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La Santísima Trinidad y Venezuela

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Pedro Trigo s.j

La propuesta es que tener en nuestro horizonte la comprensión correcta de la Trinidad, tal como se reveló en la vida de Jesús, es clave para vivir nuestra situación humanizadoramente.

El punto de partida es que para nosotros, los cristianos, no es que existan el Padre, el Hijo y el Espíritu y se relacionen. Eso es una herejía: por más unidos que estén, serían tres dioses. Lo que existe es la relación. Lo que más densidad tiene en Dios es la relación. Dios es relación. Y la misma relación es la que diferencia (Padre, Hijo y Espíritu) y une (un solo Dios verdadero). Las personas en Dios son “relaciones subsistentes” (Santo Tomás).

Lo mismo somos nosotros. Somos impensables sin las relaciones que nos han traído al mundo y nos han puesto a la altura del tiempo. Estamos ligados; sólo somos pensables en la estructura dinámica de la realidad.

Pero no podemos hacernos cargo de esto si no cambiamos de chip, ya que para el Occidente, desde Aristóteles, lo que más realidad tiene es la sustancia, el individuo; la relación es un mero accidente. Y en la dirección dominante de esta figura histórica sólo existen individuos que se relacionan con los que quieran, para lo que quieran y mientras quieran. Esto no es verdad. Es mera ideología. Pero se nos impulsa a vivir así.

Los cristianos sostenemos que los seres humanos somos individuos, seres únicos. Somos también sujetos, seres responsables de nuestros actos. Pero somos, sobre todo, personas, ya que existimos por la relación de amor constante de Dios, y el amor es el único poder que puede poner fuera de sí a seres distintos de sí y mantenerlos ante sí, libres de sí. También somos personas porque provenimos del amor de nuestros padres y de tantos otros. Pero sólo llegamos a ser plenamente personas cuando respondemos a ese múltiple amor con nuestro amor, a esa entrega con nuestra entrega.

El que busca ser en sí, habitarse completamente, y salir fuera de sí para poner para sí lo que logre poseer y en eso pone todas sus energías, será un individuo y un sujeto, pero no una persona. Lo seguirá siendo por los que se relacionan con él buscando su bien sin enfeudarle a ellos; pero no, en lo que depende de él.

En nuestro caso venezolano, el individualista que pesca en el río revuelto de la anomia y vive aprovechándose de la impunidad reinante, no es persona. El que so capa de revolución busca su interés y roba o busca su ego y se impone, no es persona. El político de la oposición que se opone al gobierno para sustituirlo y disponer de poder para su ego y su interés y para favorecer a los suyos, no es persona. El que ayuda a la oposición para tener privilegios en lo que vendrá, no es persona. El que gobierna, no como mero mandatario de los ciudadanos, responsable ante ellos, sino desde él o su cenáculo, no es persona, aunque lo haga con la mejor intención. El militar que roba no es persona; menos aún, el policía o el fiscal o el juez que extorsionan. El que hiere o mata es el menos persona de todos. El que echa fuera de su corazón a los del gobierno o, paralelamente, a la oposición, no es persona. El que se desentiende de todo y se refugia en su pequeño mundo de vida, no es persona.

Bueno, todos ellos siguen siendo personas porque Dios no los echa de su corazón sino que busca con toda paciencia y determinación su rehabilitación y porque también otros muchos tienen hacia ellos la misma actitud de Papadios. Pero no son personas por lo que respecta a ellos. Si la persona es tal por la relación, es persona porque para Dios y probablemente para otros sigue siendo hijo y hermano, aunque sea hermano enemigo. No lo es porque él no actúa como hijo ni como hermano. En el mismo corazón de Dios estamos todos como hijos; en el mismo corazón de Jesús estamos todos como hermanos. Si no admito en mi corazón a los otros hijos de Dios, a los otros hermanos de Jesús, yo me autoexcluyo. En ese sentido, no soy persona.

Como vemos, es muchísimo lo que está en juego. Es insensato que sacrifiquemos lo más por lo menos. Siempre tenemos esperanza de rehabilitación porque Dios nunca dejará de amarnos. Pero cuanto más cerremos nuestro corazón a otros, más difícil que nos abramos por fin a su relación.

 

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