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La distorsión del poder

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Por Ángel Oropeza

“El poder sin la confianza de una nación no es nada”

Catalina la Grande, emperatriz de Rusia

En un artículo publicado en el diario Clarín de Buenos Aires, el 25 de julio de 2001, titulado ¿Cómo se mide el Dolor país?, la psicóloga argentina Silvia Bleichmar escribía:

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo evaluó en algún momento ‘índices de sufrimiento humano’, construidos a partir de diferentes variables: inseguridad, expectativa de vida, tasa de suicidios, mortalidad infantil… Estos datos objetivos no dan cuenta, sin embargo, de los múltiples dolores cotidianos, del desgarramiento interior de quienes los padecen: habría que sumergirse hasta el fondo de los seres humanos, tolerar el horror que números y planillas no reflejan, para encontrar allí las imágenes de la devastación sorda a la cual han sido sometidos.

Esto último, sumergirse hasta el fondo de los seres humanos, es lo que encontramos en el libro que da origen al título del editorial de esta semana, escrito por la psiquiatra Rebeca Jiménez, que fue presentado la semana pasada en la octava Feria del Libro del Oeste de Caracas, organizada por la Universidad Católica Andrés Bello.

El libro de Rebeca Jiménez se inscribe en la necesidad de contar, al lado de los diagnósticos políticos, sociales y económicos, con la necesaria lectura, desde el análisis psicológico, de lo que ha ocurrido en Venezuela en los últimos cinco lustros, porque esa lectura es crucial para la tarea de reconstrucción por venir. Se trata de un interesante intento de diagnóstico sobre el efecto de la revolución bolivariana en la salud mental. Porque, además, es ingenuo pensar que, si el país ha sufrido tantos cambios en todos los órdenes, la psicología y conducta de sus habitantes no hayan cambiado también. Ese es el gran valor del trabajo de Rebeca Jiménez, aportar a este diagnóstico desde una perspectiva clínica. O como dice Francisco Suniaga en su introducción: “La distorsión del poder nace de la necesidad de aumentar nuestro nivel de conciencia” que, en el fondo, es un antídoto contra el riesgo de que generaciones futuras reincidan en caer en tentaciones y seductores cantos de sirena, similares a los que caímos como población hace casi un cuarto de siglo.

Trabajos recientes como el de La distorsión del poder se inscriben en una tradición paraguas que tiene puntos de inflexión como el surgimiento del concepto de “trauma psicosocial” de Martin-Baró, aquel impacto dañino que tienen entornos hostiles crónicos sobre las personas y sus relaciones sociales; o la noción de “daño antropológico” de Raul Fornet Betancourt y otros, concepto que intenta identificar la magnitud perniciosa de la intervención de los gobiernos autoritarios en las relaciones sociales y la psiquis de los habitantes de un país. De hecho, se dice que hay un daño antropológico cuando, además del deterioro en los órdenes social, político y cultural, existe, fundamentalmente, un daño a la condición humana como tal; o el concepto de “sufrimiento ético-político” de la brasileña Bader Sawaia, que se refiere al dolor físico y emocional, evitable desde el punto de vista social, pues es infringido por acciones y formas de gobierno a la sociedad, sufrimiento que al final vuelve a las personas impotentes para la libertad y la felicidad; o el concepto que se mencionó al inicio de “dolor país”, que se mide por una ecuación: “la relación entre la cuota diaria de sufrimiento que se le demanda a sus habitantes y la insensibilidad profunda de quienes son responsables de buscar una salida menos cruenta”.

En el caso específico del trabajo de Rebeca Jiménez, lo que describe son precisamente síntomas del trauma, huellas del sufrimiento psicológico. El análisis de los casos clínicos presentados va haciendo referencia a la discriminación, a los acosos laborales, al sufrimiento personal, todo como consecuencia de un sistema muy fascista, en el sentido estrictamente politológico del término. De hecho, la literatura especializada describe algunas de las características más salientes del fascismo como modelo político-social de dominio.

Por ejemplo, el fascismo reconoce los derechos de las personas solo cuando no entran en conflicto con las necesidades del Estado (y por tanto, son siempre inferiores y subordinados a estas últimas); mantiene una idolatría cuasi fálica a la figura de las armas, como fuente y sinónimo del poder; busca la constante exacerbación de las desigualdades sociales con fines políticos (y, por tanto, su interés se reduce a  mantenerlas, pero no a resolverlas); vende una fantasiosa igualación del líder —presentado como supremo, único y casi sobrehumano— con los héroes ancestrales de la patria; asume que la vida del país queda subsumida en el Estado; abunda en referencias discursivas a la sangre, el sacrificio y la muerte; persigue una constante exaltación y movilización de las masas mediante la manipulación de la frustración individual o colectiva; reduce la complejidad social de los problemas y conflictos a la identificación de un enemigo (otro país, los adversarios políticos, el imperialismo); sufre una crónica obsesión por el complot y la amenaza de los enemigos; propugna la idealización de la violencia como forma de control político y no entiende la política más que en términos dualistas de traición-lealtad, amigo-enemigo, o colaboracionista-patriota, todo esto disfrazado de un lenguaje artificialmente hermoso, de reivindicación romántica, orientado a una muy inteligente seducción psicológica. De esto hacía gala el líder máximo del modelo. Busquen por ejemplo el Aló presidente No. 327 y le oirán decir: “la batalla por la mente del ser humano; esa batalla hay que ganarla, si no la ganamos no ganaremos ninguna”.

En una ocasión, el padre Luis Ugalde reflexionaba sobre la metamorfosis de los ideales y de las personas cuando son seducidas por el poder y cómo los otrora sublimes sentimientos terminan quemados —como las mariposas que se acercan a la luz— cuando se embriagan del poder que les arrastra y enamora. Nos dice Ugalde:

En esa etapa final del poder exigen que sus colaboradores se callen en vergonzosa complicidad, que pisoteen sus conciencias, que extremen el cinismo para decir que lo blanco es negro y proclamar que los evidentes desastres están a punto de parir una nueva humanidad.

Hay datos recientes que, utilizando otras metodologías de la ciencia psicológica, arrojan luces sobre el impacto de nuestro hostil entorno político sobre la conducta de los venezolanos e invitan a profundizar en el necesario estudio de esta relación entre características nocivas del entorno y consecuencias psicológicas en la población. Así, por ejemplo, en el estudio PsicoData Venezuela sobre vulnerabilidad psicosocial de los venezolanos y características psicológicas de la población, realizado a comienzos de este año por la UCAB, se encontraron datos alarmantes en la dimensión de lo que se denomina “malestar psicológico”: 20 % de la población dice que siempre o casi siempre se ha visto afectada por no sentirse bien psicológicamente, porcentaje que sube a 25 %, en el caso de las personas entre 18 y 24 años, y hasta 44 % en personas de bajo nivel educativo.  Así mismo, en la dimensión de “dificultad en la identificación y expresión de emociones o alexitimia”, se encontró que un 48 % de la población estudiada manifiesta estar a menudo confusa con las emociones que siente y 45 % reconoce tener sentimientos que les cuesta identificar.

A pesar de la crudeza de los datos que comienzan a aparecer, esta línea de investigación y trabajo está lejos de llevarnos a un escenario pesimista. Y la prueba es que, después de 25 años de propaganda y reforzamiento social sistemático y constante, la mayoría de la población no compra el modelo de dominación. Sobrevive, se adapta a él, pero no lo hace suyo. La última prueba —si alguien la necesitaba— es el apabullante rechazo del país al llamado referendo consultivo promovido por el Gobierno, a pesar de la intoxicante propaganda y la presión ejercida para que la gente acudiera a votar. Pocas veces en la historia nacional se ha visto una respuesta de indiferencia tan grande de la población ante el intento de un Gobierno por imponer una agenda política extraña y ajena a los intereses de los ciudadanos. Esta conducta social colectiva de rebeldía y de no comprar lo que venga de quienes son los responsables de las penurias de la gente es un dato crucial para entender algunas de las dinámicas psicológicas actuales de los venezolanos de hoy.

En estos tiempos de distorsiones del poder para solo oprimir, y de las respuestas de la gente ante ello, cobra mayor relevancia y vigencia aquella famosa expresión de Guzmán Blanco, quien comparaba la tarea de gobernar a Venezuela con alisar un cuero de vaca seco: “lo pisas por un lado y se levanta por el otro”.

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