En el vasto lienzo de la historia venezolana, dos figuras se alzan como baluartes de esperanza y virtud: José Gregorio Hernández, el “Médico de los Pobres”, y Madre Carmen Rendiles, la fundadora de las Siervas de Jesús. Ambos, con trayectorias distintas pero convergentes en su esencia, nos ofrecen un espejo donde mirar nuestra identidad como nación. En tiempos de incertidumbre y fractura social, sus vidas son un mapa de ruta hacia la reconstrucción del tejido cívico, una lección de cómo transformar la adversidad en un legado que trasciende generaciones. Son, sin duda, ejemplos de civismo.
Entre dictaduras y transiciones: el contexto histórico
José Gregorio Hernández vivió en una Venezuela marcada por el caudillismo y el autoritarismo. Bajo los regímenes de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, el país oscilaba entre las promesas de modernización y las cadenas del centralismo dictatorial. En contraste, Madre Carmen Rendiles floreció en un siglo XX que transitaba desde la dictadura gomecista hacia los primeros pasos de la democracia, enfrentándose a una sociedad en rápida secularización.
Ambos fueron testigos de épocas convulsas, donde la política estaba dominada por figuras omnipresentes y los derechos ciudadanos eran más una aspiración que una realidad. Sin embargo, sus respuestas a estas circunstancias no fueron de confrontación directa con el poder, sino de construcción desde abajo: a través del servicio, la educación y la cohesión social. En un país donde las instituciones eran frágiles o inexistentes, ellos se convirtieron en instituciones vivientes.
José Gregorio Hernández: sanar a todos como acto cívico
José Gregorio Hernández no solo curaba cuerpos; curaba también las heridas invisibles de una sociedad dividida por las desigualdades económicas y sociales. Médico brillante y pionero en su campo, entendió que la ciencia no solo es un instrumento para el progreso individual, sino una herramienta poderosa para construir nación.
En una época donde la medicina era privilegio de las élites, él rompió barreras atendiendo tanto a los ricos como a los más pobres con la misma dedicación. Su consultorio era un microcosmos de igualdad, un espacio donde el clasismo quedaba suspendido por el peso de la humanidad compartida. Siendo un hombre profundamente religioso, su espiritualidad no lo aisló del mundo terrenal; al contrario, lo impulsó a actuar con un civismo que trascendía las fronteras del dogma.
Una anécdota que resalta su grandeza cívica ocurrió durante la Primera Guerra Mundial. En medio de un conflicto que desangraba al mundo, José Gregorio ofreció su vida a Dios a cambio de la paz. Su muerte trágica al día siguiente de la firma del Tratado de Versalles es vista por muchos como una coincidencia cargada de simbolismo. Más allá del misticismo, este acto nos recuerda que el sacrificio personal por el bienestar colectivo es una de las formas más sublimes de civismo.
Madre Carmen Rendiles: la fortaleza hecha institución
Si José Gregorio Hernández representa la ciencia y la caridad, Madre Carmen Rendiles encarna la tenacidad y la capacidad de construir en medio del caos. Nacida sin su brazo izquierdo, su discapacidad podría haberla relegado al aislamiento en una sociedad que aún no entendía el concepto de inclusión. Sin embargo, ella convirtió su aparente limitación en un símbolo de resiliencia.
En medio de una Venezuela que buscaba su identidad entre las tensiones del autoritarismo y los primeros pasos democráticos, Madre Carmen entendió que la verdadera transformación social requería estructuras sólidas. Fundó las Siervas de Jesús con un enfoque claro: adaptar su misión a las necesidades específicas del país. Sus colegios y casas de formación no solo educaban mentes; formaban ciudadanos comprometidos con el bien común.
Su vida es un testimonio poderoso de cómo las limitaciones personales o sociales pueden superarse con voluntad y fe. Al separarse de una congregación francesa para fundar una orden venezolana, demostró que la autonomía institucional es clave para enfrentar los desafíos locales. En tiempos donde las instituciones públicas eran débiles o corruptas, ella construyó espacios donde florecían los valores cívicos.
Hoy nos hablan de civismo
Hoy, Venezuela enfrenta una crisis multidimensional que ha fracturado su tejido social y sembrado incertidumbre en el corazón de sus ciudadanos. La migración masiva, el colapso económico y la polarización política han dejado al país en una encrucijada histórica. En este contexto, las vidas de José Gregorio Hernández y Madre Carmen Rendiles resuenan con fuerza renovada.
Primero, nos enseñan que el civismo no depende del contexto político. Ambos vivieron bajo regímenes autoritarios o en transición, pero nunca dejaron que las circunstancias externas definieran su capacidad de actuar como ciudadanos ejemplares. En una Venezuela donde muchas veces se espera que “otros” resuelvan los problemas —ya sean líderes políticos o actores internacionales—, ellos nos recuerdan que cada ciudadano tiene un papel crucial en la construcción del país.
Segundo, nos ofrecen un modelo de reconciliación en tiempos de polarización. José Gregorio atendía a todos sin importar su posición social o política, mientras que Madre Carmen construyó instituciones inclusivas que rompían barreras sociales. Su mensaje es claro: solo a través del reconocimiento mutuo y la solidaridad activa puede una sociedad sanar sus divisiones.
Finalmente, ambos nos invitan a ser agentes de paz. En un país donde el conflicto parece ser la norma, su legado nos recuerda que la paz no es solo ausencia de violencia, sino un esfuerzo constante por construir puentes y generar espacios de encuentro.
Faros en la tormenta
José Gregorio Hernández y Madre Carmen Rendiles son más que figuras religiosas; son arquetipos del ciudadano ideal en tiempos difíciles. Sus vidas nos enseñan que incluso en medio de regímenes autoritarios o transiciones inciertas, es posible actuar con excelencia, solidaridad y compromiso cívico.
Hoy más que nunca, Venezuela necesita héroes civiles como ellos: personas capaces de transformar sus contextos inmediatos sin esperar condiciones perfectas. Su legado no solo ilumina nuestro pasado; proyecta una luz esperanzadora hacia el futuro. En un país marcado por tantas sombras, ellos son faros que nos guían hacia un horizonte donde la ética del trabajo, la construcción institucional y el amor al a los demás son las bases para reconstruir nuestra nación.
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