Una cosa es que se tenga el derecho a la propia opinión –esencia de la libertad–, y otra muy distinta es que se pretenda tener derecho a tener sus propios hechos, que son falsos de manera irrefutable por la realidad.
Por ejemplo: una persona tiene pleno derecho a opinar que no le gusta la mandarina –mi caso–, pero ese derecho se desvanece si alega que eso es porque la mandarina es una patilla.
Cuándo se salía a protestar por la guerra de Gaza, se estaba ejerciendo un derecho que es legítimo. Equivocado o no, pero legítimo. Pero cuando esos que protestaban, no protestan ante la masacre de ciudadanos iraniés por sus propias autoridades, señalando que es un invento, entonces están obliterando la realidad, seguramente por motivos ideológicos o de otra índole. Es inaceptable.
El cosmos del radicalismo de una parte muy agresiva de la sociedad, alineada con la llamada cultura woke, y sus innumerables ramificaciones, sobre todo con la izquierda nihilista, funciona de ese modo.
Muchos ni se lo imaginan, pero se trata de la semilla germinada del nazismo puro, de la Revolución Cultural de Chiang Ching, de lo que algunos expertos denominan la dictadura totalitaria.
En un mundo crucificado por los medios, y ahora con el presente y rápido futuro de la IA, la situación es ominosa y el horizonte ni hablar. C.S. Lewis advirtió que el hombre no puede dominar a la naturaleza, pero si puede dominar a otros hombres, incluyendo a la humanidad, a través de la naturaleza.
Cuando se descree de la verdad trascendente, y más todavía: cuando se la rechaza en nombre de la liberación humana… Todo se disuelve en la nada, y quien controla la nada, controla todo. O asi lo piensa y procede.
De allí surge la hegemonía del doble rasero. Los hechos son nada y su valoración interesada y notoriamente errónea son todo. ¿Acaso haya un peligro más implacable en contra de la libertad y de su expresión político-histórica que es la democracia? Puede que no.
Cuando observo que jóvenes del Harvard Yard, lugar que conozco, se encienden en furia fanática por causas que son contrarias a los principios democráticos de su país, al igual que otras Harvard Yards; y que al mismo tiempo se callan o justifican atrocidades que no son de su preferencia de moda, entonces el doble rasero se me manifiesta con ese poder terrible e indigno del hombre de bien.
El doble rasero no es una amenaza. No. Es el hábitat de un mundo envenenado por el cosmos del referido radicalismo cultural, cuyo caballo de Troya es la mentira de que nada es verdad



