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Fútbol en dictadura

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Noel Álvarez*

Los hechos pasados y recientes, muestran que algunos autócratas tienen una especial predilección por el llamado deporte rey: el fútbol. Por supuesto que no lo hacen de una forma inocente, por el contrario, conociendo la gran masa de seguidores que este deporte arrastra, lo utilizan como mecanismo de propaganda para manipular y dominar a los pueblos. El mundo del fútbol nos ha legado muchas frases célebres. Una de ellas es la atribuida al entrenador del Liverpool, Bill Shankly, quien dijo: “el fútbol no es una cuestión de vida o muerte, es algo mucho más importante”. Parece que el dictador italiano, Benito Mussolini, conocido como “Il Duce”, estaba de acuerdo con esta frase, según lo que a continuación les relataré.

Cuando Mussolini decidió separarse del camino democrático, ya tenía claro que la propaganda sería vital para elevarle a su ansiado cargo dictatorial. Una vez encumbrado, no cesó en su empeño de vender el ideal de raza y pensamiento único que según él debían regir en el mundo. Allí fue cuando empezó a valorar el fútbol, al que no había prestado atención, sin dejar de reconocer que este, atraía a las grandes masas.

La propaganda era un aspecto fundamental dentro del ideario de Mussolini, como medio de transmisión y promoción de ideas y adoctrinamiento social. A los jerarcas fascistas no se les escapó la íntima relación entre poder, política y deporte. Entendieron que el fútbol, deporte minoritario hasta 1914, había contribuido a atenuar la penosa situación social que se vivía en la Italia de postguerra, convirtiéndose este deporte en parte de la identidad cultural del país.

Fue después del partido inaugural de la disciplina de fútbol, en los Juegos Olímpicos en Berlin en 1936, en el que Noruega derrotó a Alemania por 2 a 0, cuando Joseph Goebbels, que asistió al encuentro, escribió en su diario: “100 000 personas abandonan el estadio deprimidas. Ganar un partido puede ser más importante que conquistar ciudades en el este”. En 1934, dos años antes de las olimpiadas de Berlín y de que Goebbels escribiera su reflexión acerca de la importancia que el fútbol estaba adquiriendo para las masas, Mussolini ya se había dado cuenta del arraigo cultural del balompié en la sociedad de la Italia fascista.

En el primer mundial de fútbol, realizado en Uruguay en 1930, los italianos no participaron porque la federación italiana no podía asumir los costos y el Gobierno no tuvo interés en que Italia participara. Al poco tiempo, Mussolini cambió de opinión y solicitó formalmente que Italia albergara la edición de 1934. Para ello, no dudó en amenazar a Suecia –era la favorita– y mover hilos diplomáticos para asegurar que Italia 1934 fuera una realidad. Su plan para lograr que Italia fuera la vencedora de ese torneo, empezó en la final de 1930. Dos espías amenazaron de muerte a Luis Monti, estrella argentina, para que no jugara al máximo frente a Uruguay, luego difundieron la noticia para convertirlo en enemigo nacional. Todo para que aceptara mudarse a Italia y jugar con la selección transalpina. Como Monti, otros cuatro sudamericanos – tres argentinos y un brasileño fueron reclutados – en palabras del seleccionador Vittorio Pozzo: “si pueden morir por Italia, pueden jugar por Italia”.

Durante todo el torneo la tónica fue clara, ganar era obligatorio, los jugadores tenían que cumplir con su parte que Mussolini también jugaría un papel en la sombra. En cuartos ante España el colegiado suizo René Mercet ayudó tanto a la azzurra que al volver a su país fue expulsado del colegio de árbitros. Para semifinales ante el ‘Wünderteam’ austríaco que maravillaba a Europa, Mussolini se aseguro de cenar la noche anterior con el colegiado quien tampoco tuvo su día más neutral ya que el gol italiano dio la sensación de ser en fuera de juego. Se cumplía la frase de Mussolini al presidente de la federación cuando la FIFA eligió a Italia como sede: “Italia debe ganar este Mundial, es una orden”.

Sus saludos fascistas antes del partido y jugar los cuartos de final ante los locales con un uniforme negro como homenaje a las camisas negras mostraron claramente que los de Mussolini no iban con talante dialogante. Ni siquiera con el propio seleccionador italiano ya que, en el descanso de la final, Il Duce le mandó un telegrama al técnico Pozzo: “Vencer o morir”. El día de la final, que enfrentó a Italia contra Checoslovaquia, Il Duce le dijo personalmente al seleccionador italiano Vittorio Pozzo “que Dios le ayude si llega a fracasar”. Italia ganó el mundial y Pozzo vivió para ganar el oro en las olimpiadas de Berlín 1936 y de nuevo el mundial en Francia 1938. Italia no volvió a ganar un Mundial hasta 1982 en España.

Vista la importancia que algunos dictadores le asignan al deporte rey, si ustedes conocen el caso de algún país, donde la federación de fútbol carezca de recursos para cubrir los gastos de traslado de su selección y ni para pagar los honorarios del cuerpo técnico, le alcance, pero, de buenas a primeras, el gobierno del país se comprometa a cubrir todos los gastos, quedan advertidos de que, la medida no es tan generosa e inocente, como parece serlo, porque en el fondo, guarda un profundo componente ideológico y propagandístico.

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