La educación, planteada escuetamente como el desarrollo de las facultades funcionales de los niños y jóvenes, deja de lado un objetivo clave en el progreso de toda sociedad: la humanización de sus integrantes. La cualidad humana pasa a ser, entonces, un elemento crucial en la formación de todo individuo

Por Pedro Trigo, s.j.

Empezamos por el diccionario

“Educar: Dirigir, encaminar, doctrinar./ Desarrollar o perfeccionar las facultades

intelectuales y morales del niño o del joven por medio de preceptos, ejercicios, ejemplos, etc”.

En las dos acepciones del diccionario de la Real Academia Española el educando es el destinatario de la acción del educador, no es sujeto de su educación con la ayuda del educador. El educador dirige, encamina, doctrina, por medio de preceptos, ejercicios, ejemplos. Lo propio de la educación, según esta noción de la misma, no es solo dar contenidos sino también desarrollar las facultades, tanto intelectuales como morales, y encaminarlas en una dirección determinada, es decir llevar al niño o al adolescente o al joven a investir el modelo de los adultos que los docentes y la sociedad que representan consideran encaminados, desarrollados, perfeccionados. Es cierto que intentan con toda sagacidad desarrollar las facultades del educando, pero también las encaminan al objetivo que ellos tienen en mente que, ordinariamente, es el que prevalece en su sociedad, es decir el del orden establecido cuando el establecimiento es bien considerado, en la situación actual la globalización comandada por las grandes corporaciones.

Así pues, empezamos por el diccionario porque expresa lo que es la educación establecida, la que se considera a la altura de la situación y del tiempo.

La educación deshumaniza cuando desarrolla solo aspectos funcionales del individuo y encauza a responsabilizarse solo de ellos

Ahora bien, en este modo de entenderla, la educación no es un diálogo respetuoso entre lo que el educador estima valioso y el sujeto que es el educando, que tiene que desarrollarse y quiere hacerlo, pero que no es una página en blanco para que escriban lo que quieran quienes lo educan, sino un ser concreto y único (individuo) que está llamado a hacerse responsable de sí mismo (sujeto) y que se constituye en persona cuando acepta las relaciones de entrega de sí de otras personas y él mismo se entrega a ellas y a otras1.

Es cierto que el ser humano es un ser en ciernes, que se está constituyendo siempre. “El modo humano de ser es ser siendo”2. Ahora bien, esa apertura del ser humano es tan honda, que con su accionar no se está haciendo automáticamente, sino que también con sus actos puede deshacerse. Es decir, que puede humanizarse o deshumanizarse3.

La educación, al perfeccionar las facultades intelectuales y morales, no por eso está contribuyendo a que esa persona se humanice; puede estar contribuyendo a su deshumanización. El desarrollo de las facultades intelectuales puede dirigirse a asumir los bienes civilizatorios de esa cultura o hacerse cargo de la realidad, a cargar con ella y a encargarse de ella4. Y el desarrollo de las facultades morales puede encaminarse a adquirir lo que dentro de esa cultura se consideran buenas costumbres (ese es el sentido literal de moral) o a hacer justicia, tanto a la realidad propia, como a la de aquellos con los que convive, como a la realidad en la que ambos están insertos, que no equivale sin más a su cultura. En el primer caso se deshumaniza y en el segundo se humaniza. Esto es así porque los bienes civilizatorios y culturales pertenecen a lo útil, no a lo valioso; es decir que valen porque potencian lo de uno; pero lo de uno puede ser humano o inhumano. Si la educación se concentra en lo útil ladeando lo valioso, el mejor educado es el que inviste más excelentemente lo que promueve esa cultura, pero al ladear lo valioso, aunque tenga mucho éxito, se ha deshumanizado.

El problema es que, así como el que se concentra en adquirir lo valioso se esfuerza en asumir lo útil, el que se concentra en lo útil no mira a lo valioso porque considera que lo más valioso es lo útil. La persona se caracteriza por la entrega de sí horizontal, gratuita y abierta y antes que eso por recibir la entrega de otros. Si alguien afirma que lo suyo es servir a los demás y aceptar también sus servicios, pero no sirve para nada y no se cualifica, es mentira que quiera servir. Ahora bien, el que se concentra en capacitarse lo más posible para subir lo más posible, desconoce de hecho esas relaciones que lo personalizan.

El ejemplo de la crianza y su aplicación a la educación

Para explicar lo que queremos decir, vamos a remontarnos antes que la educación formal: a la primera crianza. La cría humana es la más desvalida de los animales: si se la abandona, muere sin remedio. Por eso nace absolutamente autocentrada. Pero, si la madre tiene amor constante, antes de que la criatura pueda hacer ningún concepto, capta intuitivamente que alguien que no es él conoce sus necesidades mejor que él y las satisface. La respuesta es ponerse en sus manos. Ese niño no está solo físicamente en sus brazos; está entregado a ella. Esa entrega, que lo constituye en persona, es la respuesta a la entrega de la madre. Poco después el niño siente la compulsión a ser siempre el centro, a que lo atiendan, a que satisfagan todas sus continuas demandas. Si los papás no tienen un amor sólido hacia él, para que no los siga atormentando con su llanto, se lo conceden. Así el niño se deshumaniza porque se convierte en un pequeño dictador. Pero si lo aman de verdad, soportan el tormento y lo atienden cuando tenga sentido. Así el niño aprende que no es el centro del mundo, que se lo atiende a él, pero que también se atiende a los demás; aprende, pues, a convivir, incluso a dar de sí a otro que lo necesite. El mismo dilema se hará presente posteriormente en la adolescencia. Es el tiempo de salir de la familia a explorar el mundo y a explorarse a sí mismo. Puede entregarse a sus impulsos y ver solo lo que le gusta y reconocer de sí solo lo que le complace, con lo que se deshumaniza, o puede ser ayudado por sus padres, que le van dando libertad para que llegue a hacerse cargo de la realidad y de su realidad y a hacerla justicia para que dé de sí en todos sus aspectos, también en los que le resultan más costosos y así se humaniza.

La educación, para que sea humanizadora, tiene que insertarse en ese proceso de la crianza familiar como un nuevo paso, nuevo porque ya no se trata de la familia y porque es una de las referencias y no la única como en la primera crianza, pero en continuidad con ella porque se trata de que el muchacho no solo siga desarrollando su individualidad y se responsabilice de sí mismo, sino que se siga eligiendo como persona recibiendo la entrega de otros y entregándose él mismo de modo abierto, horizontal y gratuito. La educación deshumaniza cuando concentra todo en desarrollar, no lo más genuino del individuo, sino lo funcional al sistema y le pide responsabilizarse no de sí mismo sino de desarrollar al máximo lo funcional y desconoce la entrega de sí, cuando no la niega expresa o tácitamente al considerar de hecho que la sociedad es un conglomerado de individuos en competencia y que para triunfar hay que desarrollar las cualidades al máximo y concentra todo en eso.

La calidad exige las cualidades, no al contrario

El equívoco es terrible cuando a ese desarrollo al máximo de las cualidades funcionales al sistema se lo llama calidad educativa. En establecimientos educativos católicos, a veces, sobre todo en nuevos movimientos que trabajan con clases medias altas, para paliar este equívoco se subrayan fuertemente algunas normas morales, no características del orden establecido, como por ejemplo la rigurosidad moral en lo relativo al sexo o el cumplimiento de las leyes, como si equivaliera al comportamiento ético, a hacer justicia a la realidad. Y de este modo se encubre la falta absoluta de entrega de sí gratuita, horizontal y abierta que es la que personaliza.

Lo tremendo es que una buena parte de los padres y representantes envían a sus hijos al colegio para que se capaciten al máximo y así puedan ser competitivos y también para que adquieran buenas costumbres, las que el orden social publicita y prescribe; pero no para que desarrollen integralmente sus capacidades y para que den de sí gratuita y horizontalmente, como ellos les han dado, es decir para que se desarrollen como personas.

Insisto que la educación con calidad humana no solo no ladea el desarrollo de las cualidades, sino que lo considera indispensable, porque, vuelvo a repetir, si quiero servir de verdad a los demás y no sirvo para nada y no me capacito, es mentira que quiera servir. El ejemplo más claro es la gente popular que con muy pocos estudios se las ingenia para ser útil porque realmente quiere servir a su familia y a sus vecinos que necesitan.

Si queremos construir una alternativa superadora respecto de esta situación, que nos parece inhumana por estar centrada en el logro y no conocer sino individuos, y si como cristianos queremos seguir a Jesús de Nazaret y construir con su Espíritu el mundo fraterno de las hijas e hijos de Dios, tenemos que hilar fino en este punto y reponer muy explícitamente el horizonte específico de la calidad humana, que no es el mismo que el de las cualidades funcionales al sistema y que está ausente del horizonte vigente y encaminar la educación en esa dirección realmente alternativa, que incluye, insistimos, la asimilación de los bienes civilizatorios que publicita el orden establecido.

Notas:

  • TRIGO, P. (2022): La Enseñanza Social de la Iglesia. Caracas: ITER/Gumilla. Pp. 127-172.
  • ELLACURÍA, I. (1991): Filosofía de la realidad histórica. Madrid: Trotta. Pp. 171-174. Para el contexto 158-177.
  • TRIGO, P. (2023): “¿Por qué empezar por el sentido humano de sinodalidad?”. En: La sinodalidad básica en la Iglesia latinoamericana. México: Buena Prensa. Pp. 18-37.
  • ELLACURÍA, I. (2000): “Hacia una fundamentación filosófica del método teológico latinoamericano”. En: Escritos teológicos I. San Salvador: UCA. Pp. 207-209.

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