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Entonces se encendió el celo de Dios por su tierra y perdonó a su pueblo

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Por Luis Ovando Hernández, s.j.

Depurar el corazón, por si se quebró la dignidad

Vista en su totalidad, la realidad no debería ser dolorosamente monocromática; la nuestra, por mucho que la observemos lo más amplia y optimistamente posible, hiere la sensibilidad hondamente por la paquidérmica crisis instalada, con sus respectivos responsables. Dirigir la mirada a cualquier rincón nacional deja la misma sensación repugnante, de rechazo por lo dado. Es decir, un descalabro generalizado, sistemático, intencionado, que cobra millares de vidas inocentes.

Lamentablemente, cuanto nos sucede no es exclusivo nuestro. Por ejemplo, si nos fijamos en la historia de Israel como nos la relata la Biblia, lo primero que salta a la vista es la iniciativa de Dios Creador de encontrarse con el pueblo, por puro Amor, y hacerse con un interlocutor válido y fiel, ofreciéndole su plan de salvación que no es otro que las personas crezcan a su altura máxima de humanidad, ayudándose mutuamente, haciendo de la tierra un cielo, donde vivir como hijos y hermanos, recíprocamente.

Israel aceptó la oferta divina. Este proyecto supuso para el pueblo un peregrinaje hasta llegar a la tierra prometida. El recorrido estuvo marcado por altibajos, por momentos de entrega sincera al Amor, superándose como pueblo, pero también estuvo signado por la idolatría y la infidelidad. Se sucedieron igualmente guerras y deportaciones, hambrunas y muertes inconcebibles.

Un “resto” supo mantenerse fiel al Pacto establecido con el Señor, aunque esto no le impidió ser testigo de las desidias, angustias y fatalidades que inmisericordemente padecían todos. Una de las primeras realidades, que las calamidades padecidas se llevaron consigo, fue la dignidad de las personas, que se entregaron irrefrenablemente al enemigo, a los falsos dioses, a desórdenes de todo tipo, interrumpiendo así la relación con su Dios, y con ello, distorsionando los modos de encuentros humanizadores con sus semejantes.

Con la pérdida de toda esperanza, se va asimismo la dignidad, que no es otra cosa que el fuelle de nuestro ser personas. Nos enajenamos, somos extraños a nosotros mismos. Se pierde el Norte, nos dejamos cubrir por la oscuridad, no caminamos, sino que damos bandazos, sin una meta, salvo acomodarnos a las circunstancias. Se comprende que queramos sobrevivir al momento, sin embargo, parece que lo hacemos a caro precio. Y la desdichada realidad en que nos vemos inmersos no cambia, sino que se encona aún más y se nos devuelve con fuerza, envileciéndonos.

Vuelve la Cuaresma. Es un tiempo litúrgico católico, que halla sus orígenes en la experiencia de cuarenta años que pasó Israel en el desierto, depurando el corazón colectivo; es igualmente la experiencia de cuarenta días de Jesús en el desierto, acrisolando el modo como llevaría adelante la misión que Dios Padre le encomendó. Es decir, que aún hay esperanza por mucho que la realidad nos la niegue, pisoteando nuestra dignidad aquellos que son responsables del estado en que nos encontramos, con la intención de eliminarla por completo.

De las incertidumbres y dolores vividos a diario, somos responsables todos. Unos más que otros, evidentemente. De parte nuestra, es menester volver a los comienzos. O sea, a la relación amorosa con Dios, para que recuperemos la estatura humano–espiritual con que Dios Padre nos ve, y cuya medida es la persona del Nazareno.

Este regreso a la Fuente de la Vida implica obviamente rehacer el camino, con la lección aprendida, con la fe puesta en el Amor que todo lo comprende y perdona, y que nos tonifica para retomar ahora sí la vía, de manera que la recorramos a ejemplo de Jesucristo, varón de dolores y vencedor de la muerte y de la desesperanza. Este camino lo hizo ya el Señor, quien, encendido de amor por su tierra, perdonó a su pueblo de todos sus pecados, fallas, maldades e iniquidades.

Tenemos pues ante nosotros un camino particular, litúrgico, festivo, para “limpiar” la casa que es cada uno de nosotros, para acompañar solidariamente al Amigo que va a su Pasión, para con su muerte renovar nuestra esperanza, para con su Resurrección consolarnos, darnos Vida y una misión para nuestras existencias.

Cuarenta días especiales, para depurar nuestro corazón, para recuperar nuestra dignidad y la esperanza en un mejor porvenir.

Ayuno, limosna y oración

Consuetudinariamente, la Iglesia ofrece algunas “prácticas” tradicionales para vivir más intensamente este tiempo fuerte. Éstas son el ayuno, la limosna y la oración.

Hoy día, hablar del ayuno es un escollo difícil de superar, que nos coloca en una situación incómoda e incluso patética, porque da la impresión de que somos unos sarcásticos, insensibles al promoverlo, sobre todo en una realidad de verdadera hambruna que atravesamos, donde ni siquiera la moneda extranjera alcanza para comer dignamente, donde malcomemos, donde algunos bienes materiales nos están prohibidos, donde nuestras mesas son cada vez más magras, deficientes, desbalanceadas. ¡Ojalá hubiese carne en nuestras mesas, de la que abstenernos durante la Cuaresma!

Muchos de nosotros hemos intentado sobreponernos a la dificultad, predicando el ayuno de otras realidades que nos son inherentes: el egoísmo, la envidia, las maledicencias, el vano orgullo, el atropello, etcétera.

Ahora bien, hay una constante en la Iglesia, más allá del ayuno, que es su razón de ser. Es decir, se ayuna tomar consciencia de nuestra total dependencia de Dios. Sin él, poco o nada somos. Con él, es bueno ir por la vida. Depender de él hace que las realidades antes mencionadas, no tengan espacio en nuestra existencia.

Con la dependencia puesta en Jesús, se enciende el celo divino por nuestra tierra, y nos da el valor para rechazar el ayuno sistemático a que nos tienen sometidos: ayuno de salarios justos, del alimento, de educación, de servicios básicos, de democracia.

El tiempo cuaresmal también pone en nuestras manos la práctica de la limosna. Es decir, dar al necesitado el bien material que le es negado. He aquí pues una buena praxis fundada en la solidaridad. Solidaridad que cobra una luz especial cuando damos en medio de la escasez, cuando compartimos lo poco que tenemos, devolviendo, desparramando dignidad, aumentando la propia. Y en este aspecto somos ejemplares, porque nuestro cotidiano está determinado por la solidaridad estructural y doméstica.

Sobre la oración se pueden decir muchas cosas. En el fondo, la oración es primeramente oír a Dios, que se nos comunica a través de todos los acontecimientos, que son sus signos en este tiempo, así como lo hace mediante su Palabra escrita y predicada, de igual modo que se manifiesta gracias a las personas que lo llevan por dentro.

Para que esto sea posible, debemos dedicarle tiempo de calidad, desconectándonos por un rato de toda dinámica que distraiga, o que preocupe (lo bueno de las preocupaciones es que, al dejarlas de lado por un espacio de tiempo, cuando terminemos de escuchar a Dios, ellas seguirán ahí; así que no ayuda llevarlas a la oración). Por supuesto, debemos desconectarnos del celular también… después lo retomamos.

Dicho lo anterior, en segundo lugar, la oración es hablarle a Dios, contarle lo que llevamos dentro, que nos oprime y angustia (ahora sí debemos decirle lo que nos preocupa), o que nos alegra y nutre. Hay que «hablar como un amigo habla a su amigo» (San Ignacio de Loyola), donde no existen secretos, porque él lo sabe todo. Pero, igual se lo contamos. Es bueno y hace bien esta práctica.

Las cenizas inician la Cuaresma

El primer gesto litúrgico que da inicio a la Cuaresma es la imposición de las cenizas. Es un símbolo “polivalente”, tiene varios significados. Generalmente, al momento de signarnos con la cruz de ceniza en la frente, oímos que se nos dice “recuerda que eres polvo, y en polvo te convertirás”, o bien “conviértete, y cree en el Evangelio”. Las frases se explican por sí mismas. Las cenizas tienen varias “valencias”.

Con las cenizas nos hacemos conscientes de lo efímero de la existencia. Esta toma de conciencia debería llevarnos a comprender que no podemos perder el tiempo en aquello que no vale la pena. Con las cenizas se limpiaban los utensilios de cocina, dejándolos relucientes, cambiando de estado; las cenizas son el símbolo del penitente y del que se convierte, y vuelve a Dios, su Origen.

En ciertos ambientes agrícolas se coloca cenizas a algunos alimentos y frutas, y se los envuelve —el plátano y el aguacate, por ejemplo— para así ayudar a su maduración. De igual manera, las cenizas simbolizan para nosotros la aceleración del proceso de crecimiento como personas, hasta alcanzar el modelo del Hombre Jesús. Finalmente, “donde hubo fuego, cenizas quedan”. Es decir, por muy paradójico que parezca, las cenizas simbolizan no solo nuestra finitud, sino también que estamos hechos para la Eternidad, que no estamos entrampados en esta historia.

En síntesis, contamos con un tiempo especial para purificar el corazón, recobrando la dignidad y la esperanza, mediante una mayor concientización de nuestra dependencia de Dios, siendo honestamente solidarios y en constante comunicación con nuestro Señor, a quien ofrecemos todo. Que el Dios encendido de celo por nosotros, que nos perdona, nos habilite también, para que nos convirtamos en colaboradores de su proyecto amoroso para con todos.

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