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Edificio Centro Valores, local 2, Esquina de la Luneta, Caracas, Venezuela.

La conciencia cívica juvenil ante la nueva era

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I wish it need not have happened in my time, said Frodo.
So do I, said Gandalf, and so do all who live to see such times. But that is not for them to decide. All we have to decide is what to do with the time that is given us.
J.R.R. Tolkien.1

A más de un mes luego del 3 de enero de 2026, Venezuela es hoy un país liminal: transicionando de una era hacia otra, una que termina y otra que comienza, una que escribe su epílogo y otra que escribe su prólogo. Es la historia en gerundio, haciéndose, y cabe la reflexión de si, como jóvenes venezolanos, nos toca permanecer en la inactividad del espectador o actuar de alguna manera –y de ser así… ¿de qué manera?

En una conferencia titulada Sed buenos ciudadanos,2 el filósofo venezolano Luis Castro Leiva habló sobre la conciencia cívica, analizándola específicamente ante situaciones decisivas, excepcionales y de gran peligro que sacuden a una república.

Le importaba al autor “… la situación consciente de quien se hace unas preguntas y es llevado a formularse otras” en torno a la ruina de la identidad cívica y el momento que atraviesa su país. Él en su conferencia plantea las siguientes preguntas: ¿Qué pasó? ¿Por qué ha pasado esto? ¿Qué sucede o está sucediendo? ¿Qué puedo hacer? ¿Qué debo hacer?

A la luz de estas interrogantes, la conciencia cívica se despliega en una línea que comprende el pasado, el presente y el futuro; sirve para hacer memoria, situarse y proyectarse; nos ayuda a plantearnos nuestra vocación para/con el país; nos asiste, incluso, al articular la narración de nuestra vida desde su dimensión política (nuestro sitio en la ciudad, la polis).

Como juventud, a partir de nuestras experiencias y con una conciencia cívica formada, podemos pensar en nuestro rol y responder aquellas interrogantes. Haré someramente el ejercicio.

Lo que nos ha pasado, entre muchas cosas, es que hemos crecido escuchando los cuentos de gente mayor sobre esa maravillosa Venezuela próspera, abundante y democrática que se perdió. Que duró cuarenta años, dicen ellos y la historia, aunque algunos opinen que otras épocas eran mejores. Sea como sea, ¿por qué nosotros cargamos la nostalgia de una época que nunca vivimos? Y si era tan buena, ¿por qué implosionó?

A nosotros nos tocó el país en crisis humanitaria compleja, gobernado casi en su totalidad por un solo partido que extendió su iconografía en murales y propagandas por todo el derredor e hizo de su ideología una religión secular, con un “salvador” que realmente nos había condenado. Entre populismo, abusos de poder, deterioro institucional, confrontación… y luego entre el desfalco y la rapiña, el abandono y la desidia, la pobreza y la escasez, el exilio de nuestros familiares y amigos y todas las injusticias… entre todo eso nos criamos. ¿Por qué esa Venezuela de antes lo permitió?

Quizá porque ya había un deterioro. Venía avisando Mario Briceño-Iragorry desde los años cincuenta sobre la llamada “crisis de pueblo”,3 advirtiendo la pérdida de los valores sustantivos que definen nuestro ser nacional y nuestra conciencia histórica. ¿Se abordó aquella crisis? ¿No es la actual una evolución de aquella? Confiando ciegamente en la reserva petrolera y dando por sentado la democracia, ¿se olvidaron de cuidarla y cultivarla en el espíritu nacional? Entre confrontaciones que fueron escalando, permitieron televisar un “por ahora” que fungió de presagio de la pesadilla.

Archivo Gumilla

Nuestra referencia como jóvenes, pues, no es tanto la Venezuela de hace unas décadas atrás, como sí lo es la del futuro que imaginamos. Hay figuras políticas remanentes de aquella época, algunas que incluso hoy siguen participando y diciendo representar a alguien, pero la mayoría de los jóvenes no los conocemos. De hecho, quizá repitamos mucho aquella frase de “No conocemos algo distinto”, que se refiere a que nunca hemos vivido bajo otro sistema. La frase y su significado son incoherentes, pues en verdad debería referirse a la experiencia y no al conocimiento. Por vía negativa, sí conocemos lo distinto: conocemos la libertad porque padecemos su ausencia, y sentimos la impotencia del callar ante el miedo por represalias o la molestia de ponerle candado a nuestras cuentas en redes sociales para sentirnos seguros de publicar; conocemos la abundancia porque vivimos al límite de lo que no nos alcanza; conocemos el arraigo, lo nuestro, lo que nos identifica, porque nos han atiborrado de íconos que no tienen nada que ver con nosotros y, a muchos, los han obligado a desplazarse, despojándolos de su hogar. Valoramos lo que nos falta, y eso nos hará cuidarlo.

He de repetir que hablo del joven con conciencia cívica. No puedo dejar de señalar, preocupado, que muchos coetáneos han sido privados de una buena educación y les han robado su acceso a la cultura. Lo notamos, por ejemplo, allí donde “lo malandro” (con su jerga y su estética) se ha vuelto algo cool.

Otros, aunque mejor educados, habían perdido su voluntad e imaginación política. Descreían, quizá por la desesperanza aprendida luego de tantos fracasos y desengaños, de cualquier intento por defender la democracia, como siguiendo al meme del tipo con la pizarra que dice “Nothing ever happens”. Pero algo pasó, y aunque debamos practicar la virtud de la prudencia y observar el proceso con lupa, este tiempo promete. Y si volvemos a la pregunta de por qué ha ocurrido esto, notaremos que la insigne proeza cívica y de cultura democrática demostrada el 28 de julio de 2024 abrió la puerta –como respondiendo al meme– for something different to happen.

Y ahora, como jóvenes, ¿qué podemos hacer? ¿Cuál es nuestra vela en este entierro?

Podemos resistir, como siempre lo hemos hecho: seguir formándonos, documentando lo que ocurre, comunicándolo con responsabilidad y prudencia. Podemos emprender e idear maneras de aportar a esa “Venezuela que viene” de la cual hablamos con anhelo. Podemos involucrarnos más en nuestras comunidades, crear agrupaciones y círculos intelectuales y de trabajo que elaboren, en múltiples campos del saber y los oficios, propuestas para el porvenir, y que cuando llegue el momento las hagan valer. Podemos, cada uno, trabajar con disciplina y compromiso, encontrar nuestro lugar y hallar modos de habitar el espacio público e influir en él con el vigor de la cultura cívica juvenil.

Tenemos, además, un sentido del deber que nos impulsa y nos llama a buscar nuestro rol en esta Venezuela liminal y a afrontar la “crisis de pueblo” con todo lo que hemos aprendido.

Los jóvenes debemos conseguir raigambre en valores trascendentes que definan lo mejor de la venezolanidad, sin dejarnos llevar por las ideologías de moda ni por el caudillo de turno. La clave será formarnos en una cultura del trabajo virtuoso, con la mejor educación y medios técnicos, pero iluminada por nuestra tradición, arraigo y memoria. Quizá el proceso identitario no sea tanto de “reconstrucción” como de redescubrimiento, pues tras las capas de roña y mugre de la desidia y la distorsión de nuestra identidad se encuentra, escondido, lo venezolano.

Ante la incultura, debemos hacer que el civismo sea aspiracional: cultivar la excelencia en las artes, las ciencias y los oficios de la vida cotidiana, y articular una propuesta comunicacional –ya sea en medios independientes o institucionales– que enaltezca las expresiones materiales de la Cultura –con C mayúscula, del ser culto– que perduran en el país y que son símbolos de lo que somos capaces de conseguir: la venezolanidad ilustre y eximia. Que eso también sea cool.

Sin embargo, como me apuntó un amigo, Edson Cáceres, al discutir sobre este tema, la cultura no inicia en el plano del espíritu, sino que tiene su base en el plano material. La atención a las necesidades primarias de los venezolanos es un imperativo a demandar, la caridad ante el necesitado es algo que hemos de practicar, y el planteamiento de un sistema político-económico sostenible que le permita al ciudadano medrar sin trabas absurdas debe ser nuestro gran interés.

Habrá que velar por que se reestablezca la justicia y el Estado de derecho para que ese sistema funcione. También habrá que velar por su estabilidad, para lo cual nos sirve una enseñanza de este tiempo de iniquidad: la lógica del revanchismo y el resentimiento, que lleva a la deshumanización del contrario, no debe ser replicada por nuestra generación.

Es el turno de cada uno de hacerse todas estas preguntas y reflexionar con hondura: ¿Cómo debo plantarle cara al futuro en un momento como este? ¿Qué puedo aportar yo? Y de, habiendo respondido, actuar.

¿Podremos demostrar que no hay tal cosa como “una generación perdida”?

*Licenciado en Comunicación Social (UMA). Cofundador de Filosofando Sin Filtros, un proyecto de divulgación digital de filosofía. Productor de la serie documental Criollo Sapiens. Profesor asistente en la Universidad Monteávila.

Notas:

1. TOLKIEN, J.R.R. (1954): The Fellowship of the Ring.

2. CASTRO LEIVA, Luis (1999): Sed buenos ciudadanos. Caracas.

3. BRICEÑO-IRAGORRY, Mario (1951): Mensaje sin destino.

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