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El Papa León nos enseña a ser ecuménicos

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Estamos en la semana de oración por la unidad de los cristianos (del 18 al 25 de enero de 2026) y este año la estamos viviendo de una manera diferente, con una mayor conciencia de lo que significa vivir de manera ecuménica.

Pareciera que en el pasado ha corrido por el imaginario de nuestro pueblo católico una idea de hacer ecumenismo atrayendo a los otros cristianos a profesar la fe de nuestra Iglesia. Nada está más lejos del verdadero concepto de ecumenismo que esta idea que, al menos en un primer momento, parece ser cerrada y sectaria: los otros deben cambiar para acercarse y aceptar mis ideas.

El verdadero ecumenismo, el cual se entiende como “el conjunto de actividades y de empresas que, conforme a las distintas necesidades de la Iglesia y a las circunstancias de los tiempos, se suscitan y se ordenan a favorecer la unidad de los cristianos” (UR 4), implica apertura de mente y de corazón. Apertura de mente para aceptar que, a pesar de compartir nuestra fe en Cristo, no todos los cristianos tenemos en común el cuerpo teológico doctrinal; apertura de corazón para recibir la fe del cristiano de otra denominación como un regalo inmenso que nos da el Señor. Apertura de mente para comprender que estamos llamados a enfocarnos en aquello que nos une sin renunciar de manera particular a las diferencias; apertura de corazón para vislumbrar desde la fe el misterio de la comunión y de la unidad que aparece en los esfuerzos ecuménicos.

El Concilio Vaticano II, en su Decreto Unitatis Redintegratio, plantea que hay tres pasos importantes en este trabajo del ecumenismo: la superación de las palabras, juicios y actos que dañan la relación con nuestros hermanos separados; el diálogo que ayuda al conocimiento mutuo y a la comunión; la oración común que surge de la conciencia cristiana ordenada al bien común. Cada una de estas características han sido expresadas por los últimos Papas.

Sin embargo, en ocasiones estos hechos pueden mover el piso del cristiano de a pie (sea católico o no) si no hay una formación adecuada.

El Papa León XIV en noviembre pasado hizo su primera visita fuera de Itala. El lugar fue Iznik, Turquía, territorio que antiguamente llevó el nombre de Nicea. Resulta que 1700 años antes se realizó allí el Concilio de Nicea, donde se definió la divinidad de Cristo en la fórmula “de la misma sustancia del Padre”. Esta fórmula de fe, que hoy en día la rezamos todos los domingos en el Credo, era novedosa para ese momento, constituyéndose en una respuesta a la herejía del arrianismo que consideraba a Jesús como una creación inferior a Dios, siendo un intermediario entre Dios y los hombres.

El 29 de noviembre pasado, en las ruinas de la Basílica de San Neófito se reunieron el Papa León XIV y el Patriarca Bartolomé I para realizar un acto histórico, pues desde el año 1054, año del cisma entre la Iglesia Católica y Ortodoxa, el Papa y el Patriarca no rezaban juntos el Credo.

La razón de esto es que la causa de la separación de las dos Iglesias está en un añadido realizado en el año 1054 al Credo niceno constantinopolitano (del año 381). Este añadido es lo que comúnmente se conoce como el filoque que en latín significa “y del Hijo”, refiriéndose a la procedencia del Espíritu Santo: hasta el año 1054 se rezaba que el Espíritu Santo “procede del Padre”, añadiéndosele en ese año: “procede del Padre y del Hijo”.

¿Qué hizo el Papa León XIV en Iznik el 29 de noviembre pasado? Rezó el Credo niceno constantinopolitano original, el cual no contiene el filoque.

Lejos de escandalizar, este hecho de León XIV es un profundo acto de respeto mutuo, actitud que debe existir en la experiencia ecuménica. No ha negado el Papa la fe en el filoque y tampoco a obligado al Patriarca a decir una frase en la cual no cree. Se han limitado ambos a expresar la fe compartida, buscando la comunión en lugar de la división.

Entiendo lo que ha hecho León XIV porque en lo personal tengo amigos de otras profesiones de fe y hemos compartido momentos de oración, haciendo énfasis en aquello que nos une y respetando las diferencias.

De esta manera, el Papa León XIV nos ha enseñado a vivir con pequeños gestos aquello que el Vaticano II nos ha recomendado en su momento: “El verdadero ecumenismo no puede darse sin la conversión interior. En efecto, los deseos de la unidad surgen y maduran de la renovación del alma, de la abnegación de sí mismo y de la efusión generosa de la caridad.” (UR 7).

Pidamos a Dios que sea él mismo quien haga arder nuestros corazones con esa caridad que es capaz de reconocerle en los gestos de todos aquellos que le buscan con corazón sincero, uniendo nuestro esfuerzo al de ellos para dar a conocer de manera clara el amor de Dios que se ha expresado en Cristo a toda la humanidad.

 

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