Los sucesos del pasado 3 de enero de 2026 han abierto una ventana de oportunidad que hace apenas meses parecía cerrada. El optimismo económico se respira en las proyecciones y en las nuevas mesas de negocios.
Sin embargo, como sociedad, enfrentamos una pregunta urgente: ¿Estamos pensando en construir un país o simplemente estamos reactivando un mercado?
El crecimiento económico, por sí solo, es un indicador técnico. El progreso, en cambio, es un imperativo ético. Si no derribamos los muros estructurales que hoy persisten, corremos el riesgo de crear una burbuja de prosperidad para pocos sobre un cimiento de fragilidad para muchos.
Estos son, a mi juicio, los tres muros que debemos cuestionar:
- El muro de la integridad: ¿Negocios o complicidad?
Desde una perspectiva ética, no hay crecimiento sano sobre suelos pantanosos. La corrupción no es solo el desvío de fondos; es la erosión de la confianza.
- El dilema: Si el “nuevo dinamismo” sigue dependiendo de los mismos vicios, del tráfico de influencias y la opacidad, no estamos ante un avance, sino ante una mutación de los mismos problemas. La ética debe dejar de ser un “extra” para convertirse en la infraestructura básica de cualquier transacción.
- El muro de la Justicia Social: La deuda con rostro humano
Una nación se mide por cómo trata a sus ciudadanos más vulnerables. Hoy, Venezuela presenta una asimetría dolorosa: mientras algunos sectores despegan, nuestros jubilados, pensionados, maestros y servidores públicos siguen anclados en una realidad de subsistencia.
- El desafío: El crecimiento no puede ser exponencial si la desigualdad también lo es. Un país donde el talento técnico y la experiencia de vida (nuestros adultos mayores) no son valorados económicamente, es un país con un “pasivo moral” que tarde o temprano frenará el desarrollo.
- El muro de la capacidad física: El límite de la industria
No podemos ignorar la realidad material. Nuestra infraestructura industrial no es solo un conjunto de máquinas; es el motor de la dignidad laboral. Operar a media capacidad con servicios básicos intermitentes no es “resiliencia”, es una limitación física al potencial humano. La reconstrucción de lo público es la condición sine qua non para el éxito de lo privado.
Ciertamente el 2026 nos presenta una oportunidad inesperada y única, pero el éxito no será automático ni libre de obstáculos. La verdadera transformación no vendrá de los números de las consultoras y petroleras, sino de nuestra capacidad para reconstruir la ética del trabajo, la justicia distributiva y la transparencia institucional.
¿Estamos dispuestos a sacrificar la velocidad del crecimiento por la solidez del progreso?
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