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Edificio Centro Valores, local 2, Esquina de la Luneta, Caracas, Venezuela.

En Venezuela la cultura resiste e insiste

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Hilda Lugo Conde*

La mañana del domingo 1 de agosto de 2021, los venezolanos –los que se fueron, los que se quedaron– amanecieron con la mirada puesta en la noche de Tokio: Yulimar Rojas, la espigada caraqueña de 25 años de edad, la que escucha salsa antes de salir a la pista, la de las piernas larguísimas y torso esculpido, buscaba hacer historia en el salto triple de los Juegos Olímpicos 2020, pero celebrados en 2021 debido a la pandemia. Y, alrededor de ella, un país polarizado hasta para festejar gestas deportivas y culturales celebró –no sin muchos cuestionamientos en redes sociales por su cercanía con el gobierno– medalla de oro, récord olímpico y récord mundial para aquella joven que se paseaba emocionada, con sonrisa de niña, por el Estadio Olímpico de Tokio. “Qué felicidad es lograr las cosas que uno se propone”, dijo ante las cámaras de la cadena Eurosport. Y remató: “Esta medalla es para mi país”.

Yulimar Rojas, campeona olímpica en Tokio 2020-2021. Crédito: REUTERS

La tarde del 13 de noviembre, en el Patio de Honor de la Academia Militar, 12 mil integrantes del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, se reunieron para establecer un récord como la orquesta más grande del mundo que ostentaba una agrupación rusa desde septiembre de 2019. De nuevo, en ese otro país que han bautizado como “Tuiterzuela”, los venezolanos volvimos a enfrentarnos: los que, indignados, volvían a señalar a El Sistema como un instrumento de propaganda de la era chavista-madurista, un programa de Estado creado hace 46 años por José Antonio Abreu, hombre pragmático que supo siempre relacionarse con el poder y favorecerse de él. Y los que, por otro lado, celebraban que, a pesar de esa relación construida durante las últimas dos décadas y que le ha valido muchos detractores a una institución que beneficia alrededor de un millón de niños y jóvenes en todo el país, esta se mantenga en pie en una nación donde impera, también desde hace veinte años, la destrucción institucional. “El Sistema ha sobrevivido”, decían.

Orquesta
Andrés David Ascanio Abreu, director de la Orquesta Nacional Juvenil de Venezuela. El Sistema. Cortesía @victoramaya

Nos alegrábamos los venezolanos por las victorias de nuestros deportistas, por las coronas de las misses –aunque a muchos les cueste reconocerlo–, por los logros de nuestros artistas, sin mezquindades. En aquel país cabíamos todos y festejábamos. Es ese país que se une para gritar los goles de la vinotinto, para celebrar los quinientos jonrones de Miguel Cabrera y el desempeño de sus atletas en los más recientes Juegos Olímpicos; para llorar de emoción con la ceremonia de beatificación de José Gregorio Hernández; un país que mira cómo sus escritores cuentan desde la diáspora la tragedia nacional y reciben premios, y cómo los que han continuado en el país son también reconocidos en el exterior y se empeñan, en una industria editorial que resiste, en seguir narrando, contando, escribiendo; cómo sus artistas plásticos interpretan la realidad desde los más distintos ángulos y en los más diversos formatos; cómo el teatro, en las voces de nuevos y consagrados talentos, da cuenta de una nación que hemos ido perdiendo en obras que sacuden al espectador desde la primera línea; cómo sus músicos de todas las orquestas, de todos los géneros y en cualquier escenario contagian, emocionan y se enorgullecen de su gentilicio, y cómo sus cineastas revisan el pasado o, a través de nuevas historias, ponen en contexto el día a día de los últimos años para tratar de entender un presente que resulta en muchas ocasiones aplastante.

Es Venezuela ese país que, en la más honda de sus crisis, ha encontrado en la cultura un faro que ilumina y sostiene. En el que todavía es posible, durante el fin semana, asistir a una exposición, ir al cine, a un concierto, a una obra de teatro, a la presentación de un libro, a una degustación de chocolate, a una clase de karate al aire libre en un parque, a un recorrido por la ciudad con muchos de esos grupos que han decidido invitar a los ciudadanos a redescubrir su ciudad y a caminarla sin miedo. Vida en medio del caos.

Porque en esa nación en la que los museos solo son estructuras con salas vacías y deterioradas, las galerías han abierto una puerta para que los artistas plásticos continúen expresándose. Y cuando los grandes sellos editoriales han decidido marcharse del país, han nacido otros mucho más pequeños, gerenciados por entusiastas emprendedores venezolanos, que han permitido que las letras venezolanas sigan llegando a las librerías, las pocas que quedan. Un país donde los humoristas, censurados tantas veces, han encontrado en Internet una manera de desafiar al poder. Y donde la gastronomía nacional comienza a escribir un capítulo importante gracias a la migración: los tequeños y las arepas, por ejemplo, seducen los paladares de comensales alrededor del mundo.

En Venezuela, la cultura resiste e insiste por el bien de una sociedad, y de sus ciudadanos, a los que invita a reflexionar, a los que inspira y transforma en sus días más oscuros.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura:

[…] la cultura puede considerarse como el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan una sociedad o un grupo social. Ella engloba, además de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales al ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias.

Nuestra cultura no puede, en consecuencia, estar sometida a ningún orden ideológico, mucho menos excluir ni ser un mecanismo de control.

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Daniel Dhers, medalla de plata en ciclismo BMX freestyle en los Juegos Olímpicos de Tokio, hace piruetas en la Cota 905, oeste de Caracas. Crédito: Federico Parra / AFP

El sábado 14 de agosto, Daniel Dehrs, medallista de plata en la categoría BMX Freestyle en los Juegos Olímpicos Tokio 2020, en su primera parada en el país como campeón, decidió visitar la Cota 905 para participar en una jornada deportiva y social organizada por la ONG Otro Enfoque. Allí, donde apenas unas semanas antes los habitantes de la zona habían vivido un infierno desatado por El Koki y los suyos que dejó muertos, heridos y miedo, mucho miedo, el caraqueño de 36 años de edad había llegado con su bicicleta, su sonrisa y su discurso de paz y de motivación que no deja de promover en cada una de sus apariciones. En una de sus tantas interacciones en redes sociales con sus fanáticos, a propósito de aquella tarde en El Paraíso, comentó: “La cultura y el deporte salvan vidas”.

Salvan y convocan. Como el video animado del tema Have yourself A Merry Little Christmas, publicado en el canal oficial de Frank Sinatra en YouTube, que dirigió el venezolano Daniel Calcaño. Un video que contaba la historia de los miles de migrantes que como él han salido no solo por el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía, también es la historia de aquellos que con poco, y desafiando mucho, caminan por el continente buscando un futuro mejor. Y allí, en una pieza audiovisual de no más de 3:35 minutos, el director caraqueño mostraba ese ritual que diciembre tras diciembre reúne a la familia venezolana alrededor de una mesa para hacer hallacas y celebrar la llegada del Niño Jesús. Un video que habla de cultura, gentilicio, raíces y tradiciones en tiempos adversos, que conmovió a millones de venezolanos alrededor del mundo. Y allí en esa canción, en esas imágenes estábamos muchos retratados que procuramos, como cantaba La Voz, tener una pequeña Feliz Navidad:

“Haz que todo sea feliz, el próximo año nuestros problemas estarán lejos (…) los amigos que nos quieren estarán cerca […] algún día estaremos todos juntos, si el destino lo permite” …

Volveremos.


*Jefe de Información en El Nacional. Miembro del Consejo de Redacción de la revista SIC.

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