El 24 de mayo del 2015, el papa Francisco publicó la carta encíclica Laudato Si’, en la misma planteó a la comunidad cristiana católica y a toda persona de buena voluntad el desafío del cuidado medioambiental como un asunto del cual debemos hacernos cargo puesto que el ambiente, los seres vivientes y todo cuanto nos rodea es obra de Dios y es Casa Común de todos

Por Leonardo Gamboa, s.j.

Con la encíclica Laudato Si’, el santo padre asumió postura pública ante la problemática de la crisis medioambiental y animó al compromiso, convencido de que nuestra situación puede mejorar. La encíclica dice a la comunidad cristiana que la problemática medioambiental no es un asunto exclusivamente secular o tecnocientífico: los cristianos podemos encontrar en nuestra fe motivos que promuevan el compromiso ecológico. Podemos sensibilizarnos desde la narrativa espiritual creacionista, todo es obra de Dios, y beber del testimonio del Poverello de Asís, quien en su Cántico de las creaturas invita a la alabanza del Señor por la belleza de la obra de sus manos: “Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas”. A partir de estos elementos la encíclica invita a no ser indiferente ante el deterioro ambiental global y a poner manos a la obra.

Rescatar el sentirnos creaturas

En el relato bíblico del Génesis aparecen dos narrativas sobre el origen del ser humano (Gn 1,1-2,25). En ambas, este es presentado como parte de una secuencia creadora, parte de la vida, donde el último ser en aparecer en el escenario somos nosotros, las últimas creaturas del sexto día, el último ornato de la tierra. Quizás somos los últimos porque nosotros somos los que requerimos más condiciones para la existencia. Por ello, debemos hacernos responsables de la obra que permitió y permite la vida del hombre. La encíclica hace presente al hombre y mujer contemporáneos la copertenencia del hombre a la hermandad creatural y el encargo explícito de ser el cuidadoso servidor de lo bueno y bello de la obra del creador, de la Casa Común, el hogar de todos. No cuidar pone en riesgo la vida humana y la del resto de las especies.

Sentirnos creaturas es comprendernos próximos de la naturaleza, no solo por un ejercicio racional, sino por estar en relación, en comunicación, tratar las creaturas con familiaridad. El medio ambiente y las otras especies no deben parecernos extrañas, ¡son familia!, por más diversas que sean. Estamos invitados a desarrollar hacia ellas sentimientos de valoración, aprecio, respeto, amor. Esto nos llevaría a contemplar las creaturas y saber que compartimos un mismo origen, una misma tierra, son nuestro prójimo, y sentirnos hermanados a ellas, participando de un mismo futuro.

El sentirnos creaturas se ha visto afectado por la dinámica humana del pecado que rompe el equilibrio relacional existente entre Dios, los seres humanos, las creaturas y las personas consigo mismas. Con el pecado, las relaciones dejan de expresar amor, fraternidad y pasan a valorar utilidad, dominio, explotación y consumo. Lo otro deja de ser contemplado como prójimo y pasa a ser tenido como “un algo para usar”. El pecado potencia el abandono del sentido de responsabilidad por nuestro semejante y la creación; cultiva la indiferencia ante el sufrimiento, la falta de bondad y la fealdad de situaciones, realidades y acciones.

La fractura relacional se hace evidente en las guerras; los ambientes depredados, contaminados por la presencia de basura; en el deterioro de la salud, por la exposición a substancias tóxicas en el aire, la tierra y el agua; en el descarte de recursos y de personas; en la extinción de especies, que ya no cuentan con condiciones para mantener su existencia; en el cambio climático, acelerado por el efecto invernadero, incentivado a su vez por el uso excesivo de combustibles fósiles y que ha tenido como consecuencia la desglaciación, el aumento del nivel del mar y los eventos meteorológicos extremos; en el empobrecimiento, por causa de una injusta distribución de los recursos naturales y socioculturales y por el abandono de los más frágiles al deterioro del medioambiente. El pecado, el descuido, trae como resultado la muerte.

Algunas ideas surgidas en la modernidad han potenciado la fractura relacional: la confianza en un progreso material sin límites; el conocimiento tecnocientífico como forma de dominio y ejercicio del poder; un antropocentrismo exacerbado que se ha sobrepuesto sobre las otras especies; el individualismo. Estas ideas enajenaron a las personas de su proximidad con la naturaleza. Sin embargo, la crisis ha dejado en evidencia la finitud de la naturaleza; los recursos se acaban, las condiciones de vida se deterioran. El planeta tiene límites; por ello, es necesario también limitar la acción humana, para no hacer daño y recobrar el equilibrio vital.

Volvernos a sentir creaturas pasa por reconocer el mal causado, tomar el sufrimiento del mundo, hacerlo propio, para luego ayudar a sanar ese dolor, movilizándonos a regenerar y recuperar el equilibrio perdido, la fraternidad. Ese sentir de nuevo con la creación pasa por contemplar lo otro como digno, con valor propio, con derecho a existir para sí y para los otros seres, ahora y a futuro. Es volver a ser acuciosos cuidadores de nuestros semejantes y de nuestra hermana creación con fidelidad y amor, renunciando a los intereses particulares, al dominio y a la explotación. Es necesaria iniciar, personal y colectivamente, una conversión ecológica.

Ecología integral

La ecología es el área del saber humano que se dedica al estudio de las relaciones que posibilitan la vida, tiene como fundamento la evidencia de que todo cuanto existe se encuentra relacionado con todo. La ecología integral entra a complementar el marco relacional de una forma holística, enumerando los cuatros contextos de vinculación de la persona: la relación con lo transcendente, la relación de la persona consigo misma, la relación de la persona con sus semejantes y la relación con los otros seres.

La cuadratura relacional que potencia la ecología integral al transmitir sus principios de relacionalidad e interdependencia permite reinterpretar el cuidado de la vida no solo como un hecho exclusivamente biológico, sino como un complejo interactivo que teje nexos con la espiritualidad, la interioridad, las relaciones sociales y el cuidado del medioambiente y de las especies que lo habitan. La ecología integral es la invitación a vivir en armonía nuestra relación con Dios, los otros, la naturaleza y consigo mismo. Ello implica ocuparnos del cuidado de la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior (Ls 10).

Asumir la ecología integral implica un proceso de conversión, en la línea se restablecen vínculos potenciadores de vida. El primer vínculo a restablecer es con lo transcendente, ese algo mayor a nosotros mismos, la divinidad. Este nexo implica asumir que la existencia humana no se debe a sí misma, se debe a otro que nos ha colocado en existencia con una misión; esta determinación se acompaña con la certeza de que este mundo tampoco nos pertenece, es del Creador, con ello se afirma una existencia compartida, somos con otros, en términos inclusivos, y es para la realización y planificación de todos que lo creado es dado. La relación con Dios coloca al ser humano en una posición amable ante sus semejantes y la naturaleza; no es su señor, es su compañero de camino, de donde fácilmente se puede desprender una espiritualidad de familiaridad, fraternidad.

El segundo vínculo es restablecer la conexión consigo mismo, es el llamado a la interioridad, la introspección y el recogimiento, frente al devenir irreflexivo de la cotidianidad y de rutinas asumidas, no elegidas, de estilos de vida heredados, pero no discernidos. En la interioridad la persona está invitada a reconciliarse consigo misma ante los espectros externos que estigmatizan la imagen que se tiene de sí, la aceptación de su corporeidad, de su historicidad, la sanación de heridas. La conexión consigo ha de permitir que emerja la autenticidad consciente, dueña de sí, libre, capaz de elegir, pero sobre todo, potenciada para dar lo mejor de sí en el trato con los otros.

El tercer vínculo es la restauración de la relación con los semejantes, que implica asumir las relaciones sociales en todas las expresiones organizativas y culturales, en sus diversas escalas (internacional, nacional, local). Es revisar el modo de cómo hacemos la vida con otros, bajo la lupa del bien común para detectar quiénes están quedando por fuera y los motivos por los cuales ocurren dichas exclusiones. Es por ello que regenerar las relaciones sociales pasa por la búsqueda de la justicia social para así alcanzar las condiciones suficientes de manera que toda persona realice su vida con dignidad, y pueda desplegar todo su potencial humano al servicio de los otros.

La búsqueda de la justicia social se muestra como una acción solidaria que tiene por meta revertir el trato inadecuado que limita la vida digna. Esto pasa por la mediación para superar la polarización entre regiones desarrolladas y subdesarrolladas, entre países-corporaciones extractores-consumistas y zonas explotadas, consumidas y empobrecidas; entre culturas dominantes y culturas dominadas y disminuidas. Incluso pasa por la consideración intergeneracional, esta generación debe comprometerse con dejar las condiciones suficientes para que la próxima generación pueda realizase. El desafío es amplio, va desde la revisión de los estilos de vida, producción y consumo hasta la evaluación de las estructuras políticas y económicas que sostienen el estado actual de la crisis medioambiental para afectarlas y transformarlas. De fondo, se espera que el sentimiento de fraternidad, del amor que de él emana surja la fuerza para cambiar el mundo.

El cuarto vínculo es atender las relaciones con la naturaleza. Esta conversión trae consigo el desplazamiento de las ideas de dominio y explotación del ambiente y de los otros seres como objetos disponibles para la exclusiva satisfacción de las necesidades humanas, para incorporar la valoración de los entes y organismos en sí mismos, por el patrimonio biológico que les constituye y el derecho que tienen a existir como el resto de seres que habitan la Casa Común. Este desplazamiento debe tener como consecuencia la redefinición de la acción humana sobre el medioambiente: delimitar su presencia, moderar la extracción de recursos minerales y favorecer el reciclaje, establecer modos de producción agrícola y pecuaria amigables con los ecosistemas y las especies, y promover el aprovechamiento de fuentes de energías no fósiles.

El horizonte de crecimiento de la relación con la naturaleza es la sostenibilidad. Restaurar esta relación implica sanear el medioambiente contaminado y mitigar los efectos de los fenómenos desencadenados por el cambio climático para que tenga el menor perjuicio socioambiental. De fondo es abandonar el paradigma depredador y asumir el de hermano, celoso cuidador de la creación.

EFE Henry Chirinos

EFE Henry Chirinos

¿Qué hacer?

La encíclica Laudato Si’ vino a colocar el problema medioambiental sobre el tapete, no como un problema que otro tiene que resolver, sino como un problema nuestro, mío. Da motivos emanados de la fe para iniciar el camino de conversión y propone la ecología integral como modo adecuado de abordar la situación, exaltando la relacionalidad e interdependencia como principios fundamentales que sustentan y posibilitan la vida. La conversión es personal y social y se ha de adaptar a los diversos contextos y modos de hacer la vida a nivel global.

En el caso venezolano, la conversión ecológica se muestra con diversas aristas. La crisis humanitaria compleja ratifica que el abordaje debe ser integral, para poder sanar las personas y la naturaleza heridas. Restaurar las condiciones pasa por asumir la progresiva disminución de consumo de energías fósiles, lo que nos obligará a migrar a otras formas de producción como fuente de nuestra riqueza que no sea el petróleo. Implicará la definición de políticas públicas para contener la depredación minera en Guayana que está elevando los índices de deforestación y contaminación de importantes cuencas hidrográficas. Ante el paro del aparato productivo nacional corresponde su reactivación, considerando la progresiva implementación de tecnologías que apunten a una producción amigable con el medioambiente.

Socialmente implicará crear condiciones de gobernabilidad que favorezcan la estabilización social; que en Venezuela se pueda vivir, que disminuya el flujo migratorio (que ha dejado su huella en los núcleos familiares, la sociedad y en el remoto Darién, ahora abarrotado por el tránsito de venezolanos), que se pueda trabajar dignamente, satisfacer las necesidades y estar en paz.

Por otra parte, la crisis económica nos ha obligado a una vida más austera, a moderar nuestro consumo, a no desperdiciar. Pero, ante esta realidad tenemos pendiente hacer la reflexión de cómo transitar hacia un estilo de vida que cultive el consumo racional, el uso eficiente y el reciclaje como modo responsable de vivir que elegimos y no como una carga que la situación económica nos impone. No hacer debidamente esta reflexión nos hará volver a los antiguos comportamientos en cuanto tengamos la oportunidad.

Como venezolanos, toda la ciudadanía y aún más los cristianos católicos, estamos llamados a recorrer nuestro propio camino de conversión ecológica, no somos ni mejores ni peores, pero al igual que muchos tenemos que dejar que la crisis socioambiental toque nuestro corazón, para luego pasar a encarnar pequeñas y grandes acciones que nos permitan sanar nuestras relaciones con Dios, con nosotros mismos, nuestra sociedad y la naturaleza.