Por Agenor Brighenti* y Rafael Luciani**

“Todos nosotros hemos sido bautizados por el Espíritu Santo para formar un solo cuerpo (1Cor 12,13). Es la experiencia, llena de gratitud, que hemos realizado». Con estas palabras se introduce el Informe de síntesis, titulado Una Iglesia sinodal en misión, que ha sido fruto de la oración, el discernimiento y el diálogo entre los participantes de la primera sesión de la Asamblea sinodal, celebrada del 4 al 28 de octubre del 2023, bajo el tema Por una Iglesia Sinodal. Comunión, participación y misión.

El Informe de síntesis recogido «no retoma o reitera todos los contenidos del Instrumentum laboris, sino que relanza los tenidos como prioritarios». No es un documento final, «sino un instrumento al servicio del discernimiento que deberá continuar todavía», dando paso a un camino de reflexión que culminará en octubre del 2024 con la celebración de la segunda sesión que presentará sus conclusiones al Papa.

Desde sus inicios, el camino sinodal está «poniendo en práctica lo que el Concilio nos enseñó acerca de la Iglesia como Misterio y Pueblo de Dios». A la luz de esta eclesiología:

Los Obispos, unidos entre sí y con el Obispo de Roma, han manifestado la Iglesia como comunión de Iglesias. Laicos y laicas, religiosos y religiosas, diáconos y presbíteros junto a los Obispos, han sido testimonio de un proceso que pretende comprometer a toda la Iglesia y a todos en la Iglesia.

E integrar la «aportación de todos los bautizados, desde la variedad de sus vocaciones, a una mejor comprensión y práctica del Evangelio».

Lo que estamos viviendo «constituye un verdadero acto de una ulterior recepción del Concilio que prolonga su inspiración y vuelve a lanzar al mundo de hoy su fuerza profética» a la luz de la sinodalidad. Por ello, «en la multiplicidad de intervenciones y en la pluralidad de posiciones ha resonado la experiencia de una Iglesia que está aprendiendo el estilo de la sinodalidad, buscando las formas más apropiadas para hacerla realidad». El trabajo hecho durante la Asamblea ha sido un paso en este camino y ha permitido «entrar en el meollo de las cuestiones, identificar los tiempos necesarios para profundizarlas, avanzar en un primer núcleo de propuestas».

El texto del Informe de síntesis está estructurado en tres partes. La primera parte ofrece algunos signos que caracterizan «el rostro de la Iglesia sinodal». En ella se ofrecen «principios teológicos que iluminan y dan base a la sinodalidad». Se presenta a la sinodalidad como estilo, como modo de vivir y obrar en la fe.  La segunda parte ofrece una reflexión sobre los sujetos eclesiales. Lleva como título «todos discípulos, todos misioneros» y «trata de todos los que están involucrados en la vida y la misión de la Iglesia, y de las relaciones entre ellos». Aquí, la sinodalidad se presenta como camino de todo el Pueblo de Dios que involucra, sin exclusión alguna, a todos los sujetos eclesiales con la misma dignidad que brota del bautismo. En la tercera y última parte, titulada «tejer lazos, construir comunidad», «la sinodalidad aparece principalmente como un conjunto de procesos y una red de organismos» que favorecen la participación y la corresponsabilidad diferenciada de todos los bautizados en la vida y la misión de la Iglesia.

Cada una de las tres partes…

«Recoge las convergencias, las cuestiones que afrontar y las propuestas surgidas del diálogo. Las convergencias identifican los puntos firmes a los que puede mirar la reflexión (…). Las cuestiones que afrontar recogen los puntos sobre los que hemos reconocido la necesidad de continuar su profundización teológica, pastoral y canónica (…)».

En cada parte se ofrecen propuestas de temas a profundizar con miras a la segunda sesión de la Asamblea Sinodal a celebrarse en octubre de 2024. Durante los próximos meses se nos pide realizar un trabajo de «profundización teológica y pastoral e indicando las implicaciones canónicas» que permitan dar forma a una Iglesia constitutivamente sinodal, teniendo presente, como sostuvieron las madres y los padres sinodales, que «una Iglesia sinodal no puede renunciar a ser una Iglesia que escucha, pero este compromiso debe traducirse en acciones concretas».

I

El rostro de la Iglesia sinodal

Esta primera parte, titulada «El rostro de una Iglesia sinodal», ofrece seis núcleos temáticos que emergieron de la Asamblea. Ellos nos permiten identificar algunos principios teológicos de la sinodalidad. Estos son: (1) La sinodalidad: experiencia y comprensión; (2) Reunidos e invitados por la Trinidad; (3) Entrar en una comunidad de fe: la iniciación cristiana; (4) Los pobres, protagonistas del camino de la Iglesia; (5) Una Iglesia “de toda raza, lengua, pueblo y nación”; (6) Tradiciones de las Iglesias orientales y de la Iglesia latina.

Cortesía de Humanitas

Cortesía de Humanitas

  1. La sinodalidad: experiencia y comprensión

Sabemos que “sinodalidad” es un término desconocido por muchos y que, en algunos, suscita preocupaciones al pensar que se cambiará la enseñanza de la Iglesia. Sin embargo, la sinodalidad es una expresión del dinamismo de la Tradición viva. Es un modo de ser Iglesia que invita a reconocer las prácticas atestiguadas en el Nuevo Testamento y en la Iglesia de los orígenes. Estas fueron tomando formas históricas particulares en las diversas Iglesias. El Concilio Vaticano II las actualizó y el papa Francisco anima a renovarlas. El proceso sinodal ha acrecentado la conciencia de nuestra identidad de Pueblo de Dios, en cuyo interior cada uno es portador de la dignidad derivada del Bautismo y está llamado a la corresponsabilidad diferenciada en la misión común.

En la Asamblea las personas se sentaron en mesas redondas. Estaban representadas culturas, lenguas, ritos, modos de pensar y realidades diversas, incluso víctimas de la guerra y del martirio. Esta experiencia ayudó a comprender que la sinodalidad comporta reunirse en asamblea en los diversos niveles de la vida eclesial, escucharnos, dialogar, discernir, crear consenso. Se puso en práctica la corresponsabilidad diferenciada que hace a la Iglesia menos burocrática y más relacional.

Cuestiones que afrontar:

Precisar el significado de sinodalidad en diversos niveles, desde el uso pastoral al teológico y canónico; valorar la sinodalidad en las tradiciones del Oriente cristiano y la tradición latina; integrar más la pluralidad de perspectivas.

Propuestas:

Ampliación del número de personas implicadas en caminos sinodales y una más activa implicación de diáconos, presbíteros y obispos durante el próximo año; que la cultura sinodal se convierta en más intergeneracional; profundizar teológicamente lo que es la sinodalidad estudiando el Concilio Vaticano II y los documentos de la Comisión Teológica Internacional; instituir una comisión internacional de teólogos y canonistas que revisen el Código de Derecho Canónico.

  1. Reunidos e invitados por la Trinidad

El Concilio Vaticano II recuerda que la Iglesia es “un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (LG 4). El Padre, con el envío del Hijo y el don del Espíritu Santo, nos introduce en un dinamismo de comunión y misión que nos hace pasar del “yo” al “nosotros” y nos pone al servicio del mundo. La sinodalidad traduce en actitudes espirituales y en procesos eclesiales la dinámica trinitaria con la que Dios sale al encuentro de la humanidad. Por ello, la Iglesia no se pone ella misma en el centro del anuncio, sino al servicio del Reino implicando a los bautizados según sus vocaciones, carismas y ministerios.

La conversación en el Espíritu Santo ha sido un instrumento que ha favorecido el paso del «yo» al «nosotros» para discernir lo que el Espíritu dice a las Iglesias. En ella está en juego la conversión reconociendo las diferencias, y evitando la auto-referencialidad y la auto-conservación. Se trata de aprender de los otros con miras a renovar el anuncio evangélico, el servicio a los pobres, el cuidado de la Casa común y la investigación teológica.

Cuestiones que afrontar

Profundizar teológicamente los criterios del discernimiento eclesial; promover visiones antropológicas y espirituales capaces de integrar las dimensiones intelectuales y emotivas de la experiencia de la fe; aclarar en qué modo la conversación en el Espíritu puede integrar las aportaciones del pensamiento teológico y de las ciencias humanas; desarrollar la aportación que la lectio divina y las diferentes tradiciones espirituales pueden ofrecer a la práctica del discernimiento.

Propuestas

Integrar la conversación en el Espíritu y otras formas de discernimiento en la vida de la Iglesia; que cada Iglesia local se dote de personas que faciliten el discernimiento; que la práctica del discernimiento se aplique también en el ámbito pastoral.

ADN Celam

ADN Celam

  1. Entrar en una comunidad de fe: La iniciación cristiana

La iniciación cristiana es el itinerario a través del cual el Señor nos introduce en la fe pascual y en la comunión trinitaria y eclesial. Mediante el bautismo participamos de una auténtica igualdad de dignidad y una común responsabilidad por la misión según la vocación de cada uno. Mediante la confirmación somos enriquecidos con la abundancia de los dones del Espíritu y su unción habilita el sensus fidei que consiste en una cierta connaturalidad con las realidades divinas. Esto permite acoger intuitivamente lo que es conforme a la verdad de la fe. A partir del sensus fidei, los procesos sinodales buscan el consenso de los fieles (consensus fidelium) para determinar si una doctrina o praxis pertenece a la fe apostólica. Finalmente está la Eucaristía en la que se articulan la diversidad de vocaciones, carismas y ministerios. Donde no es posible, la comunidad se reúne en torno a la celebración de la Palabra.

Cuestiones que afrontar

La sinodalidad a la luz de la iniciación cristiana; el sensus fidei y su relación con los sacramentos del bautismo y la confirmación; el perfil teológico-pastoral del catecumenado.

Propuestas

Profundizar en la liturgia como escuela de discipulado y fraternidad; hacer más accesible el lenguaje litúrgico y más encarnado en las diferentes culturas dando mayor responsabilidad a las Conferencias Episcopales en la línea del motu proprio Magnum principium; valorar las formas de oración comunitaria sin limitarse a la celebración de la Misa. Entre ellas, la piedad popular.

  1. Los pobres, protagonistas del camino de la Iglesia

Una Iglesia sinodal necesita poner a los pobres en el centro de su propia vida. La opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica: Jesús, pobre y humilde, hizo amistad con los pobres, caminó con los pobres, compartió la mesa con los pobres y denunció las causas de la pobreza. En los pobres, la comunidad cristiana encuentra el rostro y la carne de Cristo (2 Cor 8,9), y está llamada a aprender de ellos. La opción por los pobres y los descartados antes que una categoría cultural, sociológica, política o filosófica, es una categoría teológica que tiene consecuencias en la vida de todos.

Entre los muchos rostros de los pobres están quienes no tienen lo necesario para vivir una vida digna. También los “nuevos pobres”, producto de las guerras y del terrorismo. Estar al lado de los pobres significa también el cuidado de la Casa común. El grito de la tierra y el grito de los pobres son el mismo grito. Finalmente, la Iglesia debe denunciar las causas de la pobreza y la injusticia, sean perpetradas por individuos, gobiernos, empresas o estructuras de la sociedad. Se puede inspirar en la doctrina social de la Iglesia y trabajar con las organizaciones de la sociedad civil, sindicatos, movimientos populares, etc.).

Cuestiones que afrontar

Tratar a los pobres como «sujetos» y no “objetos”; denunciar las situaciones de injusticia; no excluir ni discriminar a nadie; respetar la justicia respecto de quienes trabajan en las instituciones eclesiales; que las ayudas económicas no degeneren en asistencialismo y sean gestionadas de manera transparente.

Propuestas

Que las Iglesias locales se comprometan a conocer y practicar la Doctrina Social de la Iglesia; que la experiencia del encuentro y el servicio a los pobres se convierta en parte integrante de todos los recorridos formativos; que el ministerio diaconal asuma su orientación al servicio de los pobres; que se integren los fundamentos bíblicos y teológicos de la ecología integral en las prácticas eclesiales.

  1. Una Iglesia «de toda raza, lengua, pueblo y nación»

La Iglesia es consciente de que el Espíritu puede hablar a través de la voz de hombres y mujeres de toda religión, convicción y cultura. Ella está llamada a ser una Iglesia “de toda raza, lengua, pueblo y nación” (Ap 5,9) en contextos cada vez más multiculturales y multireligiosos, en los que los movimientos migratorios remodelan a las Iglesias locales como comunidades interculturales. Todas estas realidades expresan necesidades pastorales.

Esto abre nuevos desafíos para la evangelización. En algunos lugares, el anuncio del Evangelio estuvo asociado a la colonización e, incluso, al genocidio. Evangelizar en estos contextos requiere reconocer los errores cometidos y aprender una nueva sensibilidad cultural respecto a estas problemáticas. Así se podrá acompañar a las nuevas generaciones.

Hoy en día se aprecian actitudes cada vez más hostiles respecto a los migrantes, estamos llamados a practicar una acogida abierta, a acompañarlos en la construcción de un nuevo proyecto de vida y a construir una verdadera comunión intercultural. El respeto y la humildad son actitudes fundamentales para reconocer que nos completamos unos a otros y que el encuentro con culturas diferentes enriquece el modo como vivimos la fe en nuestras comunidades.

Cuestiones que afrontar

Promover formas de descentralización que favorezcan un equilibrio entre la Iglesia en su conjunto y su realidad local; reconocer las causas de la polarización en la Iglesia y emprender procesos de reconciliación; reconocer las tensiones entre modalidades diversas de entender la evangelización (testimonio, promoción humana, diálogo fe y culturas); aclarar la confusión entre el mensaje del Evangelio y la cultura del evangelizador; procurar formación en gestión de conflictos.

Propuestas

Renovar los lenguajes que utilizamos tomando en cuenta los contextos; experimentar formas de descentralización; pensar los nuevos paradigmas para la pastoral con las poblaciones indígenas e incorporarlos en los procesos de decisión; favorecer un mejor conocimiento del Vaticano II, el magisterio postconciliar y la doctrina social de la Iglesia; combatir el racismo y la xenofobia, en particular en los programas de formación pastoral; identificar los sistemas que crean y mantienen la injusticia racial al interior de la Iglesia, y hacer procesos de sanación y reconciliación.

  1. Tradiciones de las iglesias orientales y de la Iglesia latina

Las iglesias orientales que están en plena comunión con el sucesor de Pedro tienen una rica tradición litúrgica, teológica, eclesiológica y canónica que enriquece a la Iglesia entera. Su experiencia de unidad en la diversidad puede ofrecer una aportación a la sinodalidad. Estas iglesias también han pasado momentos históricos de latinización. Sin embargo, en los últimos decenios el camino de reconocimiento de la especificidad, distinción y autonomía de tales iglesias ha tenido un notable desarrollo.

Un nuevo reto pastoral es la constante migración de fieles del Oriente católico a territorios de mayoría latina. Se podría llegar a tener más miembros de las iglesias orientales católicas en la diáspora que en los territorios canónicos. Se necesita que las iglesias locales de rito latino ayuden a los fieles orientales migrantes a perseverar en su identidad y cultivar su patrimonio, sin someterlos a una asimilación.

Cuestiones que afrontar

Estudiar la aportación de las iglesias orientales católicas a la sinodalidad; estudiar la dificultad de la aprobación de parte del Papa a los obispos elegidos por parte de las iglesias sui iuris para sus territorios; encontrar modalidades que hagan experimentable una efectiva unidad en la diversidad en las regiones donde viven fieles de iglesias católicas; reflexionar la aportación que las iglesias orientales católicas pueden dar a la unidad de todos los cristianos.

Propuestas

Instituir un “Consejo de Patriarcas y Arzobispos Mayores” de las iglesias orientales católicas junto al Santo Padre; convocar un Sínodo Especial dedicado a las iglesias orientales católicas; formar una comisión de teólogos, historiadores y canonistas orientales y latinos para estudiar las cuestiones a ser profundizadas; que haya una representación de miembros de las iglesias orientales católicas en los dicasterios de la Curia Romana; intensificar las relaciones entre el clero oriental en la diáspora y el latino.

  1. El camino hacia la unidad de los cristianos

No puede haber sinodalidad sin la dimensión ecuménica. Todos los cristianos participan del sensus fidei y por ello han de ser escuchados con atención, independientemente de su tradición. Asimismo, el bautismo es el principio de la sinodalidad y el fundamento del ecumenismo. Los matrimonios entre cristianos que pertenecen a diferentes comunidades eclesiales (matrimonios mixtos) constituyen realidades en las que puede madurar la comunicación y se puede evangelizar mutuamente.

En el diálogo teológico e institucional prosigue la paciente tesitura de la comprensión recíproca. Pero el ecumenismo es también una cuestión de renovación espiritual y exige procesos de arrepentimiento y de sanación de la memoria. En la Asamblea han resonado testimonios de cristianos de diversas tradiciones que comparten la amistad, la oración y el servicio a los pobres. En no pocas regiones del mundo hay un ecumenismo de la sangre: cristianos de confesiones diversas dan la vida por la fe en Jesucristo.

Cuestiones que afrontar

Diversidad en el modo de comprender la configuración sinodal de la Iglesia; nexo entre sinodalidad y primado; el aspecto teológico, canónico y pastoral de la cuestión de la hospitalidad eucarística (communicatio in sacris) y los matrimonios mixtos; las comunidades “no denominacionales” o movimientos de “despertar” de inspiración cristiana.

Propuestas

Una conmemoración común del aniversario del Concilio de Nicea (325) en el 2025; encontrar una fecha en común para la fiesta de Pascua; involucrar más a cristianos de otras confesiones en los procesos sinodales católicos; convocar un Sínodo ecuménico sobre la misión común en el mundo contemporáneo; compilar un martirologio ecuménico.

II

Todos discípulos, todos misioneros

La segunda parte, que lleva como título «Todos discípulos, todos misioneros», trata de los sujetos eclesiales que están involucrados en la vida y la misión de una Iglesia sinodal en razón de la dignidad que brota del bautismo. A la luz de una (8) Iglesia sinodal y misionera, esta segunda parte destaca (9) las mujeres; (10) la vida consagrada y las agregaciones laicales; (11) los diáconos y presbíteros; (12) el obispo; (13) y el obispo de Roma y el Colegio de obispos.

  1. La Iglesia es misión

La Iglesia es misión, recibida de Cristo, enviado del Padre. Sostenida y guiada por el Espíritu Santo, con la opción preferencial por los pobres que hunde sus raíces en la misión de Jesús, contribuye al advenimiento del Reino de Dios, del que «constituye la semilla y el principio». Por los sacramentos de la iniciación cristiana, los laicos y laicas, los consagrados y consagradas y los ministros ordenados tienen la misma dignidad. Han recibido carismas y vocaciones diversas y ejercen papeles y funciones diferentes, todos llamados y alimentados por el Espíritu Santo para formar un solo cuerpo en Cristo.

Son en especial los laicos y laicas quienes hacen  presente a la Iglesia en el mundo. También están cada vez más presentes y activos en el servicio dentro de las comunidades cristianas. Muchos de ellos organizan y animan comunidades pastorales, sirven como educadores de la fe, teólogos y formadores, animadores espirituales y catequistas, y participan en diversos organismos parroquiales y diocesanos.

Los carismas de los laicos son dones del Espíritu Santo a la Iglesia que deben ser puestos de relieve, reconocidos y valorizados plenamente. Al suplir la escasez de sacerdotes hay el riesgo de disminuir el carácter propiamente laical de su apostolado y de «clericalizar» a los laicos, creando una especie de élite laica que perpetúa las desigualdades y las divisiones en el Pueblo de Dios.

Cuestiones que afrontar

La comprensión teológica de las relaciones entre carismas y ministerios en una perspectiva misionera; evitar el dualismo, la misión de los laicos, como de todo cristiano, es en la Iglesia y en el mundo; las estructuras pastorales deben reorganizarse de modo que ayuden a las comunidades a poner de relieve, reconocer y animar sus carismas y ministerios laicales, insertándolos en el dinamismo misionero de la Iglesia sinodal.

Propuestas

Mayor creatividad a la hora de establecer ministerios según las necesidades de las iglesias locales; ampliar las tareas del ministerio establecido del lector, que en contextos apropiados podría incluir también la predicación.

  1. Las mujeres en la vida y la misión de la Iglesia

Fuimos creados varón y mujer; unidad y diferencia, una naturaleza, una vocación y un destino compartidos y dos experiencias distintas de lo humano. La Sagrada Escritura da testimonio de la complementariedad y reciprocidad de la mujer y el hombre. Jesús consideró a las mujeres sus interlocutoras.

En Cristo, mujeres y hombres están revestidos de la misma dignidad bautismal y reciben por igual la variedad de los dones del Espíritu, caracterizada por una corresponsabilidad no competitiva, que debe encarnarse en todos los niveles de la vida de la Iglesia.

Las mujeres claman justicia en sociedades todavía profundamente marcadas por la violencia sexual y las desigualdades económicas, y por la tendencia a tratarlas como objetos. El clericalismo, el machismo y el uso inadecuado de la autoridad siguen marcando el rostro de la Iglesia y dañando la comunión. Es necesaria una profunda conversión espiritual como base de cualquier cambio estructural.

Cuestiones que afrontar

La exigencia de un mayor reconocimiento y valorización de la aportación de las mujeres y de un aumento de las responsabilidades pastorales que se les confían en todos los ámbitos de la vida y la misión de la Iglesia; propiciar el acceso de las mujeres al ministerio diaconal.

Propuestas

Es urgente garantizar que las mujeres puedan participar en los procesos de toma de decisiones y asumir funciones de responsabilidad en el trabajo pastoral y el ministerio; que se resuelven los casos de discriminación laboral y de desigualdad de remuneración en el seno de la Iglesia, en particular con respecto a las mujeres consagradas; ampliar el acceso de las mujeres a los programas de formación y a los estudios teológicos y su inclusión en los programas de enseñanza y formación de los seminarios; que los textos litúrgicos y los documentos de la Iglesia estén más atentos a un lenguaje que tenga en cuenta por igual a hombres y mujeres.

  1. La vida consagrada y agregaciones laicales: un signo carismático

La dimensión carismática de la Iglesia tiene una manifestación particular en la vida consagrada, con la riqueza y variedad de sus formas. La vida consagrada ha sido más de una vez la primera en percibir los cambios de la historia y en captar las llamadas del Espíritu: también hoy la Iglesia necesita su profecía. Muchas congregaciones renuevan estructuras, repiensan estilos de vida y activan nuevas formas de servicio y cercanía a los más pobres. En otros casos, sin embargo, se constata la persistencia de un estilo autoritario, que no deja espacio para el diálogo fraterno.

Con gratitud, el Pueblo de Dios reconoce los fermentos de renovación presentes en comunidades de larga historia y en el florecimiento de nuevas experiencias de agregación eclesial. Las asociaciones laicales, los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades son un signo precioso de la maduración de la corresponsabilidad de todos los bautizados. Los casos de abusos de diverso tipo contra personas consagradas y miembros de agregaciones laicales, especialmente mujeres, señalan un problema en el ejercicio de la autoridad y exigen una acción decisiva y adecuada.

Cuestiones que afrontar

Es necesario explorar cómo la vida consagrada, las asociaciones laicales, los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades pueden poner sus carismas al servicio de la comunión y de la misión en las Iglesias locales, contribuyendo al progreso hacia la santidad mediante una presencia que sea profética.

Propuestas

Revisar los criterios sobre las relaciones entre obispos y religiosos en la Iglesia, propuestos en el documento Mutuae relationes de 1978; promover encuentros y formas de colaboración con espíritu sinodal entre las Conferencias Episcopales y las Conferencias de Superiores y Superioras Mayores de los Institutos de Vida Consagrada y de las Sociedades de Vida Apostólica.

  1. Diáconos y presbíteros en una Iglesia sinodal

Los presbíteros forman con el obispo un único presbiterio. Los diáconos, ordenados para el ministerio, sirven al Pueblo de Dios en la diaconía de la Palabra, de la liturgia, pero sobre todo de la caridad. En una Iglesia sinodal, están llamados a vivir su servicio al Pueblo de Dios en una actitud de cercanía a las personas, de acogida y escucha de todos, y a cultivar una profunda espiritualidad personal y una vida de oración.

Un obstáculo para el ministerio y la misión es el clericalismo. Proviene de una incomprensión de la llamada divina, que lleva a concebirla más como un privilegio que como un servicio, y se manifiesta en un estilo mundano de poder que se niega a rendir cuentas. Esta deformación del sacerdocio debe ser combatida desde las primeras etapas de la formación, mediante el contacto vivo con la vida cotidiana del Pueblo de Dios y una experiencia concreta de servicio a los más necesitados. La formación humana debe garantizar un camino de autoconocimiento realista, que se integre con el crecimiento cultural, espiritual y apostólico.

Cuestiones que afrontar

Los seminarios u otros cursos de formación de los candidatos al ministerio y su vinculación con la vida cotidiana de las comunidades; la obligación disciplinar en la Iglesia latina del celibato de los presbíteros no es un tema nuevo, pero hay que profundizar.

Propuestas

Hacer una evaluación del ministerio diaconal, pues se expresa más en la liturgia que en el servicio a los pobres; entender el diaconado en sí mismo y no sólo como una etapa de acceso al presbiterado; es necesaria una revisión de la formación para el ministerio ordenado a la luz de la perspectiva de la Iglesia sinodal misionera; es necesario que se identifiquen procesos y estructuras que permitan una auditoría regular de cómo los sacerdotes y diáconos ejercen su ministerio; considerar, la conveniencia de incluir a los presbíteros que han dejado el ministerio en un servicio pastoral.

  1. El Obispo en comunión eclesial

En la perspectiva del Concilio Vaticano II, los obispos, como sucesores de los apóstoles, se ponen al servicio de la comunión que se realiza en la Iglesia local, entre las iglesias y con la Iglesia en su conjunto. De este modo, la figura del obispo se entrelaza en las relaciones con la porción del Pueblo de Dios que le ha sido confiada, con el presbiterio y los diáconos, con las personas consagradas, con los demás obispos y con el Obispo de Roma. Como principio visible de unidad, tiene en particular la tarea de discernir y coordinar los diferentes carismas y ministerios suscitados por el Espíritu para el anuncio del Evangelio y el bien común de la comunidad.

La convicción con la que el obispo asume la perspectiva sinodal y el estilo con el que ejerce la autoridad influyen decisivamente en la participación de sacerdotes y diáconos, laicos y laicas, consagrados y consagradas. Para todos, el obispo está llamado a ser ejemplo de sinodalidad.

Cuestiones que afrontar

Profundizar el significado del vínculo de reciprocidad entre el obispo y la Iglesia local; seguir reflexionando sobre la relación entre la colegialidad episcopal y la diversidad de puntos de vista teológicos y pastorales; desarrollar más las estructuras dedicadas a la prevención de abusos y la delicada cuestión del tratamiento de los abusos que pone a muchos obispos en la dificultad de conciliar el papel de padre y de juez.

Propuestas

Establecer formas de verificación regular del trabajo del obispo, con referencia al estilo de su autoridad, la administración financiera de los bienes de la diócesis, el funcionamiento de los órganos de participación y la protección contra cualquier tipo de abuso; el Consejo episcopal y pastoral diocesano deben hacerse obligatorios; revisar los criterios de selección de los candidatos al episcopado, equilibrando la autoridad del Nuncio Apostólico con la participación de la Conferencia Episcopal, así como la inclusión de una consulta más amplia al Pueblo de Dios.

  1. El Obispo de Roma en el Colegio Episcopal

El ministerio petrino del Obispo de Roma es intrínseco a la dinámica sinodal. Por tanto, sinodalidad, colegialidad y primacía se remiten mutuamente: la primacía presupone el ejercicio de la sinodalidad y de la colegialidad, así como ambas implican el ejercicio de la primacía. Las respuestas a la invitación de San Juan Pablo II en la encíclica Ut unum sint, así como las conclusiones de los diálogos ecuménicos, pueden ayudar a la comprensión católica de la primacía, la colegialidad, la sinodalidad y sus relaciones mutuas.

La reforma de la Curia romana es un aspecto importante del camino sinodal de la Iglesia católica. Praedicate evangelium insiste en que «la Curia romana no se interpone entre el Papa y los obispos, sino que se pone al servicio de ambos con modalidades propias de la naturaleza de cada uno» (EP I.8).

Cuestiones que afrontar

Es necesario un estudio sobre cómo afecta una comprensión renovada del episcopado dentro de una Iglesia sinodal al ministerio del Obispo de Roma y al papel de la Curia romana; a la luz de la sinodalidad ver los modos en que el Colegio Cardenalicio colabora en el ministerio petrino y las formas en que promueve su discernimiento colegial en los consistorios ordinarios y extraordinarios.

Propuestas

Que los Dicasterios de la Curia romana potencien la consulta a los obispos, para prestar mayor atención a la diversidad de situaciones y escuchar con más atención la voz de las iglesias locales; prever formas de evaluación de la labor de los Representantes Pontificios por parte de las iglesias locales de los países donde desempeñan su misión; potenciar y reforzar la experiencia del Consejo de Cardenales como consejo sinodal al servicio del ministerio petrino; examinar si es apropiado ordenar obispos a los prelados de la Curia romana.

III

Tejer lazos, construir comunidad

La tercera y última parte, titulada «tejer lazos, construir comunidad», describe los procesos y organismos que favorecen la participación y la corresponsabilidad diferenciada de todos los bautizados en la vida y la misión de la Iglesia. Entre ellos, emergieron en la Asamblea los siguientes: (14) Un acercamiento sinodal a la formación; (15) Discernimiento eclesial y cuestiones abiertas; (16) Por una Iglesia que escucha y acompaña; (17) Misioneros en el ambiente digital; (18) Organismos de participación; (19) El reagrupamiento de iglesias en la comunión de toda la Iglesia; (20) Sínodo de los Obispos y Asamblea Eclesial.

  1. Un enfoque sinodal de la formación

La formación personal es la respuesta que todo bautizado está llamado a dar a los dones del Señor, para hacer fructificar los talentos recibidos y ponerlos al servicio de todos. El tiempo que el Señor dedicó a la formación de los discípulos revela la importancia de esta acción eclesial.

El Pueblo Santo de Dios no es solo objeto, sino ante todo sujeto corresponsable de la formación. Los ámbitos de la formación son múltiples: además de la formación teológica, están el ejercicio de la corresponsabilidad, la escucha, el discernimiento, el diálogo ecuménico e interreligioso, el servicio a los pobres y el cuidado de la Casa común.

Para una Iglesia sinodal, la formación precisa ser emprendida de manera sinodal: capacitar al Pueblo de Dios para vivir plenamente su vocación bautismal, en la familia, en el trabajo, en el ámbito eclesial, social e intelectual.

Cuestiones que afrontar

La educación afectiva y sexual para acompañar a los jóvenes en su camino de crecimiento; apoyar la maduración afectiva de los llamados al celibato y la castidad consagrada; una formación en el diálogo entre las ciencias humanas, especialmente la psicología, y la teología; en la formación de los ministros ordenados, tener presente la especial la aportación de las mujeres.

Propuestas

Dar prioridad a la formación conjunta de todo el Pueblo de Dios (laicos, consagrados y ministros ordenados); las Conferencias Episcopales trabajar juntas a nivel regional para crear una cultura de formación permanente; la formación de los ministros ordenados debe concebirse en coherencia con una Iglesia sinodal, evitando un ambiente artificial, separado de la vida común de los fieles.

  1. Discernimiento eclesial y preguntas abiertas

La experiencia de la conversación en el Espíritu fue enriquecedora. Se apreció un estilo de comunicación que favorece la libertad a la hora de expresar los propios puntos de vista y escuchar al otro. Esta actitud básica crea un contexto favorable para ahondar en temas también controvertidos dentro de la Iglesia.

Para desarrollar un auténtico discernimiento eclesial, es necesario integrar, a la luz de la Palabra de Dios y del Magisterio, una base informativa más amplia y un componente reflexivo más articulado. Para evitar refugiarse en la comodidad de las fórmulas convencionales, hay que inculcar la confrontación con el punto de vista de las ciencias humanas y sociales, la reflexión filosófica y la elaboración teológica.

Es importante seguir reflexionando sobre la relación entre amor y verdad y el impacto que tiene en muchas cuestiones controvertidas. Las páginas del Evangelio muestran que Jesús sale al encuentro de las personas en la singularidad de su historia y de su situación. Nunca parte de prejuicios o etiquetas, aun a costa de exponerse a la incomprensión y al rechazo. Si utilizamos la doctrina con dureza y con una actitud sentenciosa, traicionamos el Evangelio; si practicamos una misericordia barata, no transmitimos el amor de Dios. La unidad de verdad y amor implica asumir las dificultades del otro hasta hacerlas propias.

Algunas cuestiones, como las relacionadas con la identidad de género y la orientación sexual, el final de la vida, las situaciones matrimoniales difíciles y las cuestiones éticas relacionadas con la inteligencia artificial, son controvertidas no solo en la sociedad, sino también en la Iglesia, porque plantean nuevas interrogantes.

Cuestiones que afrontar

Continuar la reflexión eclesial sobre el entrelazamiento original de amor y verdad testimoniado por Jesús, con vistas a una praxis eclesial que honre su inspiración; identificar las condiciones que hacen posible que la investigación teológica y cultural parta de la experiencia cotidiana del Pueblo Santo de Dios y se ponga a su servicio.

Propuestas

Promover iniciativas que permitan un discernimiento compartido sobre cuestiones doctrinales, pastorales y éticas controvertidas, a la luz de la Palabra de Dios, de la enseñanza de la Iglesia y de la reflexión teológica, a través de debates en profundidad entre expertos de diferentes competencias y formaciones.

  1. Por una Iglesia que escucha y acompaña

Escuchar ha caracterizado el camino sinodal y también los trabajos de la Asamblea. Ser invitado a hablar y a ser escuchado en la Iglesia fue una experiencia intensa e inesperada para muchos a nivel local. Dar oídos requiere la voluntad de descentrarse para dejar espacio al otro. La conversación en el Espíritu es un ejercicio ascético exigente, que obliga a cada uno a reconocer sus propios límites y la parcialidad de su punto de vista.

En el proceso sinodal, la Iglesia se ha encontrado con muchas personas y grupos que pedían ser escuchados y acompañados. En la Asamblea, se percibió un profundo sentimiento de amor, misericordia y compasión hacia las personas que son o se sienten heridas o desatendidas por la Iglesia. Muchas personas experimentan un estado de soledad a menudo cercano al abandono. Las personas mayores y enfermas son a menudo invisibles en la sociedad.

Cuestiones que afrontar

Escuchar exige una aceptación incondicional, lo que no significa abdicar de la claridad a la hora de presentar el mensaje de salvación del Evangelio, ni respaldar ninguna opinión o postura; las comunidades de base o pequeñas comunidades cristianas fomentan prácticas de escucha por y entre los bautizados.

Propuestas

La escucha y el acompañamiento no son solo iniciativas individuales, sino una forma de acción eclesial, por eso deben encontrar un lugar en la programación pastoral; establecer un ministerio de escucha y acompañamiento; que las Conferencias Episcopales de África y Madagascar promuevan un discernimiento teológico y pastoral sobre el tema de la poligamia y el acompañamiento de las personas en uniones polígamas que se acercan a la fe.

  1. Misioneros en el entorno digital

La cultura digital representa un cambio fundamental en la forma en que concebimos la realidad y nos relacionamos con nosotros mismos, con los demás, con nuestro entorno e incluso con Dios. Por lo tanto, no es tanto un ámbito distinto de misión como una dimensión crucial del testimonio de la Iglesia en la cultura contemporánea.

No podemos evangelizar la cultura digital sin antes comprenderla. Los jóvenes, y entre ellos los seminaristas, los jóvenes sacerdotes y los jóvenes consagrados, que a menudo tienen una profunda experiencia directa de ella, son los más indicados para llevar a cabo la misión de la Iglesia en el entorno digital.

Cuestiones que afrontar

La internet, aunque tiene un gran potencial para mejorar nuestras vidas, también puede causar daños y perjuicios, por ejemplo, a través del acoso, la desinformación, la explotación sexual y la adicción; hay muchas iniciativas en línea relacionadas con la Iglesia, que tienen un alcance y un ámbito que se extiende más allá de los límites territoriales tradicionalmente entendidos.

Propuestas

Que las iglesias ofrezcan reconocimiento, formación y acompañamiento a los misioneros digitales; crear redes de colaboración de personas influyentes que incluyan a personas de otras religiones o que no profesan ninguna fe, pero que colaboren en causas comunes para la promoción de la dignidad humana, la justicia y el cuidado de la Casa común.

  1. Órganos de participación

Como miembros del Pueblo fiel de Dios, todos los bautizados son corresponsables de la misión, cada uno según su vocación, experiencia y competencia. La corresponsabilidad de todos en la misión debe ser el criterio que fundamente la estructuración de las comunidades cristianas y de toda la Iglesia local con todos sus servicios, en todas sus instituciones.

El justo reconocimiento de la responsabilidad de los laicos en la misión en el mundo no puede convertirse en un pretexto para atribuir el cuidado de la comunidad cristiana solo a los obispos y a los sacerdotes.

Cuestiones que afrontar:

Reflexionar sobre cómo promover la participación en los diversos Consejos; la sinodalidad crece en la implicación de cada miembro en los procesos de discernimiento y toma de decisiones; en este sentido nos edifican y animan muchas pequeñas comunidades cristianas de las iglesias emergentes; desde la perspectiva de la originalidad evangélica de la comunión eclesial: ¿cómo entretejer los aspectos consultivos y deliberativos de la sinodalidad? Desde la configuración carismática y ministerial del Pueblo de Dios: ¿cómo integramos las tareas de asesorar, discernir, decidir en los distintos órganos de participación?

Propuestas:

Reglamentar la obligatoriedad de los Consejos Pastorales en las comunidades eclesiales y en las iglesias locales; reforzar los órganos de participación, con una adecuada presencia de laicos y laicas en los procesos de discernimiento y toma de decisiones. Los órganos de participación son el primer ámbito en el que se experimenta la dinámica de rendición de cuentas de quienes ejercen la responsabilidad.

  1. Agrupaciones de iglesias en la comunión de toda la Iglesia

Para dar forma a las instancias de sinodalidad y colegialidad que implican agrupaciones de iglesias locales, está la importancia del discernimiento eclesial por parte de las Conferencias Episcopales y las Asambleas Continentales.

El hecho de que la Iglesia (Ecclesia tota) sea una comunión de iglesias exige que cada obispo perciba y viva la solicitud por todas las iglesias (sollicitudo omnium Ecclesiarum) como un aspecto constitutivo de su ministerio como pastor de una Iglesia. Es fundamental una instancia de sinodalidad y colegialidad a nivel continental, para evitar el riesgo de uniformidad y centralismo en el gobierno de la Iglesia.

Cuestiones que afrontar:

La necesidad de reforzar y revitalizar las agrupaciones de iglesias ya existentes; estudiar, a nivel eclesiológico y canónico, las implicaciones de reformar las estructuras de las agrupaciones eclesiales para que adquieran un carácter más plenamente sinodal; profundizar la naturaleza doctrinal y jurídica de las Conferencias Episcopales.

Propuestas:

Poner en práctica el ejercicio de la sinodalidad a nivel regional, nacional y continental; elaborar una configuración canónica de las Asambleas continentales que, respetando la especificidad de cada continente, tenga debidamente en cuenta la participación de las Conferencias Episcopales y la de las iglesias, con sus propios delegados, que hacen presente la variedad del Pueblo fiel de Dios.

  1. Sínodo de los Obispos y Asamblea de la Iglesia

La Asamblea percibió la alegría evangélica de ser Pueblo de Dios. Las novedades propuestas fueron en general bien acogidas, como el paso de la celebración del Sínodo de un acontecimiento a un proceso.

La Asamblea del Sínodo de los Obispos, aun conservando su carácter eminentemente episcopal, manifestó bien el vínculo intrínseco entre la dimensión sinodal de la vida de la Iglesia (la participación de todos), la dimensión colegial (la solicitud de los Obispos por toda la Iglesia) y la dimensión primordial (el servicio del Obispo de Roma, garante de la comunión). No basta crear estructuras de corresponsabilidad si falta la conversión personal a una sinodalidad misionera.

Cuestiones que afrontar

El impacto de la presencia del laicado y religiosas como miembros de pleno derecho en el carácter episcopal de la Asamblea; aclarar en base a qué criterios los no obispos pueden ser miembros de la Asamblea; profundizar cómo articular sinodalidad y colegialidad en el futuro, distinguiendo la contribución de todos los miembros del Pueblo de Dios a la toma de decisiones y la tarea específica de los obispos; algunos consideran que la fórmula adoptada en esta Asamblea responde a esta necesidad, otros sugieren que a una asamblea eclesial siga una asamblea episcopal para concluir el discernimiento, otros prefieren aún reservar a los obispos el papel de miembros de la asamblea sinodal; profundizar el modo en que los expertos de diferentes disciplinas, especialmente teólogos y canonistas, pueden contribuir al trabajo de la asamblea sinodal y a los procesos de una Iglesia sinodal.

Propuestas

Garantizar una evaluación de los procesos sinodales a todos los niveles de la Iglesia.

*Brasileño. Presbítero diocesano, Doctor en Teología por la Universidad de Louvain/Bélgica y profesor en la Pontificia Universidad Católica de Paraná, Brasil.  Miembro del Equipo de Reflexión Teológica del CELAM y de la Comisión Teológica del Sínodo de los Obispos. Fue perito del CELAM en la Conferencia de Santo Domingo, de la Conferencia de Obispos de Brasil en la Conferencia de Aparecida y del Sínodo de los Obispos para la Amazonía. Ha sido nombrado Perito del Sínodo de los Obispos sobre la sinodalidad para sus dos Asambleas, 2023 y 2024. Autor de más de una centena de artículos y de dos decenas de libros.

**Laico venezolano, Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana e investigación postdoctoral en la Julius Maximilians Universität. Profesor Titular de la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas y Extraordinario en la Escuela de Teología y Ministerio del Boston College. Enseña eclesiología, Concilio Vaticano II y Cristología. Sirve como perito del CELAM, miembro del ETAP (equipo de teólogas/os asesoras/es de la presidencia de la CLAR), y miembro Experto de la Comisión Teológica de la Secretaría General del Sínodo.