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Edificio Centro Valores, local 2, Esquina de la Luneta, Caracas, Venezuela.

Hambre ambulante

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160421111336_hambre_640x360_bbc_nocreditLuisa Pernalete

No son todavía las 7 de la mañana. Una señora de mediana edad, de aspecto sencillo, se recuesta en el pasamano al subir la escalera del metro estación Chacaíto. Se siente mal, como mareada. Nos vamos deteniendo varias mujeres. Una la ayuda a sostenerse, luego me paro yo y pregunto qué le pasa, se nota pálida, ¿comió algo? , le pregunto, “- un poco de café”- contesta. Se para otra, recomienda sacarla donde haya menos gente, le toma el pulso y saca un abanico para darle un poco de aire. “Debe ser un bajón de azúcar”. Recuerdo que cargo una fruta para mi merienda y se lo doy. Las tres mujeres nos miramos y pensamos lo mismo: lo que tiene es hambre. “El cambur tiene azúcar y potasio”, dice la otra señora. Me alejo preocupada.

Dos días después, también temprano, ahora saliendo del vagón del metro Capitolio. Esta vez, escena similar, pero los protagonistas son un niño de unos 8 años y una señora que presumo es su abuela. El niño sentado en el suelo de  un pasillo cercano al andén. “¿Qué le pasa?”, le pregunto, -“Está mareado”-, me contesta  la señora, mientras le acerca un frasquito con alcohol para reanimarlo. Está pálido el chico. Hago la otra pregunta de rigor: “¿Ha  desayunado?”. –“ No”, dice la presunta abuela. – “No ha comido nada” agrega. Saco de nuevo mi ración de potasio. La señora sonríe y agradece. El niño anda limpio y arreglado, la señora también, No son pordioseros, no son pedigüeños. Sólo son venezolanos con hambre.

Cada día son más los que entran al metro a pedir “algo, lo que puedan dar”, también en los autobuses se han incrementado. Me llama la atención algunos discursos como este del otro día: “No les voy a mentir diciendo que pido para una medicina: pido para comprar algo de comer porque tengo hambre”. Siempre hay gente que saca algún billete, aunque sean de esos que según Victoria, de 5 años, “no sirven para nada”, pero unos cuántos de esos servirán para algo.

De las dos primeras escenas me quedan estas reflexiones: primero, no todo el mundo es insensible, eso no es verdad, me molestan esos discursos generalizados y negativos sobre nosotros mismos. No resolveremos todo, pero no se piensa demasiado para ayudar a otro, aunque no sea nada nuestro. Lo segundo es que hay que prepararse para ayudar mejor. Recuerdo que la Cruz Roja Internacional ofrece unos cursos de Primeros Auxilios, voy a pedir uno sobre qué hacer en caso de desmayos por hambre, porque esto va a continuar. Tercero, hay que insistir en  medidas de emergencia, canales humanitarios, salidas solidarias aunque sean por un tiempo y focalizados, aunque me tilden de “asistencialista”, sin dejar de luchar por soluciones a mediano plazo que apunten más a las causas de esta hambre ambulante. Estoy pensando en “Me diste de comer” en Guayana. Sonrío recordando que en Miranda han conseguido recursos para que 170 escuelas estén abiertas en vacaciones y así dar de comer a unos cuantos niños y niñas, y aunque se deberían haber abierto 10 mil, como dice Juan, pero hoy me alegro por las 170. Me entra un fresquito cuando recuerdo que en Barquisimeto hay un equipo de profesionales que voluntariamente están asesorando a Caritas de esa ciudad para proyectos de emergencia alimentaria. 

Mientras tanto he decidido incluir más raciones de frutas en mi cartera; aliento y apoyo a quienes  se organizan para acciones más colectivas. Mitigar el hambre al menos del que tenga a mi lado.

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