Por Mibelis Acevedo Donís

Una advertencia ha sido lanzada y reiterada en los últimos años, desde diversos flancos: las democracias liberales se encuentran hoy bajo asedio. La recesión democrática —así titulaba Latinobarómetro, por cierto, su más reciente informe— se hace cada vez más evidente. Cunden los indicadores que no solo hablan del menoscabo de libertades y derechos conquistados durante el siglo XX, de la distorsión del principio de separación de poderes, de la transgresión de reglas de juego, la pérdida de independencia judicial, del control y censura de medios de comunicación; sino de la creciente desafección de los ciudadanos respecto a este sistema.

En suerte de reacción desde la derecha conservadora, por ejemplo, el ascenso de líderes como Trump, Orbán, Bolsonaro, Kaczyński, Modi, Bukele y, más recientemente, el neerlandés Geert Wilders (miembro de la ultraderecha xenófoba y euroescéptica), se posiciona frente a la ola de autoritarismos identificados con una izquierda retrógrada, que dejó y sigue dejando su trágica muesca en países como Cuba, Nicaragua o Venezuela. Ideológicamente opuestos en apariencia, pero afines en términos de su desprecio por las formas e instituciones democráticas, los populistas iliberales (muchos de ellos disfrazados hoy de libertarios) ganan espacios y conquistan voluntades de votantes rabiosos, asustados, decepcionados.

El reciente triunfo de Javier Milei, su frenético desempeño como candidato antisistema y sus contrastantes declaraciones ya como presidente electo —pasó de llamar «imbécil» al papa Francisco a invitarlo a Argentina durante una llamada telefónica “muy linda, muy amena”— suman nuevas interrogantes. Figuras como Trump (“Estoy muy orgulloso de ti”, escribió en redes sociales al argentino), Bolsonaro o Abascal no dudaron en ofrecerle su espaldarazo. Pero sabemos bien que no es lo mismo llegar al gobierno que tener efectivamente el poder, sobre todo cuando buena parte de ese capital político podría asociarse a un voto prestado. Aun cuando Milei subraya con orgullo su condición de “primer presidente libertario de la humanidad”, parece menos probable que haya ganado por sus posturas ideológicas que por representar una alternativa radicalmente distinta para una mayoría hastiada de la crisis económica y la corrupción, molesta por el incumplimiento de promesas por parte de políticos y partidos tradicionales. Estos últimos, miembros de esa desprestigiada «casta» que, por obra de las alianzas inevitables en política, hoy vuelve al gobierno.

A la luz de ese panorama, vale la pena revisar tesis como la que desarrollaba Francis Fukuyama en 1988, primero, y en 1992, después. Entonces, animado por la caída del Muro de Berlín y echando mano de la dialéctica hegeliana que amplía a través de la interpretación de Kojève, anticipaba el fin de la Guerra Fría, la supremacía de la democracia y del Estado liberal. Así concluye que la historia, como lucha de ideologías, podría haber terminado. Es decir, habríamos alcanzado el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal como forma final de gobierno humano. «El fin de la historia significaría el fin de las guerras y las revoluciones sangrientas”, apunta entonces, “los hombres satisfacen sus necesidades a través de la actividad económica sin tener que arriesgar sus vidas en ese tipo de batallas». (En 1964, por cierto, ya Daniel Bell disertaba sobre ese agotamiento de las ideologías decimonónicas y, concretamente, del marxismo, “en cuanto sistemas intelectuales que proclaman la verdad para sus concepciones del mundo”. Un agotamiento que servía de base, según Bell, al neoconservadurismo y el nuevo empirismo).

Luego de un siglo XX que “presenció cómo el mundo desarrollado descendía hasta un paroxismo de violencia ideológica”, un optimista Fukuyama afirmaba también que el thymós, —que en Homero remite al alma del guerrero, sede total del sentimiento, lugar donde residen las reacciones violentas, vida con sus fuerzas en mengua— ese deseo de reconocimiento y prestigio que habría alimentado guerras y servido como segundo motor de la historia, había sufrido una parálisis tras la disolución de la URSS. De modo que fue sustituido circunstancialmente “por el cálculo económico, la interminable solución de problemas técnicos, la preocupación del medio ambiente y la satisfacción de un sofisticado consumo”, así como la “mercantilización” de las relaciones internacionales.

En ese contexto, la democracia liberal, la cultura política propia de Occidente, aún con victorias materiales incompletas y una trayectoria no libre de baches y zigzagueos, no contaría con competidores ideológicos. En eso el autor no parece equivocarse. Pero, aunque es cierto que las ideologías ya no operan bajo los rígidos moldes doctrinarios de la Guerra Fría, o que la globalización obligó a los más renuentes ortodoxos a abrirse a los mercados, a abrazar el pragmatismo y entenderse con antiguos adversarios en atención a los códigos de una cultura económica universal, esos sistemas de creencias parecen hoy enfundarse en la fullera piel de otros discursos, intereses y mecanismos geopolíticos. En plena era de las “primaveras digitales”, las nuevas guerras entre demócratas y anti-demócratas dan fe de ello.

En todo caso, Fukuyama acertaría al afirmar que, con todo y los bemoles con los que tropieza su práctica, y en virtud de su racionalidad, universalidad y homogeneidad, frente a la democracia liberal todavía no se vislumbran mejores alternativas. De allí la importancia de seguir trabajando a favor de su mejoramiento y expansión, asunto al cual el politólogo dedica especial atención en su libro más reciente, “El liberalismo y sus desencantados: cómo defender y salvaguardar nuestras democracias liberales” (2022). La tensión entre democracia y Estado moderno, la búsqueda de un Estado eficiente que garantice servicios básicos y educación de calidad, dice, es uno de muchos aspectos que urge atender.

Desde la derecha, el choque reciente se ha planteado entre ultranacionalismo y liberalismo, con la vuelta de “hombres fuertes” llamados a defender al pueblo de amenazas que lo desdibujan, a corregir la supuesta debilidad de las sociedades abiertas para lidiar contra todo aquello que representa “el mal”. Desde la izquierda populista, la trampa ha consistido en vender igualdad y redistribución de la riqueza obtenidas a toda costa, no importa si ello implica manosear la legalidad, aumentar irresponsablemente el gasto público o sobredimensionar al Estado; eso sin contar con las distorsiones, infinitas diferenciaciones y grietas insalvables que, en muchas ocasiones, introduce la política identitaria. Entre otros rasgos, a ambos polos suele hermanarlos una constante: una vis autoritaria dispuesta a alborotarse para “salvar” a los más, a omitir no solo el pluralismo y las reglas que definen el juego democrático, sino a desdibujar ideas y prácticas que vuelven insustituible a la democracia. Políticos apocados o resistentes al cambio, amigos de utopías suicidas o demagogos dependientes del cheque en blanco del ciudadano; votantes exasperados que, a su vez, exigen un cambio, cualquier nuevo inicio, no importa lo que eso entrañe, ¿estarán conscientes de todo lo que podrían estar arriesgando?.

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