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Francisco José Virtuoso, s.j.: “La gente sí cree en la democracia como método, pero hay un desencanto con los fines”

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Por Juan Salvador Pérez

Licenciado en Ciencias Políticas y doctor en Historia de las Ideas Políticas de Venezuela. Desde 1996 a 2002 se desempeñó como director del Centro Gumilla, cargo que retomó entre 2007 y 2010. Fue director de la revista SIC. Actualmente es rector de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) y en esta oportunidad lo hemos invitado a compartir sus ideas sobre democracia y la influencia de la Doctrina Social de la Iglesia en Venezuela

—El surgimiento de la Doctrina Social de la Iglesia es un hecho determinante para el catolicismo contemporáneo. ¿Qué tan conocida y aplicada es la Doctrina Social de la Iglesia hoy día en Venezuela?

—La Doctrina Social de la Iglesia es el fundamento de la acción social de la Compañía de Jesús en Venezuela y la Iglesia como tal. En 1938, la revista SIC adopta como orientación fundamental lo indicado en la Rerum Novarum. Por esos tiempos, también la encíclica Quadragesimo Anno (1931), publicada en el marco de los cuarenta años de la Rerum Novarum por el papa Pío XI, y cuyo borrador fue redactado por dos sacerdotes jesuitas, ponía de relieve la cuestión social en nuestro país.

El editorial N° 1 de la revista SIC es todo un poema que refleja el nacimiento de una Venezuela moderna; es la Venezuela que está desarrollándose a plenitud, con todo y las implicaciones de los procesos migratorios, la urbanización, el desarrollo de la industria petrolera. Frente a esto se tenía como tarea principal el abordaje de la cuestión social desde la perspectiva de la justicia social, tal como lo planteaba la encíclica.

Francisco José Virtuoso, s.j.: “La gente sí cree en la democracia como método, pero hay un desencanto con los fines”
Crédito:Jesús Montilla Arellano

Desde entonces, SIC incluiría entre sus principales temas la organización obrera, la justa reivindicación, la lucha por un salario digno, el empeño por contener los abusos del empresariado –en ese momento naciente– a través de la legislación laboral, entre otros.

Este proceso tuvo una amplia repercusión en la Iglesia hasta los años 70, aproximadamente. Un proceso que termina con el triunfo del Partido Socialcristiano (Copei), el cual nace con una clara vocación de lucha por la conquista de la democracia, teniendo como ideario de fondo las enseñanzas contenidas en la Doctrina Social de la Iglesia y una preocupación compartida –con la Iglesia– por la realidad social del momento.

Ese es el tiempo de los famosos cursillos sociales. En la Iglesia existe una suerte de “gran comunión” en torno a la necesidad de formar a los jóvenes en estos temas, en fomentar el compromiso social en la conquista de la democracia, aportando precisamente sus enseñanzas en esa dimensión.

Entonces, yo te diría que, sin lugar a dudas, la Doctrina Social de la Iglesia tuvo un rol protagónico en la sociedad venezolana, y en el contexto político a través de Copei, que influenció el acontecer nacional por más de tres décadas.

—¿Se podría decir entonces que los jesuitas son los grandes promotores o abanderados de la Doctrina Social de la Iglesia en Venezuela?

—Sí, a través de la revista SIC. Y tuvieron el acierto de poner esa bandera en manos de mucha gente. Una vez que la Iglesia asumió esa propuesta, la revista SIC se convirtió en la gran orientadora del proceso. Luego, a partir de la llegada de Copei al poder y producto de las transformaciones que se van dando dentro de la Iglesia, la Doctrina se tornó incompleta; de allí surge la necesidad de seguirla enriqueciendo, y comienza todo un proceso de discusiones y ajustes para la incorporación de nuevos elementos. Un proceso que no solamente se estaba dando en Venezuela, sino en el mundo entero.

Todos los aportes, por ejemplo, de Pablo VI, fueron claves para enriquecer el contenido de la Doctrina Social de la Iglesia. En América Latina fue fundamental la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de Medellín (1968), que asienta fundamentalmente la Teología de la Liberación, un proceso entonces necesario para América Latina.

Más adelante, producto de las deliberaciones crecientes, a partir de los años 90, con Juan Pablo II, la Doctrina Social de la Iglesia adquirió nuevos aires… Incluso en este contexto sigue siendo un referente importante para el catolicismo, uno que se ha ido enriqueciendo con el tiempo.

—¿Hoy hablamos de “Doctrina” o “Pensamiento” Social de la Iglesia?

—Esa fue una crítica muy propia de los años 70. Sucede que “doctrina” sonaba a eso, a una estructura muy rígida, con sus principios y dogmas; por eso ahora preferimos llamarla “enseñanza social de la Iglesia”, porque recoge precisamente lo que la Iglesia nos enseña –entre otros temas– sobre la vida en sociedad.

—Según la Enseñanza Social de la Iglesia, la democracia consiste en “… un ordenamiento y, como tal, un instrumento y no un fin. Su carácter ‘moral’ no es automático, sino que depende de su conformidad con la ley moral…” ¿Cuál sería hoy, en nuestra realidad venezolana, esa conformidad con la moral?

—Esto es una formulación bastante escolástica, que se aplicaría a muchas cosas. La economía también es un medio, la política en general es un medio, el gran fin fundamentalmente es el bienestar y la dignidad de las personas. En ese sentido es el bien moral mayor que debemos perseguir; que las personas vivamos como hijos de Dios, desarrollando todas nuestras potencialidades y dando lo mejor de nosotros mismos.

Occidente ha aprendido una lección muy importante al respecto: la democracia es el medio político que más contribuye a la convivencia humana, al respeto de los derechos humanos, al desarrollo de la libertad, al desarrollo de la corresponsabilidad… No obstante, allí hay un tema muy serio. Cuando evaluamos los regímenes políticos, reconocemos que una democracia es democracia, solo si cumple con sus mínimos teóricos requeridos. Según las concepciones teóricas de Robert Dahl, por ejemplo, una democracia es democracia si hay elecciones libres y competitivas, si existe división entre los poderes del Estado, si la agenda pública es una agenda abierta, si existe respeto a la libertad de expresión, etcétera. Todo esto es importante para poder llamar a las cosas por su nombre, pero no siempre es suficiente.

Francisco José Virtuoso, s.j.: “La gente sí cree en la democracia como método, pero hay un desencanto con los fines”
Crédito: Jesús Montilla Arellano

En efecto, en Venezuela nosotros tenemos un sistema electoral competitivo, vemos que la gente debate, hay una agenda pública abierta; y existe, si se quiere, libertad de expresión, pero ¿esto permite que tengamos una convivencia más humana y más justa? ¿Se respeta la dignidad de las personas? ¿Hay mayor inclusión y bienestar social?

El instrumento (la democracia) puede ser ideal, pero en la práctica tiene que cumplir con unos fines. En este sentido, el más reciente libro elaborado por la Asociación de Universidades Confiadas a la Compañía de Jesús en América Latina (Ausjal), titulado Crisis y desencanto con la democracia en América Latina, parte de esa reflexión.

Los resultados arrojaron que la gente sí cree en la democracia como método –y cuando hablo de democracia estoy hablando de este modo fundamental de arribar al poder y de constituir el gobierno y establecer el proceso de participación social–, pero hay un desencanto con los fines; es decir, hay un problema fundamental en cuanto a si somos sociedades más inclusivas, somos sociedades más igualitarias, somos sociedades con más oportunidades; si se combate mejor la corrupción, si la justicia es de acceso común… ¿Podemos responder a nuestras grandes deficiencias como sociedad a través de gobiernos elegidos democráticamente? La gran mayoría de la gente te dirá “sí y no”, puesto que los fines previstos por este medio todavía no están del todo garantizados.

Hoy en día existe la necesidad de ajustar los medios a los fines, partiendo de la siguiente interrogante: ¿Cómo lograr que nuestros sistemas democráticos respondan efectivamente a los grandes desafíos que tenemos como sociedad?

En la mayoría de los países democráticos de América Latina, el ciudadano común vota con mucho entusiasmo por su candidato, pero a los seis meses está desesperado por darle salida al gobierno… La gente siente que todas las “promesas electorales” se convierten en demagogia, porque no hay manera de controlar a los gobernantes una vez que llegan al poder. En ese sentido, existe actualmente un profundo desencanto. Las expectativas de la población son desairadas con el mero cumplimiento de los procesos formales de la democracia; procesos institucionales que hace falta enriquecer todavía mucho más, para garantizar una respuesta oportuna a los grandes problemas que nos atañen como sociedad.

—Le hago ahora una pregunta corta, pero para nada sencilla: ¿Los venezolanos creemos en la democracia? ¿Somos los venezolanos sujetos democráticos? Y si no, ¿podríamos llegar a serlo?

—Entendiendo que la población ha asumido la democracia como el método más conforme para constituir el poder político y el gobierno del Estado, sí. Este es un pueblo que quiere votar, por ejemplo, por eso siempre me ha parecido un error oponerse a los procesos electorales aún con las deficiencias que tenga. Somos muy conscientes de los problemas que tienen los procesos electorales en el país, pero la gente quiere participar, quiere votar y quiere que sea ese el método para elegir a sus representantes. Aún en esta coyuntura, el 75 % de la población venezolana quiere un cambio político, pero uno que apueste por las vías democráticas.

“La democracia es una forma de vida”, decía Caldera. Una forma de vida –le agregaría– que trasciende. Democracia es capacidad de entendimiento, capacidad de diálogo, de deliberación; es respeto por el otro, es entender que si yo no tengo la razón y hay una mayoría que opina lo contrario a mí, pues, tengo que asumir esa posición contraria a la mía por el bien común; lo cual, además, implica que aunque tú seas mayoría no vas a acabar conmigo que soy minoría, pero esto aún nos cuesta asumirlo y comprenderlo. Todo lo anterior comienza con la cultura más básica, esa que va desde los grupos primarios y pasa por la familia, fomentando la capacidad de debatir, de escucharnos, de llegar a acuerdos, etcétera.

Francisco José Virtuoso, s.j.: “La gente sí cree en la democracia como método, pero hay un desencanto con los fines”
Crédito: Jesús Montilla Arellano

Al poder en Venezuela le ha costado mucho asumirse como un poder democrático. El poder es una estructura que está pensada precisamente para dirigir y conducir a la búsqueda de unos objetivos mayores, pero la búsqueda de esos objetivos mayores, mal administrada, puede ser distorsionada. Muchas veces, pues, el poder se queda en la consecución del poder por el poder mismo, lo cual implica vaciar a la democracia de sus valores fundamentales.

Yo diría que los venezolanos somos en parte democráticos. Creo que hemos asumido la procedimentalidad democrática, pero estamos todavía en proceso de asumir sus implicaciones como forma de vida.

–Francisco José Virtuoso, no el rector, sino el hombre sencillo y sacerdote jesuita, cuando reza… ¿Cómo lo hace? ¿Cuál es su petición más recurrente?

–Yo lo que pido es sentirme cada vez más en manos de Dios. Siento que la espiritualidad, la relación de cercanía con Dios, pasa por “sentirse en relación”, en dependencia última de Dios, es decir, sentir a Dios Padre, sentir a Dios en la persona de Jesús que te acompaña y está contigo, y sentir la fuerza del Espíritu que te impulsa a seguir caminando. Para mí la oración es tratar de cultivar esa relación.

En mis sermones, en las homilías, en los consejos que me pide la gente, al final yo termino diciéndoles lo mismo: “Ponte en manos de Dios y deja que Dios sea Dios”. Cuesta mucho, porque uno quiere ser, uno es protagonista de su vida, pero cómo vivir ese protagonismo sabiendo que, sin embargo, no tienes tú la última palabra, sino que hay alguien mayor que tú; un Dios que quiere ser padre y que nos enseñó a ser hijos como Jesús y que nos da la fuerza de su Espíritu para avanzar.

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