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Edificio Centro Valores, local 2, Esquina de la Luneta, Caracas, Venezuela.

La participación ciudadana como apuesta al bien común 

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María de Fátima Vieira* y Alfredo Infante, s.j.**

La ciudadanía se ejerce actuando, participando, proponiendo, con paciencia, pero con constancia, con corazón libre de odios y exclusiones. La compleja situación que vive Venezuela hoy, amerita que nos involucremos con mayor determinación en la búsqueda y realización del bien común, lo cual pasa –necesariamente– por un acto de trascendencia personal y comunitaria que nos situé en un horizonte compartido

Por bien común, es preciso entender

 “el conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permiten a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección” 

El bien común afecta a la vida de todos. (Catecismo de la Iglesia católica –CIC– 1906)1

La grave situación actual que vive Venezuela a nivel político, social y económico, amerita que nos involucremos con mayor determinación en la búsqueda y realización del bien común. Si bien esperaríamos que fueran las autoridades competentes las que realizaran este servicio, que les corresponde (Cfr. CIC, 1901), eso no nos exime de brindar nuestro aporte como ciudadanos, el cual es más urgente ante la ineficacia del sistema de gobierno actual. La Iglesia católica en su doctrina social ha resaltado la ineludible tarea de participación ciudadana y así lo refleja el CIC: “[…] Es necesario que todos participen, cada uno según el lugar que ocupa y el papel que desempeña, en promover el bien común. Este deber es inherente a la dignidad de la persona humana.” (CIC 1913).

Una mirada desde nuestra fe

Contribuir al bien común es cooperar con la obra creadora de Dios en el mundo, ese es el objetivo de la vida cristiana: restaurar la dignidad del ser humano –hijo de Dios, no un objeto o mercancía–, el respeto a la creación entera y el cuidado de nuestra casa común. Es una invitación continua a desarrollar las virtudes, talentos y dones recibidos del Creador, colocarlos en común, al servicio de los demás, y propiciar que la humanidad –la creación entera– camine hacia la plenitud.

El modo de hacerlo es al estilo de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios quien, en medio del complejo y problemático contexto histórico, social, político, religioso y económico, plagado de luchas de poder que le correspondió vivir, se la pasó haciendo el bien.  La vocación al servicio que hemos heredado “[…] quien entre ustedes quiera llegar a ser grande, que se haga servidor de los demás” (Mt.26, 26), nos hace estar atentos a las necesidades de los demás y dar lo que esté a nuestro alcance como lo hacía Jesús por donde andaba. A través del servicio a los demás el ser humano se “plenifica”; por el contrario, cuando busca su propio interés y se incrusta en sí mismo, el egoísmo genera división y destrucción.

La vocación de servicio incluye ese espinoso camino de perfección que a semejanza del Padre nos invita a amar a malos y buenos (Cfr. Mt.5, 43-48). En este sentido, el bien común es también un trabajo que empieza en el corazón, con la capacidad de amar, entregarse, compadecerse de sí mismo y de los demás, abrir los ojos de la misericordia para mirar la realidad de nuestro pueblo. “La participación de todos en la promoción del bien común implica, como todo deber ético, una conversión, renovada sin cesar, de los miembros de la sociedad.” (CIC 1916). Tenemos que hacernos la pregunta ¿En qué le estoy estorbando a Dios? Los niños y jóvenes venezolanos merecen que nos tomemos en serio la tarea de desandar los pasos que han llevado este maravilloso país a la destrucción, división, discordia, desnacionalización, miseria impregnada de desesperanza; lo merecen también nuestros adultos mayores condenados a muerte lenta por la pobreza, la desnutrición, la ausencia de la familia, la tristeza…

Necesitamos disponernos para reevaluar las diferencias que dividen y debilitan, sanar las heridas, propiciar el diálogo, el perdón y la búsqueda de consensos que articulan el trabajo conjunto. El pueblo venezolano, cada uno de nosotros, con la fe puesta en Dios, está llamado a dar lo mejor de sí para contribuir al bien de todos.

Alimentación
Crédito: Huellas Venezuela

En nuestro trabajo por continuar la obra creadora de Dios, podemos pensar que lo que hagamos no será suficiente para remediar todos los males que nos afectan, sin embargo, en sus enseñanzas Jesús presenta múltiples situaciones en las cuales lo pequeño, lo que no se ve, genera cambios valiosos de acuerdo a los criterios del Reino de Dios. Por ello hacer el bien que está a nuestro alcance en la cotidianidad, en el entorno familiar y laboral, es una oportunidad para, guiados por el Espíritu Santo, gestar el bien común en nuestra sociedad, como las semillas pequeñas (Cfr. Mt. 13,31). Contribuir heroicamente con el bien común a nuestro alcance hoy, en Venezuela, es ayudar a las generaciones más pequeñas a crecer con alimentación, educación, salud y protección; brindar oportunidades de formación consistente a los jóvenes; acompañamiento y atención a los ancianos.

En esta tarea no estamos solos, Dios Trinidad nos acompaña, por ello orar es una acción propia del trabajo por el bien común. ¡Cuántas veces Jesús se apartaba para orar! Necesitaba dialogar, encontrarse con el Padre y el Espíritu Santo para dar vida… Orar es un acto que busca el bien común, ayuda a comprender la realidad y nos permite actuar movidos por el Espíritu Santo ¡Cuántas personas vulnerables reciben la atención que necesitan a través de proyectos de ayuda social y acciones pastorales que surgieron fruto de la oración! Pasar tiempo con Jesús presente en la vida, en el necesitado, en su Palabra y en la Eucaristía, nos ayudará a conocer su modo de actuar y recobrar lucidez, pero también a abrir nuestro corazón a su Gracia para contribuir al bien común que conduce a la plenitud de la vida.

Que las circunstancias no nos detengan. También cuando nació Jesús eran tiempos difíciles y, sin embargo, no alejaron la presencia de Dios, al contrario, su plenitud se hizo presente en su Hijo, por la acción del Espíritu Santo en la Virgen María (Cfr. Gálatas 4,4).

Una apuesta que trasciende

Al hablar de bien común en Venezuela, la gran pregunta que debemos plantearnos es qué hacer para que nuestro país sea viable. No podemos dar por hecho que los países son eternos. Cuando observamos la historia de la cartografía universal, caemos en cuenta que los mismos aparecen y desaparecen, que no están dados per se, sino que son, entre otras cosas, en el mejor de los escenarios, el resultado de una decisión política compartida, es decir, la cristalización de un pacto social entre sus ciudadanos.

Hoy, cuando revisamos los componentes básicos de un país: territorio, población y gobierno, constatamos que cada uno de estos factores está en “estado de coma” en Venezuela, necesitado de una “terapia intensiva”, y el oxígeno que se requiere es la voluntad sociopolítica de los ciudadanos. Por tanto, apostar por el bien común es salir de nuestros intereses particulares con el propósito compartido de revertir el daño infligido desde el poder y, al mismo tiempo, reconstruirnos como sociedad y comunidad política.

Si analizamos brevemente cada uno de estos elementos clave, caemos en cuenta que caminamos al filo del barranco. En primer lugar, el territorio está fragmentado a causa de la violencia armada ejercida por la delincuencia organizada que se reparte zonas de interés económico,  al parecer en connivencia con  grupos dominantes a nivel local, regional y nacional, hecho equivalente a una ocupación-expropiación que ha convertido la relación población-territorio en una experiencia análoga al secuestro y al destierro; también, en los últimos años, la movilidad humana dentro del territorio nacional se ha visto restringida por la inseguridad, el deterioro de la infraestructura vial, el colapso del transporte y la crisis de combustible entre otras variables; encima, esta misma geografía está herida por una serie de conflictos socio ambientales –33 registrados, según el Atlas de Justicia Ambiental2, que monitorea el Observatorio de Ecología Política en Venezuela–  resultado de un modelo económico extractivista, depredador, que nutre a la llamada “economía oscura” y afianza a las élites en el poder.

Por su parte, la población –según datos del más reciente estudio de la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi)–, se ha empobrecido aceleradamente y la mayoría se encuentra sobreviviendo en una emergencia humanitaria compleja, con difícil acceso al derecho a la educación, salud, alimentación, seguridad ciudadana, trabajo, recreación, entre otros; con una emigración sin precedentes en la historia del país que raya –según cifras de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur)– en alrededor de 6 millones de personas, lo cual ha llevado a perder el bono demográfico y, encima, desde el punto de vista psicosocial, se han profundizado los duelos, las heridas y los resentimientos, impactando todo esto gravemente en el deterioro de la confianza, fundamento de una sana convivencia social.

Por último, el sistema de gobierno, pacto social expresado en la Constitución de 1999 (CRBV), ha sido violado sistemáticamente, erosionando la institucionalidad democrática y los derechos fundamentales de la población.  Hoy, el derecho a vivir en democracia ha sido restringido por un régimen autocrático, a quien recientemente la Corte Penal Internacional (CPI) ha abierto un proceso de investigación por supuestos crímenes de lesa humanidad.

Desde la perspectiva social, en este escenario, el desafío de apostar por el bien común se podría plantear así: ¿Cómo pasar de población desarticulada a sociedad civil organizada con clara conciencia ciudadana, abocada a restablecer la justicia y el Estado de derecho para garantizar la protección de la dignidad humana, la convivencia plural y pacífica, y la solidaridad y corresponsabilidad entre las diversas clases sociales? Este es un camino de largo aliento, pero ya hay procesos en ciernes en esta dirección que buscan fortalecer el tejido social y la cultura democrática con el fin de revertir el daño antropológico causado por el ejercicio arbitrario del poder.

También, ante la violación sistemática a los derechos humanos por parte del actual Gobierno, han surgido redes de solidaridad y protección que buscan la verdad, justicia y reparación para garantizar la no repetición y reestablecer el Estado de derecho.

Por su parte, la Iglesia, desde sus organizaciones comunitarias y sociales, viene uniendo esfuerzos para fortalecer redes de solidaridad abocadas a darle consistencia al tejido social, reducir tanto daño infligido por el poder de facto, y producir alternativas superadoras que puedan servir como modelos de políticas públicas cuando se requiera y haya voluntad. De igual modo, ante tanto corazón herido, han surgido múltiples iniciativas que buscan activar procesos de sanación y reconciliación, tanto personales como comunitarios, para superar los resentimientos y la venganza que tanto daño hacen cuando se convierten en política de Estado.

Repensar el bien común en Venezuela pasa por un acto de trascendencia personal, comunitaria y social que nos situé en un horizonte compartido, acordado y pactado, donde la solidaridad y la concordia sean dos señales claves que expresen genuinamente la voluntad social de ser ciudadanos.


*Superiora General de la Orden “Siervas del Santísimo Sacramento”. Miembro del Consejo Editorial de la revista SIC.

**Sacerdote jesuita. Párroco de “San Alberto Hurtado”, en La Vega, parte alta. Coordinador del área de DD.HH. del Centro Gumilla y miembro del Consejo Editorial de la revista SIC.

Notas:

  1. CIC: Catecismo de la Iglesia Católica.

Ver mapa interactivo en: ejatlas.org

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