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Edificio Centro Valores, local 2, Esquina de la Luneta, Caracas, Venezuela.

Huyendo de nosotros mismos

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Pero él se retiraba a lugares apartados y hacía oración”

Lc 5, 16

“A man who dares to waste one hour of time has not discovered the value of life.”

Charles Darwin, letter to his sister Susan Elizabeth Darwin, 1836.

En 2003, mucho antes de que el mundo se convirtiera en una sucesión de pantallas y algoritmos, el escritor David Foster Wallace, con su característico desaliño y esa lucidez que a veces parecía una carga demasiado pesada para un solo hombre, ya veía venir la tormenta silenciosa que estaba por devorarnos. Con esa mirada inquieta tras sus gafas, Wallace hablaba de un «pavor sordo» que asalta a las personas ante la mera idea de estar a solas en una habitación en silencio, reforzando aquella célebre tesis de Pascal de que todas las tribulaciones de los hombres nacen de su incapacidad de saber permanecer tranquilos en una habitación[1].

Decía Wallace que la cultura estadounidense —y por extensión, la occidental— se estaba volviendo hostil a la lectura, al arte y a la música elaborada que requieren de esfuerzo y atención. El anodino hilo musical en los espacios públicos no era sólo decoración acústica; era un muro contra la introspección, una especie de banda sonora del limbo. Wallace intuía que hay una parte de nosotros que tiene «hambre de silencio», pero que esa parte nunca es alimentada. En cambio, estamos alimentando un monstruo que amenaza con devorar nuestra vida entera.

Pasaron veinte años y, en marzo de 2023, Dino Ambrosi dictó una breve charla TEDx cuyos ecos todavía retumban[2]. Mediante una simple gráfica de puntos visualizaba los meses restantes de vida de una persona de 18 años, asumiendo una muy optimista esperanza de vida de 90 años. Restando el tiempo dedicado a dormir, educarse, conducir, comer, asearse y realizar tareas domésticas, apenas venía quedando alrededor de un tercio de tiempo útil para realizar el auténtico propósito de nuestra vida, para dejar nuestra pequeña huella en la historia de la humanidad.

Así son las cosas, podría uno haber dicho, si no fuera por el hecho espeluznante de que, tres largos años atrás (pensemos que la inteligencia artificial estaba apenas en un estado embrionario), Ambrosi estimaba que los jóvenes estadounidenses de 18 años, en promedio, pasarían el 93% de su tiempo libre restante frente a pantallas. Viendo el video de Ambrosi, que ha vuelto a hacerse viral hace unos días, no había manera de no prometer solemnemente con un gesto de espanto nunca volver a mirar el teléfono.

Hoy, en 2026, ese cataclismo profetizado por Wallace y diseccionado por Ambrosi, se ha materializado en ese objeto de cristal, plástico y metal que no soltamos ni para dormir. El muro de música ambiental que Wallace denunciaba ha sido sustituido por una conexión perpetua y un flujo incesante de impulsos digitales. Ya no es sólo que nos cueste estar solos; es que hemos perdido la capacidad biológica de estarlo.

El obispo Robert Barron, uno de los rostros más visibles de la evangelización en las redes, quién dirige además el instituto Word on Fire, que a su vez publica trimestralmente la soberbia revista Evangelization & Culture, y que conoce bien al monstruo por dentro, se ha dado cuenta tal vez mejor que nadie de la paradoja descrita por Wallace y del descalabro advertido por Ambrosi, y ha convocado a una pléyade de voces autorizadas para hablar sobre las redes sociales y su potencialmente pernicioso influjo en una de las más recientes ediciones de la revista[3], cuyo eco intento capturar brevemente en estas líneas.

Lo que Casey Chalk llama nuestro «Soma» digital —aludiendo a esa droga de la felicidad pasiva fabulada por Huxley[4]— es el anestésico perfecto para ese pavor que Wallace mencionaba. Nos cuesta soltar el teléfono porque hemos delegado en él nuestra capacidad de asombro y nuestro uso del tiempo de calidad. Como en un relato de Borges, nos hemos perdido en un laberinto donde la realidad ha sido sustituida por su representación.

Según algunos expertos convocados por Barron, si intentáramos medir la eficiencia de nuestra búsqueda de paz en las redes, veríamos que la probabilidad de encontrar un contenido que realmente alimente el alma frente a la inmensidad de la distracción tiende a cero. Cuanto más scrolling hacemos, menos espacio queda para esa parte del ser que Wallace decía que estaba «muriendo de hambre».

Elizabeth Scalia toca en su texto una fibra sensible: nuestra búsqueda de amor. Al navegar, buscamos ese «sentimiento de pertenencia», una validación que nos diga que importamos. Pero el algoritmo nos devuelve sólo un eco. Buscamos amor, pero encontramos cámaras de resonancia que alimentan el orgullo, ese motor oculto de la «cultura del selfie» que denuncian el obispo Barron y el padre Grunow.

Incluso lo más sagrado corre el riesgo de ser mercantilizado. Nell O’Leary nos advierte que en la «cultura del influencer», la vida de fe puede convertirse en un set de televisión. La vida deja de ser vivida para ser narrada y expuesta; esa exposición pública no es sólo vanidad, sino una manera de evitar el encuentro con el «yo» real, prefiriendo el «yo» impostado que el público aprueba. En ese proceso, perdemos la sencillez que la Biblia destaca como esencial: «La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado» (Mt 6,22). Nuestro ojo ya no es sencillo; es un ojo distraído, incapaz de fijar la mirada, sumido en el caos y la oscuridad, hambriento de estímulos que nunca sacian.

El Remedio: Un Ascetismo de la Mirada

El doctor Jacob Goodwin, desde la neurología, nos da alguna clave para salir de este exilio esclavizante: el “ascetismo neurológico”. No se trata de un rechazo visceral a la tecnología, sino de un uso consciente que implica una recuperación de la libertad, que bien entendida no es otra cosa sino la capacidad de elegir el bien. Si Wallace decía que leer requiere «sentarse solo en una habitación silenciosa» (imposible no recordar aquella frase atribuida a Kempis que es su correlato con más de medio milenio de antelación: “he buscado el sosiego en todas partes, y sólo lo he encontrado en un libro y un rincón”[5]), Goodwin nos explica que esa soledad es el taller donde se reconstruye nuestra capacidad de atención.

Para recuperar la soberanía sobre nuestro cerebro, Goodwin propone tres movimientos:

El Regreso a lo Analógico: Volver al peso del libro impreso, al rostro del amigo sin filtros, a lo que se puede tocar y sentir en tres dimensiones.

La Arquitectura del Silencio: establecer límites férreos al invasor digital. El silencio no es ausencia de ruido; es la presencia de uno mismo ante Dios; algo parecido a la visión de paz ensalzada por Mark Twain: acurrucarse junto a la chimenea y encontrar descanso, un espíritu de reconciliación y «un corazón satisfecho»[6].

La Atención Lenta: Cultivar tareas que no ofrezcan recompensa inmediata —la oración, el estudio, el silencio— para reeducar al circuito de la gratificación instantánea.

Un propósito: Reordenar el Corazón

El camino hacia la salida de la tiranía de las pantallas no es terrenal, sino espiritual. Jeff Morgan sugiere que el único peso capaz de equilibrar la balanza es el «Temor de Dios», ese asombro reverente que nos saca a nosotros mismos y nuestras nimiedades del centro del universo y nos permite poner en práctica aquella exhortación de San Pablo a los romanos: y no os amoldéis a este mundo, sino, por el contrario, transformaos con una renovación de la mente, para que podáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, agradable y perfecto[7].

La advertencia de Wallace en 2003 era un grito de auxilio de una parte del alma que ya se sentía sitiada, y el cuadro de Ambrosi es el diagnóstico de una enfermedad que ya nos carcome. Hoy, nuestra vida está en cautiverio. Soltar el teléfono es, por tanto, un acto de fe. Es confiar en que, en el silencio que tanto tememos, no encontraremos el vacío, sino la voz de Aquel que nos conoce por nuestro nombre y no por nuestro perfil.

Como señala la Escritura: «Velad y orad para no caer en tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mateo 26,41). Esa debilidad de la carne hoy es la plasticidad de nuestra mente secuestrada por un invasor digital. Pero en la contemplación, la oración y el silencio, esa misma plasticidad puede ser el camino de regreso a casa.


[1] Pensées (Pensamientos), fragmento 139.

[2] The Battle for Your Time: Exposing the costs of Social Media https://youtu.be/4TMPXK9tw5U?si=zirBGdjcyH0v_Rsy

[3] Journal 27, Social Media https://institute.wordonfire.org/social-media?fbclid=Iwb21leARpx4FjbGNrBGnHeGV4dG4DYWVtAjExAHNydGMGYXBwX2lkDDM1MDY4NTUzMTcyOAABHukc0_IzGs0WF0UjkYfLJDj17z2Rz_3wKZ4DnzQ69RU7WEcgpbQ3joJSb1LK_aem_KA02I3-L131IfxyMfuANnQ

[4] El soma es una droga ficticia y omnipresente en la novela distópica Un Mundo Feliz (1932) de Aldous Huxley, utilizada por el Estado Mundial para garantizar la estabilidad social y la felicidad artificial. Se describe como una sustancia sin efectos secundarios, distribuida para eliminar la melancolía, el estrés y cualquier emoción negativa, actuando como un «opiáceo de las masas» que evita el cuestionamiento o el dolor.

Soma (Brave New World) – Wikipedia https://share.google/pEbmE303JddtgNFDy

[5] Franciscus Tolensis, Vita Thomae a Kempis, 12: «Ostenditur adhuc ejus effigies, sed admodum deformata poenèque obliterata, cum hoc insigni symbolo, In omnibus requiem quaesivi, sed non inveni, nisi in hoexkens ende boexkens: Hoc est, in abditis recessibus & libellulis.» (Eusebius Amort 1759, p. 29)https://en.wikipedia.org/wiki/Thomas_%C3%A0_Kempis#CITEREFEusebius_Amort1759

[6] Mark Twain’s Timeless Advice on Aging Well https://www.theepochtimes.com/bright/mark-twains-advice-on-growing-old-5891167

[7] Rom 12, 2

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