Una lección de Tolkien para estos tiempos
Debo decir que no soy humanista ni un asiduo lector. Sin embargo, me resultan sumamente interesantes aquellas obras que, gracias a la genialidad de sus autores, consiguen brindarnos una nueva perspectiva de nuestra realidad a través de ingeniosas narrativas, personajes inolvidables y metáforas de una calidad excepcional. Muchas de ellas son capaces de expresar lo que resulta inalcanzable para la mayoría de nosotros frente a los grandes dramas de nuestros tiempos: guerras y violencia, juegos geopolíticos, intereses económicos y mucha, pero mucha dialéctica ideologizada. Por ello, me resulta sumamente interesante constatar la profundidad de Tolkien y su capacidad para suscitar preguntas relacionados a temas muy vigentes hoy en día.
La tentación del poder
El gran escenario de su obra se ubica en la Tierra Media, donde el mal no se manifiesta únicamente como una gran torre de hierro, como podría esperarse, sino que se muestra como una persuasión. El Anillo Único representa la máxima expresión de una voluntad que busca imponer orden y, en última instancia, someter todo a su poder. La gran trampa que Tolkien despliega no es la malicia pura, sino la tentación de los «grandes propósitos» alcanzados por el camino más corto. Personajes como Boromir, el gran guerrero y defensor de Gondor, impulsados por una necesidad legítima de protección, incurren en el error de creer que es posible heredar la herramienta del enemigo sin asumir su tiranía. Al procurar ejercer un control absoluto, Boromir deja de cumplir con su función de protección y se convierte en un eslabón más de la cadena que intentaba romper. La sombra de Saruman, el mago protector de la Tierra Media, sucumbe a la tentación del anillo y, en lugar de enfrentarse al mal, se convierte en su esclavo. En nombre del «nuevo orden» al que pretendía llegar, se convierte en artesano de maquinarias y sistemas de destrucción.
Una humildad desarmante
En contraste con la espectacularidad de los grandes señores y personajes fantásticos, la verdadera fortaleza radica en lo más inesperado: la sencillez de la Comarca. En este lugar, habitan los Hobbits, individuos caracterizados por su renuncia al deseo de ejercer el poder sobre otros. Precisamente, su falta de ambición los convierte en sujetos invulnerables a la lógica del poder. Mientras los sabios debaten sobre estrategias de gran envergadura, el destino del mundo reposa en quien opta por la serenidad de cuidar un jardín. La derrota definitiva de la oscuridad se manifiesta en los pequeños gestos de Sam y en su amistad con Frodo. El mal no logra comprender la lógica del sacrificio desinteresado; se prepara para enfrentar una fuerza que lo igualará en violencia, pero se encuentra con una humildad que lo desarma.
El tiempo necesario
Por un lado, el mal tiene prisa; quiere resultados inmediatos, máquinas que produzcan y espadas que conquisten. Por el contrario, los grandes Ents, grandes criaturas guardianes de los bosques, representan la sabiduría del tiempo necesario. Su resistencia es lenta, deliberada y profunda. Los Ents no se dejan arrastrar por las corrientes del momento. Solo cuando la injusticia hiere las raíces mismas de la tierra, se mueven con una fuerza imparable, pero orgánica. Esta lentitud es una advertencia contra la urgencia de quienes pretenden cambiar la realidad mediante el estruendo y reformas que carecen de raíces profundas.
El valor de la comunidad
La lucha contra el mal, personificado en Sauron, no es una empresa de héroes solitarios, sino el resultado del trabajo en comunidad que responde a un llamado. En este encuentro interracial entre elfos, enanos, hombres y hobbits, lo que prevalece no es una doctrina impuesta, sino la amistad forjada en el camino. Cada individuo contribuye con su carácter distintivo sin desvanecerse en una masa homogénea. En contraste con las hordas que se desplazan bajo el yugo de la coerción, la «Comunidad del Anillo» progresa guiada por una promesa de bien para todos y que supera las diferencias. Esta pluralidad se erige como antítesis del poder absoluto. La relación entre un Elfo (Legolas) y un enano (Gimli), que trasciende siglos de rencores heredados, ilustra un cambio que no se impone, sino que emerge del reconocimiento mutuo y un bien común. Pareciera que cualquier intento de restaurar el mundo que ignore el valor comunitario terminará por construir una nueva torre oscura bajo un nombre diferente.
Una Gracia imprevista
La victoria final en la Tierra Media, la erradicación del mal, tiene un final inesperado. En el momento culminante en el Monte del Destino, Frodo fracasa, cae en la tentación y trata de apropiarse del Anillo, pero la intervención accidental de Gollum provoca su destrucción definitiva en el fuego. Este giro milagroso transforma el desastre total en una victoria gloriosa y revela que una gracia superior salva al mundo.
Tolkien no niega la existencia del dolor, el pecado y la muerte (la «catástrofe»), pero afirma que estos no tienen la última palabra. Aquí es donde introduce una novedad: la eucatástrofe. Para él, no se trata de un recurso literario, sino de una verdad teológica, porque veía este concepto como el núcleo central del cristianismo: un acontecimiento inesperado. Tolkien afirmaba que, en la historia de la humanidad, Dios intervino con dos acontecimientos totalmente milagrosos e inesperados: la encarnación y la resurrección.
En El Señor de los Anillos aprendemos que la humildad y la paciencia son fundamentales para cualquier empresa, y que la comunidad es el lugar donde esto es posible. Sin embargo, vivida desde la fe, esta comunidad es un lugar de comunión, donde la Gracia de Dios se hace tangible y presente. Por ello, la vida en la Iglesia no es simplemente una «eucatástrofe» como un milagro externo que nos salve del abismo al final de la historia, sino que, gracias al acontecimiento cristiano, reconocemos que la Gracia ya habita en nuestra relación con los demás. Frente a la tentación del poder y el aislamiento del individualismo, la novedad no solo es el giro inesperado, sino la certeza de que, en la comunión, recibimos el don necesario para sostenernos y caminar juntos ante cualquier desafío.
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