Por Félix Arellano

El calendario electoral en nuestro hemisferio para el presente año se presenta intenso, con varias elecciones presidenciales, que tienden a ser las más concurridas (El Salvador, República Dominicana, México, Panamá, Uruguay, Estados Unidos y Venezuela) y las tendencias electorales resultan desalentadoras, complejas y contradictorias; toda vez que el populismo y el radicalismo tienden a predominar en la escena y, el electorado, por diversas razones, algunas legítimas, pareciera estar resultando presa fácil de la manipulación, las fantasías electorales, la guerra hibrida de la anti política que, en la mayoría de los casos, promueve polarización y un lenguaje de odio.

Nos enfrentamos con narrativas electorales paradójicas y destructivas, que tiende a generar una distopia. Por una parte, se promete prosperidad automática y fantasiosa, generando falsas expectativas, en particular para los más vulnerables; pero se acompaña de un discurso de polarización que estimula el conflicto y podría desembocar en violencia

Frente a los graves problemas sociales, potenciados por las perversas consecuencias de la pandemia del COVID-19, afectando particularmente a los más vulnerables y, sumando las debilidades que genera la globalización, que tiende a beneficiar a grupos limitados, creando burbujas de prosperidad rodeadas de profunda miseria; los proyectos radicales y populistas encuentran el caldo de cultivo para florecer y llegar, por la vía democrática, al poder.

Frente al drama social, la narrativa populista y radical promete fantasías. Volver a los años felices de la prosperidad, propuestas irreales orientadas, entre otros, a cerrar los mercados, exacerbar el proteccionismo y el nacionalismo, excluyendo los extranjeros. Discursos que generan falsas expectativas de transformación fácil y rápida, desconociendo la compleja dinámica del mundo global, donde las inversiones no se movilizan por órdenes; por el contrario, se desplazan en función de los incentivos y la estabilidad que ofrecen los países.

El volver a un pasado glorioso es una constante en las fantasías políticas manipuladoras, que por lo general se acompaña de un discurso de xenofobia, exclusión y discriminación que busca generar un chivo expiatorio, evitando entrar en las complejidades de la dinámica económica internacional. Simplificar para facilitar el control.

Frente al descontento social, la miseria, la marginalidad; una dosis de falsas promesas. Adicionalmente, otra dosis que estimula pasiones promoviendo violencia y venganza, puede ser contra las clases sociales, contra los extranjeros, contra lo diverso. El objetivo es construir una atmosfera que distraiga, concentre la atención y movilice la población.

La xenofobia y el racismo parecieran tornarse en constantes de las narrativas populistas y radicales; generalizando y confundiendo. Cabe recordar que, en buena medida, el progreso también ha sido posible gracias al aporte de los extranjeros. Y el racismo constituye una aberración construida, entre otros, para sostener el autoritarismo y la explotación. Lamentablemente el radicalismo está creciendo, pues emociona, estimula las hormonas, mucha pasión y poca razón, utilizando discursos simplificadores y manejables.

Los guerreros del teclado juegan un papel fundamental en el proceso de acechar al ciudadano con una masiva desinformación. Es la guerra hibrida orientada a manipular y condicionar conductas, centrada en la erosión de las instituciones democráticas y los derechos humanos.

Una manipulación que sirve la mesa al proyecto geopolítico autoritario a escala global. Las conexiones rusas, iranís, chinas, entre otras, aprovechan la guerra hibrida para difundir los mensajes de la antipolítica, destruir políticos, partidos y, en esencia, los valores liberales, abriendo el camino para la imposición del autoritarismo personalista, que irónicamente presentan como la opción más eficiente para enfrentar los retos del presente, sin ninguna referencia a los costos sociales y políticos de tal aventura.

No dudamos que existen razones para cuestionar el comportamientos de los políticos, los partidos políticos y la política en general, que en muchos casos se han desconectado de los graves problemas sociales y asumen con ligereza y simplificaciones la magnitud de la situación que enfrentamos, donde se interrelacionan los problemas internos de carácter estructural con una dinámica internacional marcadamente asimétrica; empero, destruir los partidos políticos tiene como objetivo fundamental la destrucción de las instituciones democráticas.

Entrando en casos concretos podemos destacar que, el candidato Javier Milei con su discurso libertario en las pasadas elecciones presidenciales de Argentina, tenía mucha razón al cuestionar y denunciar el entramado de discrecionalidad, autoritarismo y corrupción que por décadas ha generado pobreza en Argentina; sin embargo, acompañar la denuncia legítima y las propuestas de cambio interesantes con un discurso de odio, tiende a deteriorar inútilmente las perspectivas de gobernabilidad en el marco de la democracia.

Con descalificar a todos los políticos y los partidos, pero también al papa Francisco, al Brasil y al Mercosur, no se logra avanzar en las necesarias transformaciones que requiere Argentina y, por cierto, la mayoría de los países en la región.

El proyecto libertario puede fortalecer la democracia, pero la descalificación y el odio por lo general conducen al desastre.

Ahora estamos observando como el presidente Milei está comprendiendo que es fundamental negociar, que los cambios se pueden lograr progresivamente, pues los políticos deben leer el mandato del pueblo. En estos momentos pareciera que el presidente se desplaza a una posición más de centro, más prudente y conciliadora. También lo ha experimentado el presidente Gabriel Boric en Chile, que inicia su debut en la política con una narrativa radical y agresiva. Luego, ya en el poder, está entendiendo que la gobernabilidad democrática exige diálogo, negociación y cooperación.

Pero no todos logran entender la dinámica de la gobernabilidad política en democracia. Tenemos el caso de Evo Morales en Bolivia, que se obstina en retomar de nuevo el poder, alterando la institucionalidad y con prácticas violentas, como por ejemplo obstruir las vías públicas, buscando paralizar el país y generando más miseria, en particular, en la población indígena que dice representar.

Por otra parte, pareciera que el presidente Gustavo Petro de Colombia tampoco está logrando comprender la compleja dinámica de la gobernabilidad democrática. Si bien empezó con señales prometedoras de diálogo y concertación, con el tiempo, entre otros, su indisciplina personal y un tóxico entorno político están deteriorando seriamente su gestión y las perspectivas de su movimiento político.

Ahora, con la crisis de gobernabilidad en plena efervescencia, el presidente Petro está recurriendo a las ineficientes practicas populistas, movilizando las masas tratando de imponer su voluntad y buscando los chivos expiatorios para distraer la opinión, sin mayor capacidad de enmienda y rectificación.

En el contexto de las contradicciones peligrosas que enfrenta la democracia en nuestro hemisferio, un caso especial lo representa los Estados Unidos, que se enfrenta con un proceso electoral a finales del año y las perspectivas no se presentan promisorias. Todo indica que Donald Trump logrará la candidatura del partido republicano y si bien debemos mantener el beneficio de la duda, pues es humano corregir, pareciera que insiste con su discurso populista, fantasioso y excluyente.

El panorama es complejo como lo evidencia Mark Jones quien, en El País de España (02/02/2024), compara las elecciones en Estados Unidos con el año 1933, cuando Hitler inicia el desmantelamiento de la institucionalidad democrática en Alemania. Un panorama denso que nos exige una reflexión más detallada y cuidadosa en otra oportunidad.

Como se puede apreciar, el populismo y el radicalismo aprovecha las bondades de la democracia para tomar el poder y luego iniciar la agenda de desmantelamiento de las instituciones liberales.

Frente a ese libreto, que se está repitiendo en varios países de la región, los ciudadanos debemos estar alertas ante el bombardeo permanente de desinformación y manipulación por las redes sociales.

Como ciudadanos debemos asumir una posición crítica y reflexiva frente a la desinformación que circula promoviendo malestar y desasosiego. Una posición de alerta enfrentando opiniones, orientando la atención a las fuentes que se caracterizan por su manejo responsable de la información. Una conducta que nos permita emitir un voto responsable en defensa de la democracia.

Fuente:

TalCualDigital.