Ángel Oropeza

Una de las asociaciones más comunes y conocidas en la larga historia de la política es la relación proporcional entre ilegitimidad y represión. Quien tiene pueblo y legitimidad, dos de los elementos esenciales para la viabilidad y desempeño de cualquier modelo democrático de organización social, no necesita perseguir ni reprimir a los suyos. La combinación de pueblo y legitimidad le otorga al gobernante la auctoritas política para conseguir la obediencia social. Cuando hay carencia o déficit de ambos, la única opción para obtener acatamiento es el uso de la fuerza y el miedo. 

Toda represión implica una acción intencional de la clase dominante para ejercer y preservar su poder, bien sea a través del uso de la violencia y el castigo contra quienes disientan, la negación de las libertades políticas o la degradación de los derechos civiles y sociales de la población. Desde esta perspectiva multiforme, las últimas semanas hemos sido testigos en nuestro país del recrudecimiento sostenido del uso de la represión como recurso de dominación social. 

Una rápida fotografía a la Venezuela de estos días nos muestra un país en estado generalizado de represión: represión sindical (amenazas al derecho a la libertad sindical, restricciones para el ejercicio del derecho a la huelga, detenciones y procesos penales contra dirigentes sindicales por su actividad en defensa de los derechos laborales), represión mediática (limitaciones al acceso a la información, presión sobre comunicadores sociales, censura y cierre de espacios, monopolización progresiva de los servicios radioeléctricos), represión universitaria (intentos de eliminación de la autonomía universitaria, proletarización y depauperación del profesorado, ahorcamiento financiero a las instituciones académicas), represión sanitaria (abandono de los hospitales, depauperación del personal de salud), represión económica (congelamiento del salario mínimo desde el año 2022, el cual –además– es el más bajo de toda América Latina) y represión política, por citar solo algunas de las más evidentes expresiones coercitivas de la administración madurista.

Con respecto a la última de las modalidades de represión mencionadas –la política– en los últimos días el país ha sido testigo de desapariciones y detenciones arbitrarias de dirigentes políticos por parte de las fuerzas represivas del Gobierno, así como el incremento de amenazas y persecución contra líderes sociales y políticos y sus organizaciones. 

Esta represión continuada y sistemática, a la que Fernando Mires llamó en una oportunidad la etapa del “gangsterismo político”, última fase de los modelos de dominación fascistas, fue la misma que llevó al Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas a levantar su voz contra lo que ha denunciado como una “política de Estado” en Venezuela. Y es la misma que ha llevado en reiteradas ocasiones a nuestros obispos, a través no solo de pronunciamientos individuales en sus respectivas diócesis, sino por medio de numerosos documentos y resoluciones de la Conferencia Episcopal Venezolana, a denunciar la violación de los derechos humanos y a exigir el cese a la represión sistemática en nuestro país.

Pero más allá de su carácter cruel, la represión en el fondo es un síntoma muy elocuente y descriptivo de la fragilidad de quien la practica, porque el sueño de los gobiernos autoritarios es que la gente se rinda, que, psicológicamente se entregue y no haga falta entonces reprimir. En este sentido, tener que reprimir es una confesión, un reconocimiento de que no se ha podido quebrar a la gente ni mucho menos conquistarla ideológicamente.

La represión es realmente un síntoma de debilidad. Cuando se agota la seducción se recurre a la represión. Una cosa es que tú sepas enamorar a tu pareja a punta de inteligente seducción y otra que la obligues a golpes y amenazas a estar contigo. El buen padre no necesita amenazar y golpear a sus hijos para que le hagan caso. Si recurre a esto es que es muy débil en lo demás y muy escuálido en confianza, credibilidad, autoridad y respeto.

Por ello, detrás del discurso altisonante y amenazador de los represores, de los lentes oscuros de los aparatos de terror y de la exhibición impúdica de sus armamentos de poder, se esconde la cara oculta de la debilidad y el miedo. Ningún gobernante legítimo y con apoyo popular recurre a la represión. Con su autoridad basta. Solo los jerarcas débiles necesitan reprimir, porque más allá de su capacidad de opresión únicamente se asoma una estremecedora fragilidad. Por eso mismo ven conspiraciones, atentados y desestabilización donde los gobernantes serios solo ven los necesarios disensos de toda sociedad plural.

Una de las formas más inteligentes e históricamente más eficaces de enfrentar la represión es desnudando su fragilidad subyacente. Como quien silba en la noche para tratar de compensar el miedo a la oscuridad, los represores gritan y amenazan mientras más miedo tienen. Miedo a que un poder con grietas de legitimidad y de pueblo se haga progresivamente más insostenible.

Fuente:

Boletín Signos de los Tiempos del Centro Arquidiocesano Monseñor Arias Blanco. Edición N° 214 (26 de enero al 1 de febrero de 2024)