El texto narra la historia de la Catedral de Coventry, que, tras ser destruida en 1940, se reconstruyó como un símbolo de reconciliación y perdón, destacando la importancia de reconocer las heridas del pasado. La Comunidad de la Cruz de Clavos, surgida de esta experiencia, promueve la paz y la sanación a través de la humildad y la responsabilidad compartida.
Germán Briceño
La noche del 14 de noviembre de 1940, el cielo sobre las West Midlands se tornó incandescente. En uno de los episodios más atroces del Blitz, la Luftwaffe descargó una tormenta de fuego sobre Coventry, reduciendo a escombros el corazón histórico de esta ciudad inglesa y dejando su catedral medieval a merced de las llamas.
Richard Howard, entonces Deán de la catedral, presenció cómo el techo de madera del siglo XIV colapsaba. Al amanecer, mientras las brasas humeantes aún consumían las vigas, Howard tomó una decisión que cambiaría la historia. En lugar de clamar venganza, tomó un trozo de tiza y escribió en las paredes calcinadas del santuario las palabras: “Father Forgive” (Padre, perdona) [1].
La profundidad de la moraleja que encierra la frase de Howard es que no escribió «Perdónalos a ellos», sino «Padre, perdona», implicando que la humanidad entera —incluyéndonos— es capaz de las peores atrocidades. La verdadera reconstrucción, material o espiritual, comienza con la humildad de reconocer la propia naturaleza caída, no con el dedo acusador.
De entre los escombros de la destrucción surgió uno de los símbolos de paz más reconocidos del mundo. Un cantero local encontró tres grandes clavos de hierro medievales que habían caído de las vigas del techo y los unió en forma de cruz. Esa «Cruz de Clavos» se convirtió en el altar de la catedral en ruinas. El mensaje es poderoso: nada está tan roto que no pueda ser reutilizado para un propósito superior. La belleza de lo «reconstruido» no reside en ocultar las cicatrices, sino en integrarlas.
Tras la guerra, hubo un intenso debate. Muchos querían una réplica exacta de la catedral gótica original para borrar el trauma de la guerra. Sin embargo, Howard y el arquitecto Basil Spence se opusieron. Argumentaron que reconstruir el pasado era una forma de negación [2].
Decidieron dejar las ruinas de la antigua catedral intactas como un memorial al aire libre, conectándolas con una estructura radicalmente moderna. En la primavera de 1948, las palabras que Howard había trazado con tiza fueron grabadas de manera permanente en el muro de arenisca roja detrás del altar restaurado de la vieja catedral. La enseñanza es que para sanar de verdad, hay que honrar la herida sin quedar atrapado en ella. La nueva catedral no reemplazó a la vieja; se edificó a su lado, creando un diálogo entre la tragedia y la esperanza.
La reconstrucción fue un esfuerzo colectivo que atrajo a los mejores talentos de la época, como Graham Sutherland y Jacob Epstein. La voluntad de perdón y renacimiento se manifiesta también en el corazón del nuevo recinto a través del monumental tapiz de Sutherland, que representa a Cristo en Majestad rodeado por el Tetramorfos. No es solo una obra de dimensiones sobrecogedoras –-se trata de una de las piezas de arte sacro más grandes del mundo–, sino un testimonio físico de reconciliación técnica y humana: diseñado por un artista británico, fue tejido en telares de Francia por artesanos que, apenas unos años antes, habrían sido considerados enemigos o aliados distantes. Al situar este Cristo en el retablo que enmarca el altar, la catedral nos recuerda que la gloria no borra el pasado, sino que lo transfigura; el tapiz es el telón de fondo de una simbología que abraza las heridas del ayer para proyectar una luz de esperanza sobre el mañana. Cada pieza de arte en la nueva catedral fue diseñada para ser un «sermón en piedra y vidrio».
Tal vez esto pueda enseñarnos que la reconstrucción de una sociedad requiere la colaboración de todas las partes y todas las disciplinas. El arte fue el lenguaje que permitió a Coventry plasmar lo que las palabras no podían expresar.
La visión de Howard se resume en tres pilares fundamentales. Primero, que el odio es una carga que impide la reconstrucción, mientras que el perdón es el único cimiento sólido. Martin Luther King expresó en alguna ocasión una idea similar. «He decidido seguir con el amor. El odio es una carga demasiado pesada para soportar«, dijo el pastor de Atlanta en un discurso pronunciado durante la Undécima Convención Anual de la Conferencia de Liderazgo Cristiano del Sur (SCLC), el 16 de agosto de 1967 en su Atlanta natal. Fue uno de los últimos discursos de importancia que pronunció antes de su asesinato en 1968. Segundo, que las cicatrices no deben ocultarse, pues las ruinas de 1940 son tan sagradas como el altar de 1962. Y finalmente, que no debemos mirar hacia atrás para copiar lo que se perdió, sino mirar hacia adelante para crear lo que el presente necesita.
La historia de la Catedral de Coventry es la prueba de que el espíritu humano tiene una capacidad de regeneración asombrosa. Richard T. Howard nos enseñó que, aunque el mundo sea «arruinado» por el conflicto, puede ser «reconstruido» si tenemos la valentía de perdonar primero.

Como secuela de esos hechos, la creación de la Comunidad de la Cruz de Clavos (Community of the Cross of Nails) [3] es, quizás, el legado más vivo y dinámico que Richard T. Howard describe en su obra. No se concibió simplemente como un club parroquial, sino como una red global dedicada a la paz en un mundo que aún sangraba por las heridas de la Segunda Guerra Mundial.
La comunidad no nació en una oficina, sino entre los escombros. Tras la creación de la cruz original con los clavos rescatados de las ruinas, Howard y su equipo se dieron cuenta de que ese objeto tenía un poder simbólico universal. En lugar de guardarlo como una reliquia, decidieron multiplicarlo.
Comenzaron a entregar réplicas de la Cruz de Clavos a centros y organizaciones que hubieran sufrido la guerra o que estuvieran trabajando activamente en la reconciliación. El primer gesto poderoso fue enviar una cruz a ciudades alemanas que habían sido bombardeadas por los aliados, como Kiel, Dresde y Berlín. Fue un acto de mansedumbre y perdón que rompió muros antes de que se construyeran.
La comunidad se rige por lo que Howard llamaba «las tres directrices», que siguen vigentes en los cientos de centros repartidos por el mundo hoy en día:
- Sanar las heridas de la historia: reconocer el dolor pasado sin permitir que dicte el odio presente.
- Aprender a vivir con la diferencia y celebrar la diversidad: entender que la paz no es uniformidad, sino la convivencia de los contrarios.
- Construir una cultura de paz: no solo evitar la guerra, sino trabajar activamente en la justicia social y el entendimiento mutuo.
Uno de los pilares espirituales que define a la comunidad es la Letanía de la Reconciliación. Se reza todos los viernes al mediodía en las ruinas de la catedral y en todos los centros de la Cruz de Clavos del mundo.
Lo distintivo de esta plegaria es su descarnada humildad. En lugar de implorar perdón por las culpas ajenas, la letanía insiste en un ruego constante: “Padre, perdona”. Se vuelca así hacia las sombras universales de la condición humana –el orgullo, la ambición hipócrita, la envidia, el odio, el desprecio– en un ejercicio de introspección colectiva que reconoce nuestra propia y radical menesterosidad.
Lo que comenzó con unos clavos medievales en Coventry se ha convertido en una red de más de doscientos centros en 45 países. Estos centros no son solo iglesias; incluyen escuelas, prisiones, centros de refugiados y organizaciones no gubernamentales.
Cada centro recibe su propia Cruz de Clavos, hecha con tres clavos de hierro unidos, simbolizando que están vinculados permanentemente al espíritu de Coventry. Para Howard, la catedral nueva no estaba terminada hasta que esta red no empezara a extenderse, pues la «reconstrucción» real no era el edificio, sino la red de personas comprometidas con la paz. La comunidad es la prueba de que el signo de Howard no era un punto final, sino un punto de partida. Convirtió un sitio de tragedia nacional en un epicentro de esperanza internacional.
El texto de la Letanía de la Reconciliación es notable por su brevedad y su enfoque directo. Fue escrita en 1958 por el canónigo Joseph Poole y, tal como Richard Howard enfatiza en su relato, su poder reside en que no señala a un culpable externo, sino que asume la responsabilidad compartida de la humanidad.
Se recita habitualmente de forma responsorial, donde a cada frase el grupo responde: «Padre, perdona». Reza así:
Todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios.
El odio que divide a nación de nación, a raza de raza, a clase de clase,
Padre, perdona.
El deseo codicioso de poseer lo que no es nuestro,
Padre, perdona.
La ambición que explota el trabajo de los hombres y devasta la tierra,
Padre, perdona.
Nuestra envidia del bienestar y la felicidad de los demás,
Padre, perdona.
Nuestra falta de interés por los prisioneros, los hambrientos y los desposeídos,
Padre, perdona.
La soberbia que nos lleva a confiar en nosotros mismos y no en Dios,
Padre, perdona.
Sed unos con otros misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.
Notas:
[1] HOWARD, Richard T. (1962): Ruined and Rebuilt: The Story of Coventry Cathedral 1939-1962. Coventry: Council of Coventry Cathedral.
[2] SPENCE, Basil (1962): Phoenix at Coventry: The Building of a Cathedral. Londres: Collins.



