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El cambio silente. Historia, experiencia y transición

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Neller Ochoa*

Vistas desde el presente, las transiciones pueden lucir ordenadas y lineales. El peregrinaje necesario para llegar a la tierra prometida, muy en consonancia con el progreso que rige la teleología moderna. No pocos se han aventurado a bautizarlas con el apellido de “democráticas”, dando por sentado que siempre conducen a una democracia, cuando en realidad la trascienden. Para el historiador, más allá de la gran capa de acontecimientos que generan, la importancia de estos fenómenos radica en su accionar dentro de la dialéctica de la duración, esa delgada franja entre la permanencia y el cambio.

            Hay cambios desapercibidos, solo vistos en retrospectiva, construidos a posteriori, como los imperceptibles movimientos de la tierra que preparan o retrasan el próximo temblor. Sin embargo, hay ocasiones en las que las sociedades perciben la ruptura, la alteración del continuum de las cosas y les invade la certeza de que se está frente a la Historia, de que se está haciendo Historia o de que se es víctima de ella. La violencia de la naturaleza, las enfermedades y las armas, casi siempre son los mensajeros de una época anunciada a la fuerza.

            Pero derribar la puerta no es quedarse. ¿Cuánto de lo viejo pervive en lo nuevo?, ¿Cuánto de transición tiene una revolución y viceversa? Los cortes, por más abruptos que se presenten, siempre dejan las rémoras de su malestar. Por ello las filosofías más radicales, las que introdujeron el cambio como motor de la historia, se obsesionaron con la idea del “hombre nuevo”, eufemismo esperanzador que allanó el camino a las peores fantasías totalitarias. La contaminación con el “oprobioso pasado” es el signo de toda transición, pero también la esperanza.

La sociedad se cuela

En los casos en los que una transición ha devenido un sistema de libertades antes negado, el papel de la sociedad organizada ha sido vital, por lo menos en lo que se refiere a las transiciones políticas. La ventana que abre la ruptura total o parcial con el orden anterior siempre amenaza con cerrarse. Más que una ventana, diría que son grietas, y por ella debe colarse la sociedad, con una agenda de derechos que atienda lo urgente sin posponer lo importante. La estabilización de variables macro como la economía y la imposición de un orden transitorio que impida la anarquía, cuyo máximo exponente sería la guerra civil, son medidas que tienden a solapar otras “menos tangibles”. Una transición destraba, pero no siempre resuelve. Esperar es una virtud política, pero el exceso de cálculo puede relegar de nuevo al papel de simple espectador. Vistas así las cosas, la sociedad y sus organizaciones deben probar el nuevo sistema como quien camina por un campo minado. Igualmente, tienen otra responsabilidad mayor: convencerse de que es posible avanzar hacia la restitución de los derechos, y de que la seguridad no debe reñirse con la libertad.

Palpar los ritmos

Una transición es rica en acontecimientos, pero de distinta amplitud y duración. Si lo era en el siglo XX, más en el XXI con la saturación de imágenes que dejan las redes y el tráfico de información de una sociedad interconectada. Una transición se compone de tiempos, pero también de tempos. Más que la sucesión de notas repetidas, se debe hurgar en los compases que, dentro de la coyuntura, apunten al largo aliento. El Estado asimila las transiciones bajo su tiempo, que es casi siempre de larga duración. Por más rápido que se desmonte un aparato represivo, el andamiaje legal y las restricciones económicas del viejo orden, siempre será visto como un proceso lento, dado que las transiciones tienden a elevar las expectativas de quienes las viven. La vida es finita, y la asociación de todo cambio con progreso hace que se exija celeridad y rapidez, a veces sin mucha visión. Bien a través de su “excepcionalidad” o difusas entre la gran madeja de hechos cotidianos, las señales del cambio pueden pasar desapercibidas o ser aisladas, cuando la mayoría de ellas pueden asociarse con tendencias globales

Por otro lado, si el acontecimiento es muy espectacular, su puesta en escena le resta nitidez, lo mismo si se reconstruye o pronostica siguiendo la cronología “exacta” de los hechos, uno tras otro, sin suspender la tiranía cotidiana para conectar puntos distantes, sin hacerlos significar. Por supuesto que esto dependerá de la robustez del Estado en cuestión, así como de su constitución histórica; pero si hay algo que precisamente transita durante estos períodos es el Estado, que, aunque “lento”: Eppur si muove.

Los modelos y el destino

            Siempre se ha dicho que el historiador juega con cartas marcadas. Aparentemente sabe muy bien qué va a suceder. Estudia la Revolución Francesa sabiendo que Luis XVI será decapitado y que el 14 de febrero de 1789 se toma la Bastilla, sin embargo y a pesar de ciertos consensos[1], no puede explicar el proceso a totalidad. Algo se pierde con el pasado, y cada generación trata de recomponerlo desde sus exigencias, con sus utillajes, pero también desde su memoria, o a pesar de ella. La Historia no es simple regodeo, es necesidad existencial.

Las Ciencias Sociales han estudiado profundamente las transiciones, especialmente las políticas. Innumerables modelos aplicados intentan medir con variables científicas la incertidumbre propia de estos momentos. Es algo que los historiadores agradecemos infinitamente, pues sienta una base sólida y cuantificable de lo que muchas veces en nuestro oficio no trasciende lo meramente narrativo. Decir que todo modelo tiene sus límites y deficiencias puede ser una perogrullada, en eso se basa la ciencia experimental, por lo menos desde el siglo XVI. Sin embargo, el punto debe aclararse.

Esperar pacientemente a que uno de los destinos predichos por el modelo se cumpla, aun cuando suceda, es a lo menos desaprovechar una oportunidad histórica, o creerse muy al dedillo el papel de Magistra Vitae de la Historia. La Historia enseña, pero desde su perenne contradicción. Descifrarla se parece más a la consulta de un oráculo que a la certeza de un laboratorio, y aun cuando sea cíclica, cada vuelta trae cosas nuevas. Por supuesto que aquí nos adentramos en el meollo del individuo en la historia, del papel de la libertad o del peso abrumador de las condiciones que “determinan” y obligan, del peso de la Historia. Sin embargo, la voluntad y la contingencia han condicionado el destino de no pocos procesos históricos. Para quien espera su momento, una transición es la oportunidad para torcer el destino que hasta hace poco se le hacía interminable, y peor aún, inevitable.

            La ineludible revisión histórica de las transiciones no solo debe ceñirse al modelo, sino incorporar la experiencia. Vista desde el epistolario de un líder perseguido y luego triunfante, o desde la muerte imprevista de quien debía tomar el poder, una transición adquiere el matiz humano propio de un haz, muy distinto al fatalismo de la meta alcanzada o el fracaso anticipado. Una transición es posibilidad, incierta, de ritmos encontrados, pero posibilidad al fin. Las transiciones avanzan entre voluntad e inevitabilidad, quizá haciendo honor a la frase de Fernand Braudel: “hacen la historia, pero la historia los lleva”.

*Neller Ochoa: Historiador


[1] Los cuales terminan siendo revisados más de lo que a los historiadores les gustaría aceptar. Sería bueno recordar el papel de los aniversarios como lugares de memoria propicios para cambiar los enfoques tradicionales, tal como sucedió en 1989 con el Bicentenario de la Revolución Francesa, celebración que valga acotar coincidió con la caída del Muro de Berlín y el proceso de desmembramiento de la URSS.

Leer también: Alfredo Infante, s.j.: la coexistencia en venezuela todavía está gestándose

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