Por Jean Meléndez*

Hablar de Ignacio de Loyola no supone –de entrada– referirnos al hombre santo, ampliamente conocido hoy. En él podemos identificar tres dimensiones esenciales: el militar y noble cortesano, el hombre herido y el proceso de conversión que lo condujo a la santidad. Desde esta óptica, la vida de Ignacio se nos presenta como una especie de compendio, perfectamente comparable con la dinámica social de nuestro país; marcado por militancias, heridas y un inefable fervor religioso. Sin duda, esta “mirada ignaciana de Venezuela” responde también a los más de 100 años de la Compañía Jesús sembrando esperanza en Venezuela.

En ese sentido, contemplar a Ignacio el militar y cortesano, como un “hombre dado a las vanidades”, invita a identificar también las vanidades de una sociedad venezolana que –en pleno siglo XXI– se niega a abrazar la vulnerabilidad del otro, sobre todo, del menos favorecido económicamente.

Recientemente, se ha divulgado ampliamente en el argot popular una afirmación carente de fundamentos lógicos: “Venezuela se está arreglando”, expresión motivada por la cantidad de marcas importadas que, de dudosa procedencia, llegaron y siguen inflando los principales centros comerciales del país. Desde mi punto de vista, afirmar una mejoría solo por el alto nivel de consumo nos convierte, lamentablemente, en una sociedad dada más a las vanidades que a su gente.

La realidad de la “Venezuela mejor”, discriminatoria y excluyente de los sectores más pobres, puede verse en una publicación del New York Times para su versión de LATAM1, cuando Anatoly Kurmanaev e Isayen Herrera escribían sobre las grandes fiestas de la alta clase caraqueña. En medio de esta realidad tan elitesca, “en las zonas más pobres, ubicadas en las afueras de la ciudad, los residentes continúan luchando contra la escasez de agua y la desnutrición. Y más allá, en la zona rural, Venezuela colapsa y los venezolanos no tienen acceso a los servicios más básicos, como la electricidad y la presencia de los cuerpos policiales”

De esta manera, la Venezuela militar y cortesana que se entrega a la vanidad e ignora la necesidad del otro, atraviesa también la experiencia de Ignacio. Un hombre y una Venezuela que buscan en la tesis del resucitado la primicia de vencer la muerte y forjar una nueva vida. Venezuela no necesita estar mejor, necesita resucitar, vencer la muerte a la que su economía, sus instituciones y su tejido social se han visto sometidas en manos de quienes pretenden hacernos creer que “Venezuela se está arreglando”, por el simple hecho de tener mercancía de calidad y precios impagables.

La segunda dimensión corresponde al hombre herido. Tal vez la semejanza más acorde con la realidad venezolana. Para Ignacio, una bala de cañón en la pierna es el símbolo de su gran herida; asimismo, me atrevería a decir que la gran herida de nuestro país es el éxodo indiscreto sufrido por nuestros hermanos venezolanos que lo dejan todo en busca de una mejor calidad de vida.

En su Autobiografía2, Ignacio deja ver lo siguiente: “a mí que estaba herido me trataron muy bien, cortés y amigablemente”. No obstante, ese Ignacio herido parece haber tenido mejor suerte que nuestra Venezuela herida. Pocos casos se registran sobre “un trato cortés y amigable” para los venezolanos en el extranjero. Por el contrario, noticias cada vez más inhumanas abundan.

Según una encuesta realizada por ACNUR, un 56.72 % de venezolanos refugiados en otros países de América Latina se han sentido discriminados. El aumento de refugiados, desplazados y migrantes es la gran herida de la historia de Venezuela, la cual se agudiza tanto en las fronteras como en las “tierras de acogida”. Y, sin embargo, el testimonio de Ignacio nos recuerda que de las heridas nacen grandes proezas. Nos toca, pues, seguir creyendo en medio de esta herida llamada “migración forzada”.

Por último, la conversión de Ignacio de Loyola es la historia del proceso de un hombre que sana, una recuperación iniciada en la profundidad de los libros sobre la vida de Jesucristo y otros santos de la época que le acompañaron. Y, aunque no fue una lectura elegida por placer para pasar la convalecencia, Ignacio, en medio de su agonía, no tenía otra opción que leer sobre Dios y los santos. Esta lectura “obligada” despierta el fervor religioso del ahora santo Ignacio de Loyola; principal factor desencadenante de una tradición espiritual y un cuerpo de hombres dispuestos –desde hace 500 años– para la misión de la Iglesia universal.

En ese sentido, Venezuela es un país que necesita conversión; más que un acto de contrición, se trata de una renovación interior que permite “ver nuevas todas las cosas en Cristo”.

No se trata de catequizar el país, sino más bien de reconstruir el tejido social con los valores cristianos de la justicia, la paz, la fraternidad y la dignidad humana. La conversión de Venezuela debe tener como fruto una sociedad dispuesta a promover la justicia y la defensa de la fe.


*Aspirante a optar por el título de Comunicación Social, mención: Desarrollo Social, de la Universidad Católica “Cecilio Acosta”. Pasante en el área de Redacción de la Revista SIC.

Fuentes:

  1. Herrera, I. y Kurmanaev, A.: La capital de Venezuela está viviendo un auge. ¿Ya se acabó la revolución? New York Times. (5 de febrero de 2020)
  2. Loyola, I. (1991). Autobiografía. Ediciones S.A. Caracas, Venezuela.