Por Gustavo Brandt Wallis

Un viejo gran amigo, no obstante la diferencia de edad, siempre me decía que a uno no lo enterraban cuando lo sembraban en el cementerio y le echaban las paladas de tierra sobre el cajón, sino cuando lo olvidaban. Además que acotaba, que no solo bastaba hacer lo que decía el famoso dicho: “Sí quieres que te recuerden, ten un hijo; siembra un árbol; y escribe un libro”; sino que el hijo debía tener buena memoria, el árbol no debía ser cortado y el libro debía de ser publicado y tener una mediana circulación e interés en el público.

Todo ello viene a colación, ya que el pasado 14 de noviembre se cumplieron 65 años desde que entró a la historia de los presidentes de Venezuela, un individuo injustamente olvidado, no obstante, de lo mucho que le debemos los venezolanos y especialmente los caraqueños. Me refiero al caso del Dr. Edgar Sanabria, el Flaco para sus panas, que aunque no tuvo hijos y no se conoce si plantó árboles o no —aunque sí ayudó a la conservación a millones de ellos— escribió varios libros que se publicaron con buena circulación y gran interés para el público. Además de todo eso, fue Presidente de la República, aunque interino y por menos de tres meses, pero que comparativamente hizo mucho más en su corto periodo que algunos de los que ocuparon ese cargo por 5, 8, 9, 10 o 13 años o más tiempo. Sin embargo, tal como decía mi amigo, terminó enterrado por el olvido, al punto que las nuevas generaciones no saben quién fue ese señor, si fue o no presidente, y en tal caso qué hizo.

Lamentablemente, el Flaco, no obstante su gran preparación y erudición, no tuvo buena estrella al no caer simpático, aunque parece que lo era. Tuvo fama de pichirre, loco y excéntrico, además que algunos maledicentes quisieron achacarle otro tipo de San Benito por el hecho de haber sido un soltero irredento hasta más allá de los sesenta años, cuando se tiró al agua con una viuda con hijos. Sus anécdotas eran famosas, tales como la de poner su revólver sobre la mesa cuando llegaba a dar clase en la Facultad de Derecho en la UCV; el hecho de calcular el valor de las cosas usando como medida el sueldo de un profesor universitario; el escaparse de la escolta siendo presidente y llegar a Miraflores en un taxi; haberse sentado en el “Solio Papal” mientras esperaba una audiencia con el Sumo Pontífice siendo embajador de Venezuela ante la Santa Sede, así como otras cosas por el estilo. Pero, no obstante este tipo de salidas y otras de similar especie, que confirman mí impresión de que el personaje era excepcionalmente simpático y ocurrente, estas no fueron la causa de su entierro histórico, sino su oscuro, pernicioso y peligrosísimo vicio y pecado. ¡Era políticamente incorrecto!

En efecto, el Flaco, quien entró a la Junta de Gobierno que se formó en Miraflores la madrugada del 23 de enero de 1958 a la caída de Marcos Pérez Jiménez en calidad de secretario, aunque no en las primeras de cambio, sino cuando salieron los dos militares ligados a Pérez y entraron los civiles Eugenio Mendoza y Blas Lambertí. A pesar de que Sanabria era un desconocido para el gran público, como tristemente lo sigue siendo, a sus cuarenta y largos años que contaba para el momento, además de profesor universitario en varias ramas del derecho y en varias universidades, desde los años 40 era académico. Efectivamente, fue individuo de número de la Academia de la Lengua, así como de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales y mucho después en los años 60 lo incorporaron a la de la Historia, además de tener varios libros publicados que justificaron estar en esas corporaciones. Posteriormente, a la salida de Mendoza y Lamberti de la junta, deja el secretariado para incorporarse como miembro pleno de la misma. En esa posición lo encuentra la decisión del simpático y elegante Wolfgang Larrazábal de lanzarse como candidato a la presidencia de la república en las primeras elecciones libres luego de más de una década. Debido a diversos criterios, donde, según mi opinión, privó además de su condición de civil entre una manada de militares, su cara de pendejo redomado, lo nombraron para que supliera al marino por tres meses, quien creía que ganaría las elecciones planteadas en diciembre de 1958 y retornaría al puesto. El contralmirante, consideró que, al haber actuado de forma políticamente correcta, al repartir dinero a dos manos en el llamado Plan de Emergencia —antecedente remoto de las llamadas misiones y las bolsas CLAP—, y dada su popularidad, en febrero de 1959, el interino le devolvería la silla presidencial, pero esta vez como presidente constitucional. La equivocación de todos era, que no obstante que Sanabria si tenía cara de pendejo y además bastante pronunciada, este no ejercía como tal, y que Betancourt, aunque era rechoncho y más feo que un carro por debajo, a diferencia del marino, estilizado, elegante y con pinta de galán de novela, tenía más ascendencia en las masas y ganó la elección, por lo que Sanabria le entregaría la silla a este último.

Me imagino la sorpresa mayúscula que se llevaron cuando el enjuto personaje, con cara de pendejo tal como reiteré anteriormente, se creyó lo de presidente y empezó a mandar más que un dinamo, además que resistió como un varón varios intentos de golpes y conspiraciones. Sin preguntar pendejadas, porque como ya dije bastante no era pendejo aunque lo pareciera, comenzó a actuar, pensando en lo que se debía hacer por el país y lo que verdaderamente era correcto, aunque políticamente no lo fuera. En los menos de tres meses que duró su interinato, desde el 14 de noviembre de 1958 hasta el 13 de febrero de 1959, cuando le entrega la presidencia a Betancourt, electo en las elecciones de diciembre sobre Larrazábal, Sanabria pensó en su país, en su universidad, en cómo obtener más ingresos, en la ciudad donde creció y la montaña que lo cobijó y en el avance de la ciencia, y actuó. Sin pararle a las compañías petroleras y sin preguntarle a Rómulo, ya presidente electo, modificó la Ley de Impuesto sobre la Renta, cambiando el llamado fifty/fifty, es decir 50 % para las operadoras y lo mismo para el estado, dándole a este último un 60 % de lo que arrojara la explotación petrolera. Dicen las malas lenguas que la molestia de Betancourt fue pírrica, ya que no le consultaron, por lo que parece que Sanabria respondió que lo habían nombrado presidente para que gobernara y eso precisamente era lo que estaba haciendo. Cuando se acordó de su querida Universidad Central, el 5 de diciembre, decretó una nueva ley de Universidades y le devolvió su autonomía e inviolabilidad de sus recintos. Cuando se asomó desde su casa y vio el cerro del Ávila, el 12 de diciembre creó en el mismo un parque nacional con más de 60.000 hectáreas, para que no lo convirtieran los políticos en un barrio más grande que Petare, o los constructores en una inmensa y caótica mega urbanización. Como guinda de la torta, decretó la creación del IVIC como un reducto de la ciencia, la investigación y la innovación.

Cuando al fin, le entregó la banda presidencial a Betancourt, los políticos se tranquilizaron y se les pasó el miedo.

¡Qué susto! Qué hombre tan peligroso, y eso que tenía una cara de tonto que no podía con ella. Por eso no se puede confiar sino en pendejos certificados.

Posteriormente, fue embajador en El Vaticano en Austria y Suiza, para regresar a Caracas donde se retiró definitivamente de la vida pública, aunque de vez en cuando lo invitaban debido al protocolo a algún acto oficial o a incorporarse como invitado de piedra en alguna comisión presidencial, pero de lejitos. El Flaco era peligroso, y su incorrección política podría ser contagiosa. En las pocas entrevistas que dio, de una manera muy elegante, toreó el tema político, y finalmente murió en abril de 1989, luego de tener una relación matrimonial complicada la cual se había terminado dos años antes. Fue enterrado formal y materialmente unos días después, aunque tres décadas atrás ya sus coterráneos lo habían enterrado lejos de la memoria nacional. Era un mal ejemplo político.

Al final, aunque existe un olvido histórico sobre este extraordinario personaje, sus obras quedan y las disfrutamos, aun cuando no hay ni siquiera una plaquita, en la UCV, o en algunas de las entradas del Ávila, o en el IVIC, que lo recuerden, allí están, y todavía, al menos mientras escribo estas líneas. No obstante, en los últimos tiempos hemos visto a un Maduro visitando de noche la Universidad Central, mirando a todos lados como pajarito en grama, posiblemente no la conocía porque la ruta de su Metrobús no pasaba por allí y sus escasos conocimiento y preparación no le daban para poder ingresar a ésta como alumno y obviamente menos como profesor. Como todos sus actos de gobierno o desgobierno se hacen entre gallos y medianoche, nombrando una protectora a la UCV, para tratar de terminar con la autonomía de esta cuasi sagrada institución.

Ahora bien, no obstante de haber sido execrado de la memoria nacional, al final sus obras hablan por él. Quien se enorgullezca que todavía la UCV como universidad autónoma es un faro de luz, libertad y pensamiento libre frente al totalitarismo actual y piense en un momento por qué eso todavía es posible, y urge un poco en la historia, se encontrará con la sombra de El flaco, y eso lo hará salir de su entierro histórico. De igual forma, quien sudado y cansado al terminar la Subida del Diablo y llegar a Sabas Nieves y disfrutar el privilegio de tener algo como el Ávila, indirectamente sacará a relucir la figura del enjuto personaje, todo lo cual impedirá que volvamos a enterrar al flaco. Sí bien, yo veo difícil que los políticos actuales, o más bien los politiqueros, saquen del ostracismo histórico a una figura como el Flaco Sanabria por su incorrección política, creo que los ciudadanos deberíamos hacer algo para evitar el segundo entierro de el Flaco. Esto se puede lograr al recordarle a los universitarios que su autonomía, todavía mantenida pese a los embates gubernamentales, se le debe en gran parte a este señor, así como la preservación del Ávila como el pulmón de la ciudad, y la existencia, con toda su precariedad actual, del IVIC.

Finalmente, espero que la presente reseña lleve a alguno de mis escasos lectores a reflexionar sobre este personaje y comenten su historia y esta se esparza, para que en el futuro de una transición política, que de todas tendrá que llegar más temprano que tarde, salgan personajes de este estilo a reconstruir este caos y se multipliquen en la administración pública a todos sus niveles, de presidente hacía abajo, la figura del Flaco o de otro parecido que surgió casi 40 años después, Ramón J. Velázquez. Necesitamos personas preparadas y que piensen en el país y no en su futuro personal, en lo necesario para la reconstrucción de nuestro estropeado país, aunque ello conlleve a acciones que puedan ser políticamente incorrectas, pero ayuden a la institucionalización y a la eficacia futura como nación próspera y moderna, aunque los hundan en el ostracismo político y el entierro en vida, tal como le pasó a El Flaco.

La universidad autónoma y la autonomía universitaria en Venezuela son actualmente objeto de una gran confrontación y discusión. Ello íntimamente vinculado al proceso de cambio y transformación que impulsa el presidente de la República Hugo Chávez F. En esta confrontación y discusión actúan como protagonistas fundamentales diversos sectores: político-partidistas, academicistas, religiosos, empresarios de la educación, propietarios de medios de comunicación, gubernamentales y universitarios, etc. Interesa en este artículo hacer una historia sociopolítica de la universidad y la autonomía en Venezuela para conocer procesos fundamentales que muchos de estos actores desconocen, ignoran, ocultan y manipulan. Palabras clave: universidad, autonomía universitaria, universidad colonial, universidad republicana, reforma universitaria, intervención, emancipación.

Dado que la autonomía universitaria: Primero, continúa siendo un tema, un principio y una realidad de gran polémica y discrepancia, asumido en la actualidad de una manera oportunista por sectores universitarios que dicen defenderla a pesar de haberla combatido históricamente; o estar en universidades privadas, como la UCAB, la Santa María, la Metropolitana y Santa Rosa, que carecen de la autonomía universitaria y solo aceptan la de tipo clerical y eclesiástico; o de la Universidad Simón Bolívar también sin autonomía plena; así como sectores de las universidades experimentales y de la Universidad Bolivariana que tampoco tienen autonomía y se rigen por disposiciones gubernamentales.

Notas:

https://primicia.com.ve/opinion/cuenta-la-leyenda-el-flaco-edgar-sanabria/

https://ve.scielo.org/pdf/edu/v12n41/art15.pdf

SIC. Marzo 1999. No.612. Centro Gumilla. Caracas.

Tunnermann Bernheim, Carlos. (1983). La reforma universitaria de Córdoba. Fundación Para el Desarrollo de la Educación Superior. FEDES. Caracas.

Tunnermann Bernheim, Carlos. (2000). Universidad y Sociedad. Caracas: Universidad Central de Venezuela.

Ugalde, Luis. (1993). Cambio y Sociedad en Venezuela. Escuela de Ciencias Sociales. Caracas.