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Ignacio de Loyola

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Por Luis Ovando Hernández

Un hombre para su tiempo

Este domingo coincide peculiarmente con la festividad de san Ignacio de Loyola, fallecido el 31 de julio de 1556, y elevado a los altares el mismo día del año 1622.

Si quisiera resumir el mensaje de las lecturas dominicales, diría que Jesús es el hombre venido de Dios para relativizar toda realidad. San Ignacio, por su parte, fue un hombre con una personalidad fascinante.

Cuando contaba con unos treinta años de edad, vivió una experiencia que lo acompañó el resto de su vida: las peripecias, pruebas y “cambios de timón” fueron guiados sucesivamente por su fidelidad a esta experiencia.

Nacido en 1491, Ignacio fue el decimotercer hijo y último varón de una familia medieval, compuesta por gente piadosa y adinerada. Él es un “hombre bisagra”, pues le tocará vivir la conmoción que supuso el Renacimiento, que trastornará toda Europa.

Una vez convertido a Jesucristo, Ignacio buscará apasionadamente, gracias a los acontecimientos, ideas y personas, a Dios “como alguien que trabaja” a través de estos acontecimientos, ideas y personas. Ignacio nos legó la experiencia de “encontrar a Dios en todas las cosas” para descubrir Su voluntad y cumplirla.

Ignacio fue para su tiempo el hombre que la Iglesia y el mundo necesitaban. Por lo que a nosotros respecta, estamos urgidos de personas como él en estos tiempos aciagos, de incertidumbre y confusión, así como de inmensas esperanzas. Para ello, estamos invitados a vivir en los acontecimientos, ideas y personas la presencia divina, buscarla y hallarla, para luego cumplirla.

Todo es vanidad

Volviendo a las lecturas de la liturgia dominical, todas apuntan a resaltar lo efímero de esta vida, valiéndose de un lenguaje paradójico, con algunos pasajes no del todo comprensibles que reflejan “muecas de sarcasmo” al afirmar que nuestros justos afanes en esta tierra los disfrutarán otros (libro del Eclesiastés), que hay gente que solo aspira a los bienes terrenales (San Pablo a los Colosenses), e incluso personas que duermen “seguras”, apoyadas en lo material acumulado, cuando esa misma noche les exigirán la vida.

No nos dejemos impresionar por las lecturas, porque no se trata de un arrebato de pesimismo de los escritores sagrados, ante la constatación de lo frágil y superficial de nuestras existencias, sino que va mucho más allá de esta primera interpretación.

El mensaje que podemos extraer lo formulo en forma de pregunta. Es decir, ¿Cómo podemos comprometernos de lleno con cuanto somos y vivimos, sin “empeñar” o “vender nuestra alma” a lo transitorio?

Puesta la pregunta ante nuestros ojos, todo es vanidad; nace entonces espontáneamente aspirar a las cosas de arriba, no somos ya necios. Nos damos cuenta que lo que San Pablo llama “las cosas de arriba” representa todo aquello que supera lo superfluo de los acontecimientos, ideas y personas, y nos sitúa en lo que realmente cuenta, lo que verdaderamente es valioso.

Jesús de Nazaret sabe colocar las cosas en su lugar

La persona de Jesucristo tiene la propiedad de relativizar todo, precisamente para que nos quedemos con lo que realmente cuenta, porque “lo que cuenta” nos permite ser más y mejores personas.

Ignacio fue un vivo ejemplo de cuanto dije antes. Él fue un hombre dado a las vanidades de su mundo. Hasta que Dios entró en su vida, revolviéndolo todo. A partir de ese momento, Ignacio no tuvo otro interés que no fuera buscar, hallar y cumplir la voluntad de Dios. El legado que dejó llega hasta nuestros días.

De esta búsqueda apasionada, ignaciana, participamos muchos, jesuitas y laicos, que nos sabemos colaboradores de la misión de Cristo, para la mayor gloria de Dios.

Manuela y Marcos, orgulloso por los estudios alcanzados. Que el Señor los guíe por nuevos derroteros, para que escriban su propia historia en nuestro amado–necesitado país. Amén.

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