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Crisis de pueblo

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“Nunca como al presente necesitó nuestro país de una atención mayor en el examen de sus problemas de pueblo, porque nunca como ahora se hizo tan notoria la crisis de los valores sustantivos. Tampoco jamás desde la edad heroica nuestro país se había confrontado con mayor número de problemas a la vez”[1].

 

Así escribía, con voz de profeta, Mario Briceño-Iragorry en un Mensaje sin destino, dado a la luz hace setenta y cinco años. Ese mensaje ha resonado con fuerza en la conciencia de quienes lo han leído a lo largo de este tiempo y ―como vemos― nos llama aún a pensar con hondura en nuestros problemas.

 

Plantea allí don Mario, dicho en breves palabras, que la nuestra es una crisis de pueblo, una falta de articulación con manifestaciones características ―el tipo de persona cultivada en nuestro medio ―, que nos lleva, una y otra vez a lo que, con el título de un libro de Arturo Uslar Pietri, podemos describir como el hacer y deshacer de Venezuela.

 

Briceño-Iragorry apunta, como raíz de esta falta de vertebración, la ignorancia de nuestra historia. Ha podido decir también que somos “tradicionalmente negadores de la tradición”, con una necesidad de cambiar todo, que algunos han llamado “complejo de Adán”: como si cada uno fuera el primer hombre sobre la tierra. Y, antes de mí, fue el caos.

 

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Desde la fecha de la aparición del Mensaje en 1951, se han multiplicado los estudios académicos de la historia venezolana. El problema, pues, no es uno de carencia de información y bibliografía pertinente. Es una actitud que nos lleva a ignorar lo que hemos sido y, por consiguiente, a desconocer cómo somos.

 

“Ha sido de trabajos la historia de Venezuela ―escribe Uslar Pietri―. De trabajos y de desazones. De grandes y desmesuradas esperanzas y de difíciles reajustes con la realidad. De poner en el mañana y en lo lejano el objeto de la acción apasionada y fulgurante por no querer, o acaso poder, atenerse a lo presente y a lo dado”[2].

 

¿No hemos caído en la cuenta de que la república civil democrática, que vivimos ―con las imperfecciones de todo lo humano― durante cuarenta años, fue en nuestro país una singularidad histórica?

 

Al conmemorar los veinticinco años de la constitución de 1961, en sesión conjunta de las cámaras legislativa, Rafael Caldera hacía el cómputo de nuestros gobiernos civiles, antes de 1958: “En 115 años, desde la consolidación de la República hasta 1945, solo durante menos de 8, ejercieron el poder Presidentes civiles: 13 meses José María Vargas, 9 el Vicepresidente Andrés Narvarte, 13 Manuel Felipe de Tovar, menos de 4 el Vicepresidente Gual, 2 años Rojas Paúl y 2 años Andueza Palacio”[3].

 

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La pregunta entonces, en la que hemos de ahondar, es la siguiente: ¿Cómo fue posible en Venezuela esa república civil democrática?

 

Sin intentar al menos asumir el sentido de nuestra historia, con la propia situación cultural, no podremos entenderlo ni seremos capaces de reconstruirla.

 

No fue, no, fruto de un traslado o copia de instituciones foráneas. Una implantación de una democracia liberal a la manera anglosajona, gracias a la riqueza petrolera y la presencia de las compañías extranjeras. Nuestros dirigentes conocían la admonición de Bolívar en Angostura: “¡He aquí el Código que debíamos consultar, y no el de Washington!”, alertándonos sobre lo que podemos llamar mentalidad colonial, que considera mejor, siempre mejor, lo que se hace fuera, sea en París, Nueva York o La Habana.

 

Hemos tenido una república democrática cuando ―digamos asínuestros caudillos civiles se sometieron a la ley. Una ley, una constitución, nacida de nuestra experiencia histórica y de una buena formación en el arte del derecho.

 

¿Qué implica eso? Podemos mencionar tres aspectos clave: el predominio de la razón sobre la pasión; de la justicia sobre la arbitrariedad; de la búsqueda del bien común, no del provecho individual.

 

La razón se abre a la consideración de lo bueno según la verdad y alcanza un discurso universal, válido para el conjunto de la sociedad.

 

La justicia ―el afán de justicia― lleva a procurar que cada uno tenga lo suyo, esto es, lo que le corresponde como persona y para su realización.

 

La búsqueda del bien común ha de ser la intención de todo gobernante que asuma su misión con rectitud, para fomentar el desarrollo de las personas y las instituciones y proteger a su nación de las amenazas exteriores.

 

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Cuando se propuso ― ¿no quisimos darnos cuenta? ― un cambio de la constitución, por fuera y más allá de la “moribunda” constitución del 61, lo que cambiamos fue la base sobre la cual se asentaba el Estado. Pasamos, una vez más en nuestra historia, del imperio de la ley al arbitrio de un caudillo.

 

La ruptura fue consumada

 

El nuevo grupo militar emergente hablaba, casi como Cipriano Castro un siglo antes, de nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos. Así, parecíamos haber comenzado y terminado el siglo veinte en el mismo punto.

 

Se tomó el acto de votar como la medida de una vida democrática verdadera. Pero la adhesión del venezolano al voto, sin duda real, es acaso también, más que virtud cívica, manifestación de ese sentido de importancia individual que nos lleva a cruzar una calle, por cualquier parte y en cualquier momento, sin atender a las señales de tránsito ni a la conveniencia de los otros. No garantiza la libertad ni la justicia.

 

Los nuevos políticos asumieron el discurso de la ruptura sin atender a las condiciones existenciales que hicieron posible la república civil democrática.

 

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Tuvimos la presunción de creer que todo estaba hecho. Que la república civil estaba implantada. Que las instituciones habrían de sostener la vida social en libertad.

 

Pero no se trata de procedimientos, sino de virtud. Oigamos de nuevo a Bolívar: “hombres virtuosos, hombres patriotas, hombres ilustrados constituyen las repúblicas”.

 

Estamos ante el desafío de reconstruir las instituciones que harán posible de nuevo la libertad. Nos corresponde retomar, en condiciones difíciles de la vida del mundo, el camino del desarrollo de nuestro país.

[1] Mensaje sin destino, Caracas, Tipografía Americana, 1951, p. 76.

[2] Arturo Uslar Pietri, Del hacer y deshacer de Venezuela, Ateneo de Caracas, 1962, p. 8.

[3] Rafael Caldera, Ganar la Patria, Caracas, Cyngular, 2016, p. 154.

Leer también:Cuando el poder se mira al espejo: la carta de la transición venezolana

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