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El Papa Francisco en la boca del lobo

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Jesús María Aguirre s.j.

caras papa

El Papa Francisco iniciará su visita a México el 12 de febrero y en su estancia hasta el día 17 de febrero realizará paradas en la Ciudad de México, Ecatepec, San Cristóbal de las Casas en Chiapas, Michoacán y Ciudad Juárez.

Su arribo a México, cuando los actores políticos se enfrentan para captar los dividendos antitéticos de reforzamiento o de socavamiento de la legitimidad gubernamental, abre numerosas interrogantes. Cuando aún está caliente la prisión del narcotraficante Chapo, se denuncian diariamente violaciones de los derechos humanos y la gente no ha olvidado el caso nefasto del Fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, honrado por Juan Pablo II en sus viajes y destituido por Benedicto XVI, ¿qué cabe esperar de esta visita, lejanos ya los recuerdos de la gran visita triunfal de Juan Pablo II y de otra menos glamorosa de Benedicto XVI?

¿Se arriesgará a convocar a los familiares de los  43 estudiantes asesinados en Ayotzipana?

¿Cómo abordará el tema del narcotráfico y la corrupción paragubernamental, cuando aún está fresca la sangre de los asesinados?

¿Abordará el escándalo de la pedofilia en sus alocuciones al Episcopado y al Clero?

¿Será tan audaz como para levantar su voz contra las leyes discriminatorias sobre los migrantes en la frontera con Estados Unidos?

El intelectual mexicano Jorge Castañeda concluye su columna “Visita papal: Vaticano vs SJ” (jesuitas) con esta consideración: “Hay muchas cosas de las que sé poco, pero en materia religiosa o de comportamiento del Vaticano mi ignorancia es mayúscula. De los jesuitas sé un poco más, por haber conocido a muchos y haber leído algo. Si en la visita papal la diplomacia del Vaticano es colocada en el puesto de mando, tendrá razón el gobierno, y Francisco le brindará un soplo de aire fresco a una administración pasmada. En cambio, si los antecedentes jesuitas de Jorge Bergoglio se imponen, los críticos y adversarios de EPN saldrán fortalecidos. Yo le apostaría a la Catedral de San Pedro sobre la Compañía de Jesús”.

Tal vez este reduccionismo,  que nos parece excesivamente dualista tratándose de una figura tan polifacética como la del Papa Francisco, pueda servir para evaluar la incidencia política, pero en todo caso elude la gran cuestión teológico-política sobre el papel de un Papa que levanta su voz en el desierto, en un mundo hostil. Lo que sí está claro es que el Papa entra en la cueva del lobo, como lo hiciera alguna vez, según la leyenda, Francisco de Asís.

Cumpliéndose cien años de la muerte del gran poeta nicaragüense, Rubén Darío, el 6 de febrero, queremos invitarlos a la lectura de su gran poema “Los motivos del lobo”, que desentraña mejor que cualquier discurso político, el gran reto que se enfrenta el pastor de la Misericordia en su visita a México, dejándonos la duda de si regresará con risas o llantos al Vaticano.

Los motivos del lobo

Rubén Darío (Nicaragua 1867-1916)

Ruben Dario

El varón que tiene corazón de lis,
alma de querube, lengua celestial,
el mínimo y dulce Francisco de Asís,
está con un rudo y torvo animal,
bestia temerosa, de sangre y de robo,
las fauces de furia, los ojos de mal:
el lobo de Gubbia, el terrible lobo,
rabioso, ha asolado los alrededores;
cruel ha deshecho todos los rebaños;
devoró corderos, devoró pastores,
y son incontables sus muertes y daños.

Fuertes cazadores armados de hierros
fueron destrozados. Los duros colmillos
dieron cuenta de los más bravos perros,
como de cabritos y de corderillos.

Francisco salió:
al lobo buscó
en su madriguera.
Cerca de la cueva encontró a la fiera
enorme, que al verle se lanzó feroz
contra él. Francisco, con su dulce voz,
alzando la mano,
al lobo furioso dijo: ¡Paz, hermano
lobo! El animal
contempló al varón de tosco sayal;
dejó su aire arisco,
cerró las abiertas fauces agresivas,
y dijo: ¡Está bien, hermano Francisco!
¡Cómo! exclamó el santo. ¿Es ley que tú vivas
de horror y de muerte?
¿La sangre que vierte
tu hocico diabólico, el duelo y espanto
que esparces, el llanto
de los campesinos, el grito, el dolor
de tanta criatura de Nuestro Señor,
no han de contener tu encono infernal?
¿Vienes del infierno?
¿Te ha infundido acaso su rencor eterno
Luzbel o Belial?
Y el gran lobo, humilde: ¡Es duro el invierno,
y es horrible el hambre! En el bosque helado
no hallé qué comer; y busqué el ganado,
y en veces comí ganado y pastor.
¿La sangre? Yo vi más de un cazador
sobre su caballo, llevando el azor
al puño; o correr tras el jabalí,
el oso o el ciervo; y a más de uno vi
mancharse de sangre, herir, torturar,
de las roncas trompas al sordo clamor,
a los animales de Nuestro Señor.
Y no era por hambre, que iban a cazar.
Francisco responde: En el hombre existe
mala levadura.
Cuando nace viene con pecado. Es triste.
Mas el alma simple de la bestia es pura.
Tú vas a tener
desde hoy qué comer.
Dejarás en paz
rebaños y gente en este país.
¡Que Dios melifique tu ser montaraz!
Está bien, hermano Francisco de Asís.
Ante el Señor, que todo ata y desata,
en fe de promesa tiéndeme la pata.
El lobo tendió la pata al hermano
de Asís, que a su vez le alargó la mano.
Fueron a la aldea. La gente veía
y lo que miraba casi no creía.
Tras el religioso iba el lobo fiero,
y, baja la testa, quieto le seguía
como un can de casa, o como un cordero.

Francisco llamó la gente a la plaza
y allí predicó.
Y dijo: He aquí una amable caza.
El hermano lobo se viene conmigo;
me juró no ser ya vuestro enemigo,
y no repetir su ataque sangriento.
Vosotros, en cambio, daréis su alimento
a la pobre bestia de Dios. ¡Así sea!,
contestó la gente toda de la aldea.
Y luego, en señal
de contentamiento,
movió testa y cola el buen animal,
y entró con Francisco de Asís al convento.

*

Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo
en el santo asilo.
Sus bastas orejas los salmos oían
y los claros ojos se le humedecían.
Aprendió mil gracias y hacía mil juegos
cuando a la cocina iba con los legos.
Y cuando Francisco su oración hacía,
el lobo las pobres sandalias lamía.
Salía a la calle,
iba por el monte, descendía al valle,
entraba en las casas y le daban algo
de comer. Mirábanle como a un manso galgo.
Un día, Francisco se ausentó. Y el lobo
dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo,
desapareció, tornó a la montaña,
y recomenzaron su aullido y su saña.
Otra vez sintióse el temor, la alarma,
entre los vecinos y entre los pastores;
colmaba el espanto los alrededores,
de nada servían el valor y el arma,
pues la bestia fiera
no dio treguas a su furor jamás,
como si tuviera
fuegos de Moloch y de Satanás.

Cuando volvió al pueblo el divino santo,
todos lo buscaron con quejas y llanto,
y con mil querellas dieron testimonio
de lo que sufrían y perdían tanto
por aquel infame lobo del demonio.

Francisco de Asís se puso severo.
Se fue a la montaña
a buscar al falso lobo carnicero.
Y junto a su cueva halló a la alimaña.
En nombre del Padre del sacro universo,
conjúrote – dijo?, ¡oh lobo perverso!,
a que me respondas: ¿Por qué has vuelto al mal?
Contesta. Te escucho.
Como en sorda lucha, habló el animal,
la boca espumosa y el ojo fatal:
Hermano Francisco, no te acerques mucho…
Yo estaba tranquilo allá en el convento;
al pueblo salía,
y si algo me daban estaba contento
y manso comía.
Mas empecé a ver que en todas las casas
estaban la Envidia, la Saña, la Ira,
y en todos los rostros ardían las brasas
de odio, de lujuria, de infamia y mentira.
Hermanos a hermanos hacían la guerra,
perdían los débiles, ganaban los malos,
hembra y macho eran como perro y perra,
y un buen día todos me dieron de palos.
Me vieron humilde, lamía las manos
y los pies. Seguía tus sagradas leyes,
todas las criaturas eran mis hermanos:
los hermanos hombres, los hermanos bueyes,
hermanas estrellas y hermanos gusanos.
Y así, me apalearon y me echaron fuera.
Y su risa fue como un agua hirviente,
y entre mis entrañas revivió la fiera,
y me sentí lobo malo de repente;
mas siempre mejor que esa mala gente.
y recomencé a luchar aquí,
a me defender y a me alimentar.
Como el oso hace, como el jabalí,
que para vivir tienen que matar.
Déjame en el monte, déjame en el risco,
déjame existir en mi libertad,
vete a tu convento, hermano Francisco,
sigue tu camino y tu santidad.

El santo de Asís no le dijo nada.
Le miró con una profunda mirada,
y partió con lágrimas y con desconsuelos,
y habló al Dios eterno con su corazón.
El viento del bosque llevó su oración,
que era: Padre nuestro, que estás en los cielos…

Ve todo en:

http://www.franciscanos.org/sfa/gubbio.htmlhttps://www.youtube.com/watch?v=8e8_Uf0r0wM#sthash.waQpHvpj.dpuf

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