difícil en un mundo cada día más material, donde las elecciones son manipuladas psicológicamente bajo el engaño de vendernos una felicidad que no existe.
Volviendo a Weil:
“La vida que siempre me ha parecido más bella es aquella en la que todo está determinado, bien por la presión de las circunstancias, bien por impulsos, y en la que jamás hay lugar para ninguna elección.”
En la misma línea, Séneca, desde el estoicismo, afirmó:
“Es de gran mérito permanecer pobre entre las riquezas, no corromperse entre ellas; la calidad del hombre no radica en lo que tiene sino en su manera de ser, en su forma de vivir, en su conformidad.”
Y finalmente, Byung-Chul Han nos interpela desde la modernidad:
“La verdadera vida comienza en el momento en que termina la preocupación por la supervivencia, la urgencia de la pura vida. El fin último de los esfuerzos humanos es la inactividad.”
Quizás entonces la vida sea esta tensión constante entre tragedia y sentido, entre resistencia y aceptación, entre voluntad y límite.
Al final, será cada quien, desde su libertad entre comillas, quien decida cómo encontrarse a sí mismo en este camino llamado vida, que al mismo tiempo es muerte. En definitiva, la vida es una tensión permanente entre determinación y libertad, entre límite y voluntad. No somos dueños absolutos de nuestro destino, pero tampoco estamos completamente privados de él. La cuestión no es eliminar la cruz que cada uno carga, sino decidir cómo cargarla.
La vida como tragedia no niega la posibilidad de la dignidad. La tragedia, asumida con lucidez y disciplina espiritual, puede convertirse en el lugar donde el ser humano se encuentra consigo mismo.
Cada alma elegirá cómo llevar su cruz.



